La Huerta Sur de Valencia siempre ha sido una tierra rica para el cultivo porque es tierra de aluvión. La Rambla del Poyo es un torrente estacional que atraviesa varios municipios del sur de Valencia, y fue uno de los que se desbordó con virulencia causando uno de los mayores estragos de las últimas décadas. Ese torrente es el que, paradójicamente, ha enriquecido durante siglos a la Huerta trayendo entre sus aguas la tierra que se sedimenta en el llano.
Ahora las aguas no han traído tierra rica sino que han llevado consigo la putrefacción de un sistema que convirtió a la tierra en mercancía para la especulación inmobiliaria. El barro putrefacto y escombrado da cuenta de un mundo construido de espaldas a los ciclos de la naturaleza. La imagen de miles de carros vueltos chatarra, apilados uno encima de otro y de otro y de otro, atestigua la debacle de insistir en las energías fósiles. La Huerta Sur, despensa de alimentos para buena parte de Europa, hoy está enferma. No se sabe cuánto tiempo llevará recuperar sus cultivos. No se sabe cuánto tiempo llevará recuperar el cultivo de la vida misma para tanta gente que perdió absolutamente todo.
Ante este tipo de crisis, y a pesar de lo terrible del panorama, siempre aparece la sensación de que tal vez esto sea el punto de partida para cambiar la forma en que se ha construido el mundo. La sensación de que, como la fuerza del agua, se impulsen cambios que muevan los cimientos del sistema. Pero también, como nos enseñó Fanon, sabemos que el cambio siempre es vivido como un futuro aterrador en la conciencia de los poderes. Por eso no demoraron en llegar los carroñeros del discurso ultraderechista, sus manidos relatos racistas y su perenne descrédito taimado a los bienes públicos, que es el espacio donde realmente se puede construir lo social, el pueblo que ahora dicen defender.
“Solo el pueblo salva al pueblo”, dicen ahora quienes han atacado sistemáticamente al pueblo. Bajo el cinismo que entraña la apropiación de ese lema, y aparentando ser antisistema cuando son su tuétano, empaquetan las viejas recetas de la razón neoliberal aderezado con el delirio nativista: “todos los políticos son iguales, pero esto no va de política, agradece la filantropía de Amancio Ortega y no pagues impuestos porque el Estado y todas sus instituciones no sirven más que para dar paguitas a los inmigrantes mientras los españoles de verdad mueren en el fango…”
Lo que no cuenta esta carroña es que no abogan por rebajar los impuestos “del pueblo” sino por los del gran capital. Entonces yo le pregunto a quienes se están comiendo ese bocadillo de defecación ¿Acaso no sería mejor que la familia Ortega y las otras seis que concentran la riqueza dejaran de donar migajas y pagaran los impuestos que deberían pagar? ¿Con qué dinero se paga a los bomberos y al personal sanitario que hoy reclaman? ¿De dónde sale el dinero para las universidades y la investigación geofísica? La lista es larga, pero toda está relacionada con lo público, con lo comunitario, con lo social y lo colectivo. Allí donde el pueblo puede ser pueblo y no mero capital humano (deshumanizado).
Al margen de la carroña, hace unos días, mientras achicaba barro y veía al pueblo remangado y comprometido con el bienestar del otro, celebraba en mi interior la cachetada de solidaridad que las y los jóvenes le estaban dando a un mundo rancio que los perfiló como gentecilla de cristal cuando lo único que les heredó fue un mundo cada vez más precarizado y con pocas perspectivas de futuro.
Sin embargo, en medio de la emoción, y al escuchar a alguien decir que todos esos pueblos parecían un escenario de guerra, no pude evitar pensar en Gaza. Allí ya no queda ayuda humanitaria, nadie está sacando barro y recogiendo escombros, ninguna institución está hablando de un “paquete de ayudas” para los afectados, ninguna maquinaria está reconstruyendo caminos y puentes. ¿Dónde está el pueblo que salva a ese pueblo? ¿Acaso ese pueblo no es tan semejante a mí como el valenciano o el chocoano?
Dicen que el agradecimiento es la memoria del corazón, ¿qué podría agradecer Gaza? ¿Qué memoria quedará en su corazón?





