Altavoz

Tanta paz lleves, como dejas

"Érase una vez un palacio invadido. En un tiempo no muy lejano un batallón de personas despojó a golpe de leyes y decretos el amago de la soberanía popular de habitar ese palacio como verdadero espacio de convivencia y bienestar civil", señala la autora.
| 13 abril, 2015 08.04
Paloma Lafuente.

Paloma Lafuente.

Érase una vez un palacio invadido. En un tiempo no muy lejano un batallón de personas despojó a golpe de leyes y decretos el amago de la soberanía popular de habitar ese palacio como verdadero espacio de convivencia y bienestar civil.

Decían que ganaron la batalla y que eso les daba legitimidad para ejecutar recortes a sus anchas. A pesar de su victoria un grupo pequeño y valiente de personas conseguimos, aupadas por parte del pueblo aragonés, ocupar un espacio minúsculo del interior de palacio. Nos amotinamos y trabajamos duramente para, al menos, denunciar el destrozo paulatino y voraz del débil bienestar de nuestra comunidad e intentar frenar que las agresiones a derechos y libertades no fueran tan profundas.

Pasaron los días y el palacio cada vez fue más oscuro y hostil, y sus muros, mes a mes se hicieron más y más altos.

Cada dos semanas acudían a palacio a rendir cuentas de los bienes usurpados al pueblo aragonés los más altos cargos del batallón dominante. Se hacían llamar presidenta y responsables de consejerías. En la Cámara y en los vacíos pasillos del parlamento aún hoy siguen escuchándose el eco sus voces.

Uno de esos altos gobernantes del averno tenía el encargo de destruir la sanidad y el bienestar social de la ciudadanía aragonesa. Y, todo sea dicho de paso, ejerció su cometido de manera muy diligente.

Comenzó por privatizar prácticamente todo de lo que quedaba público en la sanidad. En una ocasión amenazó con hacer un conjuro a los dioses, y que éstos provocaran un terremoto en Teruel, para no tener que construir un Hospital para los vecinos y vecinas de más al sur.

Mandó a sus secuaces, con nocturnidad e insidia, a despojar el mamógrafo de un centro de salud aprovechando que la comunidad de ese barrio había ido a descansar después de días de atrincheramiento en su interior.

Engrandeció las listas de espera e hizo desesperar a pacientes. Cerró plantas de hospitales y dejó a personas enfermas sin atender para justificar contratos con empresas privadas y aseguradoras.

Su afán por despojar a la ciudadanía de la protección social y sanitaria iba engordando y engordando… Era imparable, parecía que se retroalimentara entre la decadencia. Así que decidió continuar arrasando con los servicios sociales. Sacó a concurso todos los servicios públicos que pudo, dejó centros de mujeres de acogida y centros de menores en protección con menos recursos humanos y menos presupuesto, exponiendo a estas personas a la desatención, el abandono y el sufrimiento. Ignoró a personas dependientes y les arrebató poco a poco sus derechos y la dignidad reconquistada.

Tan inmerso se encontraba en esta oleada de agravios que, hasta intentó, que las personas más vulnerables, tuvieran que sufrir el agobio y la ansiedad de vivir en la más extrema pobreza. Quiso quitarles las pocas monedas mensuales que recibían como ayuda porque dudaba de que verdad fueran pobres. Un sufrimiento que llevó a más de una persona a vivir un verdadero calvario.

Hizo muchas cosas más, dejó a la juventud aragonesa sin espacios de asociacionismo, autonomía y autogestión. Creo recordar que alguien mencionó que imponía su ideología sórdida poniendo traba en la adopción de peques por parejas homosexuales e impidiendo la decisión libre de las mujeres aragonesas de ser madres cuando ellas decidieran.

De lo que si estoy segura es que si tu color de piel o tu nacionalidad decía que no habías nacido en Aragón no podías enfermar, porque hacía pagar con monedas de oro esas curas necesarias para poder tener una salud con la que seguir sufriendo.

Él ya no viene por el palacio. Tampoco el resto de su batallón dominante. Parece que el palacio va recuperando poco a poco su colorido y esplendor. Pero sabemos que, aunque montado en su sillón de piel se aleja del perímetro, de vez en cuando se gira y amenaza con volver.

Desde ese pequeño espacio ocupado del palacio, nos despedimos de él con las dos manos. Manos que, puestas en la boca, ayudan de altavoz para que se escuche alto y claro: señor villano, TANTA PAZ LLEVES, COMO DEJAS.

Colorín, colorado.

Paloma Lafuente.  Responsable de Políticas Sociales e Igualdad de Izquierda Unida de Aragón

13 abril, 2015

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