Tarantino destilando su propia esencia

Cuando salgo del cine me resulta interesante robar conversación a quienes han compartido sala conmigo. “Excesiva” era el adjetivo de moda a la salida de Los Odiosos Ocho, yo añadiría genial

21 enero, 2016. 12:05

Tarantino se afianza como una de las estrellas del western con Los Ocho Odiosos, un film tan brillante como hilarante. Ambientada pocos años después de la guerra de Secesión, la película deambula por unos caóticos, racistas y todavía convulsos, Estados Unidos de América, recién nacidos.

Unos guiños históricos que es capaz de transmitir con la dificultad que entraña una puesta en escena teatralizada, en la que más de dos horas del film transcurren en la misma estancia. La Mercería de Minnie, se convierte en el escenario de, en mi opinión, el mejor guión de Tarantino.

Para darle vida saltan a escena un puñado de actores, apenas una docena, que en base a unos textos magníficos, elevan la cinta a un nivel apenas alcanzado por Pulp Fiction, pese al bajo rendimiento comercial. Apuestas clásicas del universo tarantiniano como Michael Madsen, Tim Roth o el propio Samuel L. Jackson son acompañados por un Kurt Russell expléndido; un esquizófrenico truhán, nostálgico del sur, encarnado de forma espectacular por Walton Coggins; y la maravillosa actuación de Jennifer Jason Leigh, maltratada y golpeada hasta el último minuto del film, un papel que le ha valido su nominación al Oscar.

Separada en seis capítulos, marca de la casa, la cinta nos encierra en una cabaña que refugiará, de una gran ventisca, a un par de cazarrecompensas, Kurt Russell y Samuel L. Jackson, junto a media docena de canallas, para generar una atmósfera de desconfianza creciente que Tarantino remata con su acostumbrada violencia.

Pero la película se divierte con diversos guiños, algunos al propio universo Tarantino. El spaguetti western está presente en varias de las obras del director. En esta, su octava película, Tarantino recurre a él, y lo reduce a 70 metros cuadrados, lo teatraliza, dotándolo de unos diálogos maravillosos, a los que se unen diversas soflamas y monólogos, que seguramente han hecho las delicias de los actores. Hasta aquí, universo Tarantino, destilado en tarro pequeño. Pero lo que Quentin posee en abundancia es capacidad de sorpresa, y lo que es todavía más difícil, atrapar al público con estructuras manidas y cien veces repetidas. Películas como La Diligencia o El gran silencio, son sin duda westerns que han estado en la mente del director, voluntaria o involuntariamente.

La primera orgía sanguinolenta de la película viene seguida de un guiño a ese género de novela policíaca, denominado whodunit, en el que tras un crimen, investigadores y sospechosos se ven encerrados en una misma estancia, con la intención de resolver el enigma mortal. Aquí, Samuel L. Jackson se convierte en el particular Hercule Poirot, capaz de resolver el crimen y aplicar justicia, eso sí, de una forma más violenta que el personaje creado por Aghata Christie.

Y sí, Tarantino vuelve a firmar uno de sus flashbacks, que en esta ocasión se convierte en un capítulo magnífico de la cinta, tratado con la maestría visual y literaria necesaria para mantener la tensión en ese espectador, conocedor del resultado final del mismo.

Los odiosos ocho pasará a la historia del cine, quizá como la mejor cinta de Tarantino, en dura competición con la también teatral Reservoir Dogs, y la idolatrada Pulp Fiction. Pero de lo que no hay duda es que nos encontramos ante el mejor guión del director. Los acostumbrados guiños, engaños, violencia, monólogos y diálogos geniales, reducidos a un espacio concreto, en un tiempo pausado, que permite disfrutarlo. Tarantino en esencia. Teatral. Soberbia.

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