Hay razones para estar enfadados. La dificultad para acceder a una vivienda, la precariedad, las desigualdades, el deterioro ambiental y la sensación de desamparo ante unas crisis que se suceden sin que parezcamos capaces de ofrecer respuestas a la altura del desafío.
La rabia que nace de la injusticia no debería silenciarse. A veces, enfadarse es una forma de reconocer que algo no está bien, de negarnos a aceptar lo inaceptable. Por eso, la protesta es necesaria. Salir a la calle, alzar la voz y exigir cambios forma parte de una sociedad viva.
Pero hay una pregunta que creo que deberíamos hacernos: ¿qué haremos con toda esta energía en forma de rabia?
Creo que necesitamos orientarla en dos direcciones complementarias.
La primera es exigir responsabilidades a quienes nos gobiernan. Necesitamos políticas que garanticen una vida digna, una distribución más justa de los recursos y una transición ecológica que no deje a nadie atrás. La justicia social no puede detenerse en nuestras fronteras ni limitarse a quienes vivimos hoy. También tenemos una responsabilidad con las generaciones futuras, que heredarán las consecuencias de nuestras decisiones.
Tenemos elecciones, representantes e instituciones a los que debemos exigir compromisos concretos. La democracia no consiste únicamente en depositar una papeleta, sino también en vigilar, participar y reclamar durante todo el mandato.
Pero sería un error pensar que la crisis ecosocial que atravesamos empezó con quienes hoy nos gobiernan. Su responsabilidad por las decisiones que toman es innegable, pero el deterioro acumulado durante décadas no puede atribuirse exclusivamente a quienes ocupan ahora las instituciones. Responde también a una trayectoria económica y cultural que ha convertido el crecimiento ilimitado en un objetivo incuestionable, ha tratado los recursos naturales como si no tuvieran límites y ha relegado demasiadas veces las consecuencias sociales y ambientales a un segundo plano.
No podemos esperar que un cambio de gobierno, por sí solo, revierta una deriva de tantas décadas. Necesitamos cambios políticos, económicos, empresariales y culturales. Una regeneración profunda que llevará años y que deberá ser coral, con la participación de las administraciones públicas, las empresas privadas y la ciudadanía.
La segunda dirección es convertir parte de nuestra indignación en organización colectiva.
No todo puede ni debe resolverse desde la iniciativa ciudadana. Las instituciones tienen obligaciones irrenunciables y las empresas deben asumir su responsabilidad. Pero tampoco podemos esperar que todas las soluciones lleguen desde arriba, como si bastará con acudir a una ventanilla, presentar una reclamación y confiar en que alguien al otro lado tenga la capacidad de resolverlo todo.
Hay problemas que exigen cambios estructurales y decisiones políticas. Y hay otros muchos en los que podemos empezar a actuar desde abajo, organizándonos con otras personas.
Existen cooperativas de vivienda, grupos de consumo, supermercados cooperativos, comunidades energéticas, redes de apoyo mutuo, grupos de reparación de electrodomésticos, asociaciones de familias, de vecinos…que trabajan para mejorar nuestras condiciones de vida.
Son iniciativas muy diversas, pero comparten algo esencial: no esperan a que los problemas sean resueltos, empiezan a resolverlos ellas mismas.
Muchas, sin embargo, sobreviven con recursos limitados y gracias al esfuerzo de unas pocas personas. Les faltan manos, tiempo y energía. ¿Qué ocurriría si una pequeña parte de la energía que hoy ponemos en las protestas públicas o privadas se incorporará también a estos proyectos? ¿Y si, además de reclamar una vivienda digna o una energía asequible, ayudamos a construir alternativas colectivas?
No se trata de cubrir derechos con solo solidaridad, ni de convertir el voluntariado en una excusa para que las administraciones eludan sus obligaciones. Se trata de comprender que exigir responsabilidades y construir soluciones no son caminos opuestos.
Y para emprender esta transformación necesitaremos algo más: empatía, amor y compasión.
Basta asomarse a muchas conversaciones en las redes sociales para comprobar cuánto espacio ocupan el odio, el desprecio y la deshumanización. Sin embargo, me resisto a creer que esa sea toda nuestra realidad. En la vida cotidiana seguimos cuidando, acompañando y ayudando a nuestros vecinos; colaboramos con personas con las que no siempre pensamos igual y tendemos puentes con otras comunidades y territorios. Hay vínculos que nos unen y una capacidad de cooperación que, quizá, estamos infravalorando.
La compasión no significa renunciar al conflicto ni dejar de denunciar las injusticias. Significa reconocer la dignidad de los demás, escuchar, comprender y ser capaces de cooperar sin convertir a quien piensa distinto en un enemigo irreconciliable.
La regeneración que necesitamos no será obra de un solo gobierno, una empresa, una asociación o una generación. Será un proceso largo, con avances y retrocesos, que requerirá decisiones políticas valientes, cambios empresariales, compromiso ciudadano y una cultura del cuidado que atraviese todas esas dimensiones.
Cuando se acabe la rabia—o cuando deje de ocuparlo todo—, los problemas seguirán ahí. Ojalá entonces no nos encontremos únicamente con el cansancio de haber protestado, sino también con más cooperativas, más comunidades energéticas, más redes de apoyo y más personas dispuestas a dedicar parte de su tiempo a construir aquello que reclaman.
Porque la indignación puede reunirnos durante semanas. La organización puede mantenernos unidos durante años.



