Tierra quemada

28 agosto, 2026. 13:19

Han vuelto a su casa, a su pueblo. Pero no han vuelto ni a su casa ni a su pueblo. Los afectados por los diversos incendios de Aragón han regresado a unos edificios que les resultan conocidos, incluso familiares, pero que difícilmente pueden identificar como los escenarios de los que salieron y a los que ansiaban retornar en polideportivos y donde han vivido jornadas de mucha zozobra. Una casa, un pueblo, es mucho más que un conjunto de estructuras que han sobrevivido a las llamas. Más allá de lo que indiquen los planos de arquitectura y los documentos de propiedad, las casas y los pueblos son también los paisajes y la memoria, las vistas desde el balcón, el horizonte que vieron los antepasados.

Poco puede sentirse en su casa y en su pueblo quien se asome a la ventana y afronte el territorio quemado, el presente y el futuro bajo esa uniformidad gris anómala de las cenizas. Poco puede respirar con plenitud quien ha sobrevivido para inventariar la tragedia -no solo económica sino también emocional- que se ha instalado allí donde hasta hace poco había bosques, pulmones que bombeaban la vida y ahora solo restan mástiles derrotados por una maldición.

Terminó la batalla, pero queda el eco difícilmente superable de la destrucción, la mirada triste de quien sabe que ya no asistirá al renacer de esa tierra asfixiada, que el ave Fénix llegará demasiado tarde para que los mayores celebren la resurrección del territorio.

Ha ardido mucho más que lo material. Ha ardido el tiempo de soñar en transmitir a hijos y nietos el patrimonio, las raíces. Ha ardido lo emocional, la estampa del tiempo de ser jóvenes allí esforzándose con ilusión para que aquello perdurara. Ha quedado la rabia, la certeza de que las cosas eran evitables y de que se ha ninguneado el criterio de quienes entendían el terreno y sus peligros.

Los bomberos no son héroes. Son trabajadores con derechos. Convendría atenderlos en sus reivindicaciones. Pero ni las muertes acaecidas ni tanto dolor han servido para despertar a la sociedad en general. El verano no invita a la reflexión y una vez que los incendios se apean de portadas y titulares, vuelven a quedar pendientes asuntos vitales, escondidos bajo la parafernalia de telecabinas, cañones de nieve y delirios en los que malgastar dinero público.

Aunque las cortesías y homenajes sirvan de poco, el Gobierno de Aragón debería haber declarado luto oficial por las consecuencias que sus errores en la prevención han supuesto para una parte muy extensa del mapa autonómico. Habría servido al menos para concienciar a la sociedad de que el cambio climático es una realidad incuestionable y que no basta con la solidaridad vecinal –tan manifiesta en los puntos de acogida a desalojados- y con la improvisación para paliar catástrofes de esta índole.

No olvidemos. Permanezcamos alerta. Esto puede repetirse.

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