Trilogía del Amianto: que no hablen por nosotros

Alberto Prunetti, autor de "Amianto", "108 metros" y "El círculo de los blasfemos", da por muerta a la clase obrera. A la clase para sí, al sujeto que tenía conciencia colectiva de sí mismo. Desde la tristeza de la derrota escribe esta trilogía. Sin afán intelectualoide, palabras claras y a veces duras, narra unas vidas y unos principios que aparentemente pertenecen al pasado. Unos escenarios que nos resultan muy familiares a quienes nos criamos en la periferia, en barrios y pueblos rodeados de polígonos y fábricas. Nunca se lucha ni se vive solo por el pan y la sal, el …

Víctor Benedico Güell

Alberto Prunetti, autor de "Amianto", "108 metros" y "El círculo de los blasfemos", da por muerta a la clase obrera. A la clase para sí, al sujeto que tenía conciencia colectiva de sí mismo. Desde la tristeza de la derrota escribe esta trilogía. Sin afán intelectualoide, palabras claras y a veces duras, narra unas vidas y unos principios que aparentemente pertenecen al pasado. Unos escenarios que nos resultan muy familiares a quienes nos criamos en la periferia, en barrios y pueblos rodeados de polígonos y fábricas.

Nunca se lucha ni se vive solo por el pan y la sal, el salario. Nunca es, ni fue, una cuestión únicamente de condiciones materiales en las que se vive. Siempre hubo y habrá que batallar por el reconocimiento, la dignidad y la conciencia del valor social del trabajo. No describir y narrar a la clase trabajadora con un estómago con patas es complicado. Hacerlo sin el paternalismo de la clase media y sin el idealismo de la pequeña burguesía solo se consigue desde nuestras propias filas.

Hoy la clase no tiene una articulación política, ni cultural; no se habla de nosotros. Las clases medias liberales de las metrópolis copan la producción musical, literaria, periodística, artística… sus problemas y sus dramas. Da igual la calidad, se prima la salida individualista y la indefinición. Si algo tiene una posición clara, si es comprometido políticamente, sale del marco de la literatura y lo insertan en el de la propaganda. Se le expulsa de los circuitos comerciales. Aunque siempre hay excepciones que confirman la regla, como es el caso que nos atañe. Y estas excepciones rara vez “triunfan”. Pueden quedarse con sus coronas; nosotros somos los del casco y los guantes de limpiar. Preferimos los laureles de la épica de la resistencia —también de la cultural— y no sus premios.

Son estos sectores los que dominan las estructuras partidarias y sindicales que deberían pertenecer a la clase trabajadora. Sí, dominan de dominación, de dominar en el sentido de tener el poder sobre otras personas, no de tener habilidad sobre una materia.

El detestable Íñigo Errejón se burló del derribo de la chimenea de la central térmica de Andorra desde su cortesana torre de marfil. Símbolo de una comarca y una clase, de una época en que teníamos conciencia colectiva. Por eso nos dolió aun a los que no somos de la zona. Nos dolió el borrado de la memoria. Con los mismos ojos ve Prunetti las escombreras, descampados y viejas fábricas de la región de Livorno. Este episodio bajoaragonés le hubiera dado para un capítulo de su trilogía. A Renato, protagonista y padre del escritor, para pronunciar un “Maremma marrana!” o un “¡Me cago en sus muertos!” en versión ibérica y ganarse el acceso con honores a "El círculo de los blasfemos".

En "108 metros", el propio escritor narra su historia de migrante meridional al norte. Entre spiz, borracheras y turnos en una pizzería —qué podría hacer, si no, un joven italiano en las islas— describe la Gran Bretaña pos-Margaret Thatcher: la precariedad y la derrota. La supervivencia de una working class donde todavía hay héroes. Personaje a personaje, en el sentido literario y coloquial del término, describe a unos y unas trabajadoras que siguen teniendo dignidad y orgullo. Al lector dejo el placer de descubrir la metáfora —fría, dura y consistente como un enorme raíl de acero— que da nombre a la novela.

"Amianto" es el más denso. Periodístico. De investigación. Inaugura la trilogía con la historia de Renato. Soldador intoxicado por amianto. Muerto por trabajar. Y la lucha por el reconocimiento y para que los “blandengues y ricachones” paguen por asesinar y explotar a tantos y tantos.

Estos son los elementos de la epopeya. Exentos en la narración unos de los otros, pero más comprensibles en orden. O épica o comedia. No encontraréis ni condescendencia ni depresión. La tragedia y el melodrama son para los otros.

El odio de clase —primero instintivo y luego profundo y racional—; la visión de la vida, la huelga y el sindicato; el fútbol y los domingos; el pueblo, el huerto, el vino y la bici. Las herramientas —grupos de soldar y varillas, radiales, calibres…— tratadas en el rango de las ideas. Para una clase las ideas son conceptos abstractos; para la otra, para la nuestra, las ideas o son herramientas o no son nada. O trolas o certezas.

Y también el trabajo invisible de la mujer insertado a martillazos entre relatos y protagonistas masculinos. No es posible hacerlo de otra manera en una obra que narra un mundo profunda y terriblemente machista.

El proletariado ha muerto. Pero desde las calderas y la salas de mantenimiento del Averno, donde los muertos nunca descansan, Renato delegado sindical de la memoria y cultura obrera sigue riéndose de las manos pulcras de los ángeles, vacilando a Dante, negociando condiciones laborales y días festivos con el Gran Jefe y organizando huelgas y rebeliones sin renunciar nunca a los mandamientos obreros:

“Echarles una mano a tus colegas. Secundar las huelgas. No lamerle el culo al jefe. No ser un esquirol. No ensañarse cuando te toque atizar. No meterte demasiado con los pisanos, que también ellos son humanos. Desconfiar de los ricachones. Si alguien con estudios te llama señor, pega el culo a la pared. Estudia, pero no vayas de listo”.

Novelas para los y las que cuelgan la bandera palestina para que sus colores destaquen sobre el naranja grisáceo del ladrillo cara vista, no para los que levantan vallas para proteger sus urbanizaciones-gueto. Historias para los y las que pese a la desilusión y malagana siguen pagando la cuota del sindicato. Relatos para los y las que todos los inicios de noviembre nos acordamos que un día el mundo cambió de base. Y si la clase obrera ha muerto, nosotros somos la venganza.

Nosotros no nos damos las gracias, Alberto, has hecho lo que tenías que hacer.

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