Tres partidos y un destino: crónica de una derrota anunciada

Estas navidades se cumplieron siete años de la entrada de Vox, por primera vez, en un parlamento. Aquella misma noche, Pablo Iglesias compareció escoltado por la retahíla de semblantes que Unidas Podemos puso de moda para tales ocasiones y proclamó solemnemente la llamada “alerta antifascista”. Ahora, lejos de haberse rearticulado un antifascismo de masas que, al son de la socialdemocracia, haya frenado la extrema derecha y reanimado sus posibilidades electorales, ha sido la propia izquierda parlamentaria la que ha reducido ese llamamiento al único pretexto para su unidad. Una vez demostrado que, tras el órdago de Iglesias y de todos …

Estas navidades se cumplieron siete años de la entrada de Vox, por primera vez, en un parlamento. Aquella misma noche, Pablo Iglesias compareció escoltado por la retahíla de semblantes que Unidas Podemos puso de moda para tales ocasiones y proclamó solemnemente la llamada “alerta antifascista”. Ahora, lejos de haberse rearticulado un antifascismo de masas que, al son de la socialdemocracia, haya frenado la extrema derecha y reanimado sus posibilidades electorales, ha sido la propia izquierda parlamentaria la que ha reducido ese llamamiento al único pretexto para su unidad. Una vez demostrado que, tras el órdago de Iglesias y de todos los que, con mayor o menor pudor, lo acompañaron en esa casa de los horrores que fue Unidas Podemos, solo había un 5,56 % del electorado madrileño, se abrió la segunda convocatoria del oportunismo político profesional: Sumar.

Por un lado, los infructuosos intentos de reboot frentepopulista de quienes aspiran a construir candidaturas unitarias han terminado invirtiendo medios y fines. Aquellos que decían apostar por la unidad para combatir al fascismo han acabado instrumentalizando el antifascismo para preservarla a duras penas. Algunos parecen seguir esperando que, al igual que el barón de Münchhausen, sea posible salir de la charca tirándose de su propia cabellera.

Por otro lado, quienes habían tirado más bien de su propia coleta decidieron cortar amarras ante una correlación de fuerzas ruinosa al inicio de la segunda legislatura de coalición. Tal vez lo hicieron por sufrir en carne propia el desgaste que supone encarnar un inevitable sentido de Estado dentro de un gobierno, mientras intentaban -cada vez con menos éxito- representar al electorado de carácter popular que algún día confió en la izquierda post-15M. O tal vez lo hicieron simplemente para recuperar algo de protagonismo en la nueva legislatura y tomar posiciones con antelación ante la más que factible implosión de Sumar. En cualquier caso, la realidad es que nadie se lo cree, ni ahora ni esperemos que nunca. Al margen de su verborrea, formalmente tan radical como soporífera, pesa sobre ellos no solo el haber pertenecido a un gobierno progresista similar al que critican en la actualidad, sino también, carentes de autocrítica, reivindicar -e incluso resignificar- una legislatura en el mejor de los casos olvidable.

Tras la presentación de tres candidaturas en las próximas elecciones autonómicas por parte de aquellos partidos que concurrieron bajo la coalición de Sumar en las últimas elecciones generales, este escenario en Aragón ya no describe únicamente el marco de debate que se venía dando en el seno del progresismo para actualizar, por enésima vez, el extravagante espacio de la izquierda parlamentaria más allá del PSOE, sino la existencia de tácticas claramente enfrentadas, que tienen como base la posición frente al gobierno central.

La adaptación de este debate a nivel autonómico ha dado como resultado una tercera candidatura que parece no encajar plenamente dentro de este marco. Chunta Aragonesista, tras encabezar la lista por Zaragoza después del obsceno reparto de cuotas que se dio durante la conformación de las candidaturas de Sumar en 2023 —dirigido por “Madrid”, como a ellos les gusta decir—, se reivindica ahora como la única candidatura progresista propiamente aragonesa. La realidad es que, la última vez que CHA asumió responsabilidades de gobierno —la Consejería de Vivienda con Lambán—, el movimiento de vivienda exigía casi rutinariamente la dimisión de su Directora General de Vivienda, Verónica Villagrasa. La hoy cabeza de lista por Huesca fue señalada por incumplir la misma legislación autonómica que responsabilizaba a la DGA de ofrecer alternativas habitacionales e incluso permitía la cesión de vivienda vacía para alquiler social. Tras dinamitar relaciones con la Coordinadora de Vivienda, protagonizar numerosos desplantes al movimiento durante desahucios y criminalizar a familias amenazadas con perder su hogar -incluyendo el señalamiento de la nacionalidad siria de familias que pedían auxilio a la administración, la consejería de Chunta se limitó a justificarse en la supuesta ausencia de inmuebles disponibles en Zaragoza; una excusa que chocaba frontalmente con las 15.700 viviendas vacías que el propio INE contabilizaba en la capital.

La realidad es que esta candidatura en solitario no nace de una voluntad honesta de representar los intereses propios de Aragón en el parlamento, que algún despistado dentro puede llegar a compartir. Al igual que ocurrió con la candidatura conjunta con Sumar, se explica fundamentalmente por aritmética electoral. Como sucede en Galiza con el BNG, o en Cataluña y Euskal Herria con el abanico independentista del que disponen, el voto progresista tiende, en las elecciones generales, a concentrarse en partidos de ámbito estatal, mientras que en las elecciones autonómicas se prima con mayor frecuencia a formaciones de carácter propio.

Y es que la explicación de este tri(no)partito de cuatro escaños —según las últimas encuestas— tiene bastante de aritmética electoral. Este 10 de enero se celebró en el Ateneo Laico Stanbrook un debate entre dichos partidos y el PSOE dirigido a la juventud. Después de una primera ronda de intervenciones que reflejaba una sintonía clara en la mesa, con propuestas programáticas que suscribían la práctica totalidad de partidos —incluso muchas de ellas el propio PSOE— la candidata de Izquierda Unida-Sumar, Marta Abengochea, reconoció que “sus propuestas eran bastante parecidas”. Varias intervenciones del público, con estupor e incluso enfado, preguntaron por el sinsentido que tenía la división del progresismo si, programáticamente, eran fundamentalmente lo mismo. La respuesta aún la están esperando. Y es que la crisis política en la que se halla sumida la socialdemocracia en España, paradójicamente, está adoptando formas cada vez menos políticas. Muy inocente hay que ser para pensar que durante las semanas antes de aquel domingo 26 de diciembre, día en el que se cerraron las listas, se estaba hablando algo de política. La disputa que enfrentaba a los tres proyectos entre sí no era programática, sino puramente táctica.

Por un lado, Podemos pretende capitalizar el descontento generado por las evidentes limitaciones con las que se encuentra el gobierno central entre el electorado de izquierda. Por otro, Chunta, como ya se ha señalado, busca atraer al electorado que en las elecciones autonómicas vota en clave regional o incluso nacional. Izquierda Unida, por su parte, se erige como el representante homologado por Sumar del gobierno progresista en Aragón. Parece que no quieren dejar sin recoger las cosechas sembradas por las recomendaciones alimentarias semanales del ministerio de Alberto Garzón, que tampoco estaban mal, pero quizá resultaban algo decepcionantes para quienes esperaban algo más de la izquierda que convertirse en la sección de nutrición de Saber Vivir. Ojalá poder hablar de algo que haya hecho el Ministerio de Juventud dirigido por Sira Rego, pero es cierto que cuesta recordarlo.

Esta coalición se ha dejado notar por la curiosa forma de sobrerrepresenta —o de presentar, mejor dicho— a Movimiento Sumar en el territorio. Justo cuando la ronda de llamadas a viejos amigos, funcionarios y profesores de universidad para que asuman las nuevas coordinaciones autonómicas apunta hacia una territorialización de dicho partido al margen de los aliados que integran la coalición. En sintonía con la apuesta de Antonio Maillo por un nuevo rebranding de Sumar6, ilusionante para cualquiera, sorprende ver cómo Izquierda Unida, después de tropezar una y otra vez con la misma piedra al intentar unificar el espacio a la izquierda del PSOE desde hace cuatro décadas, parece haber optado por coger directamente la piedra y aporreársela contra la cabeza. Esta decisión ha dejado descolgada a aquella militancia del PCE en Aragón que, tras haber encabezado un incipiente proceso de autocrítica de su tradición eurocomunista en su último congreso a raíz de la entrada en el gobierno padece hoy las consecuencias de no tener independencia política alguna frente a su dirección central e Izquierda Unida. Atrapados en estas elecciones entre asumir en primera persona la marca de Sumar o el silencio. Una pena que Manuel Sacristán cuando dijo aquello de que un comunista no está llamado a tranquilizar, mintiendo, a un pueblo fiel y ciego, a costa de acogotarle7, haya sido tan poco leído en las filas de lo que alguna vez fue su partido.

Sin embargo, lo que a corto plazo se presenta como tácticas diferenciadas, e incluso como proyectos retóricamente confrontados -especialmente cuando se escucha a los políticos bregados en las luchas palaciegas fuera de Aragón-, en la práctica encubre un mismo objetivo, asegurar su supervivencia financiera mediante fondos públicos y resistir hasta poder regresar al gobierno, posiblemente, como palmeros del PSOE.

Por otro lado, PP y Vox parecen jugar a un juego bien distinto. Al igual que en Extremadura, las convocatorias de elecciones orquestadas desde Génova 13 durante este año, lejos de inscribirse en una táctica de arrinconamiento progresivo de Vox fuera de los gobiernos autonómicos y de consolidación de mayorías absolutas del Partido Popular, parece tener como principal objetivo, al menos por ahora, el debilitamiento de la izquierda parlamentaria.

Estos recordatorios constantes de la existencia de una derecha y extrema derecha pujantes no solo van a acechar a Moncloa durante el resto de la legislatura, sino que también van a contribuir a la normalización de Vox dentro del panorama electoral. No nos extrañemos si buena parte de los votos que hasta ahora sostenían opciones progresistas con el principal pretexto de bloquear a Vox en los gobiernos comiencen a ver en la mayoría absoluta del Partido Popular la opción más útil para ese mismo cometido. Más sangrante es cuando las promesas frustradas de la socialdemocracia han acabado allanando el camino de la propia extrema derecha que se erige hoy como su única alternativa.

Es a estos callejones sin salida a los que nos ha llevado el proyecto socialdemócrata. Sin embargo, no debemos confundir las causas y las consecuencias que nos han llevado a esta situación. La industria europea se encuentra en barrena, la competencia internacional aparta con intensidad creciente al capital europeo de los circuitos de producción de valor, el agotamiento de recursos encarece paulatinamente los bienes de consumo, desvalorizando de facto los salarios, y ante la pérdida de hegemonía mundial de Europa y Estados Unidos, la pugna entre bloques imperialistas apunta hacia una escalada de conflictos bélicos y la ampliación de las partidas presupuestarias dirigidas al rearme. Aunque parezca mentira, buena parte de lo que va a ser Aragón en los próximos años sólo puede explicarse a través de un prisma internacional. El Hub Militar responde tanto a la política de rearme que asola occidente como a las posibilidades espurias de rentabilizar la guerra mediante la exportación de todo tipo de armamento. Los centros de datos que pretende implantar Amazon y Microsoft no son más que el resultado del extractivismo energético necesario para sostener la tasa de ganancia del sector tecnológico; un sector que hoy se ha convertido en la principal apuesta del capital a escala mundial para sortear una crisis a corto plazo. O el aumento de los precios en la vivienda y las nuevas políticas del ladrillazo, tanto en el Pirineo como en Zaragoza, que son el reflejo de un capital que, dadas las dificultades para extraer ganancia mediante procesos productivos, encuentra en la extracción directa de rentas y la desposesión de la clase trabajadora su principal medio para rentabilizarse.

A pesar de que algunos puedan creer que la crisis del proyecto socialdemócrata se debe a egos personales, malentendidos puntuales o simplemente trepas que han corrompido las honestas pretensiones de mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora mediante reformas, la realidad es que tales expectativas parecen ya tener poco recorrido en esta nueva coyuntura. Es precisamente la impotencia de dicho proyecto, su falta de efectividad, que nace, no necesariamente de la ausencia de voluntad, sino de los límites estructurales de un capitalismo que el camino de la reforma ya no puede esquivar, la que abona el terreno para que todo tipo de trileros, malabaristas e ilusionistas se arroguen la legitimidad de representar los intereses de la clase trabajadora.

Sin embargo, que hoy en día la socialdemocracia haya perdido buena parte del electorado popular que históricamente ha canalizado y que, de hecho, el partido político más votado con total seguridad vaya a ser el de la abstención, no solo es muestra de la crisis de la socialdemocracia, sino también de la crisis que la propia clase trabajadora lleva arrastrando décadas. Plantear ahora un proyecto político independiente de la clase trabajadora que no dependa de la ganancia capitalista, sino por el contrario, de atentar exitosamente contra la misma es hoy, más que nunca, nuestra tarea más urgente.

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