Tras una larga lista de acontecimientos desoladores y respuestas institucionales insuficientes o inapropiadas con respecto a cuestiones nacionales e internacionales, el desahucio de Maricarmen el pasado 23 de septiembre se convirtió en la gota que colmó el vaso de la indignación ciudadana, dando lugar a numerosas protestas por todo el país, incluyendo acampadas en la Puerta del Sol de Madrid y en otras ciudades, entre ellas también Zaragoza.
Con la problemática de la vivienda, cientos de miles de personas se han movilizado acudiendo a las manifestaciones programadas a lo largo del territorio nacional. Muchas de ellas se han organizado para reflexionar, dialogar, establecer líneas de acción y presionar a las autoridades que, una vez más, no han estado a la altura de dar respuesta, derogando los dos reales decretos ―con medidas completamente insuficientes― en que se dividió el Decreto Maricarmen exigido por el Sindicato de Inquilinas.
El movimiento contra el negocio de la vivienda, lejos de rendirse, se arma de rabia y se encamina hacia una huelga general.
Todo esto ha generado verdadera emoción entre los jóvenes y no tan jóvenes que se han dejado la piel para acampar, reunirse y gestionar una respuesta coordinada de la clase trabajadora. Sin embargo, para seguir poniendo en el centro los cuidados de los movimientos sociales y de las personas que los conforman, tenemos que hablar del cansancio y de la sostenibilidad del activismo a nivel individual y comunitario.
El estrés en su vertiente satisfactoria, también llamado eustrés, produce sensaciones agradables, está asociado a la motivación y activa el organismo para realizar el esfuerzo necesario encaminado a conseguir una meta que se considera alcanzable. Muchas de nosotras nos hemos visto envueltas en un entusiasmo que nos ha estresado, de una manera muy positiva, para salir de nuestras rutinas y hacernos partícipes de este cambio social.
Sin embargo, por muy positivas o satisfactorias que puedan ser estas sensaciones, no dejan de ser insostenibles en el largo plazo. Frente a una situación estresora como es un momento histórico de acciones protesta masivas, el organismo reacciona rápidamente activándose con un amplio repertorio de funciones orientadas a la adaptación al cambio. Esto incluye la activación del Sistema Nervioso Autónomo, que involucra al Sistema Simpático y al Parasimpático y la activación de estructuras del Sistema Nervioso Central, con la consecuente liberación de hormonas: CRH, ACTH y cortisol.
Todo este sistema de respuesta es útil y adaptativo, pero está preparado para aplicarse de una manera temporal. Cuando las circunstancias suponen que la situación estresora se mantenga en el tiempo, hay una sobreexigencia del organismo y un agotamiento.
A todo esto hay que sumarle el torbellino emocional que está suponiendo el panorama social global, la sobreestimulación mediante noticias de última hora, la situación individual de precariedad y vulnerabilidad de muchas personas, las amenazas y la violencia que sufren las manifestantes, el desasosiego y la decepción por un lado, la esperanza y la alegría compartida por otro. Además del propio cansancio físico que supone adaptar las rutinas a un nuevo escenario donde el tiempo libre se desplaza al activismo, los cambios de ritmo de sueño para quienes acampan, la alimentación muchas veces descuidada, la falta de silencio y soledad, etc.
Bajo esta presión, muchas personas ―especialmente las más comprometidas, las caras más visibles o las que más afectadas se estén viendo por el rentismo― pueden descuidar la atención de sí mismas. Esta omisión de las necesidades personales tiene consecuencias, no solo en la propia salud, sino en las dinámicas de trabajo con compañeras, en la salud psicoemocional de otras y en el propio movimiento social organizativo. Atender el cansancio físico y emocional en nosotras mismas y en nuestras compañeras es una responsabilidad social.
A veces, decir esto es muy fácil pero aplicarlo se nos complica, porque en la labor militante entran en juego muchos factores internos y externos que dificultan que podamos apartarnos: hiperfoco puesto en las tareas pendientes, compromiso personal con la causa, culpa por no haber podido estar presente tanto como nos gustaría, asambleas o actividades agendadas, entrevistas con medios de comunicación, etc. Pero, de nuevo, atender nuestro cuerpo es atender también a la comunidad de la que somos parte.
De no hacerlo, hay señales claras que pueden ser decisivas para que otras personas identifiquen cuándo alguien necesita parar, reconocer lo que siente y dejarlo salir y/o distanciarse temporalmente para recargar energía. Entre ellas: incapacidad para concentrarse, despistes, problemas en el sueño (insomnio o hipersomnia), pérdida del sentido del humor o uso inapropiado del mismo, reactividad e irritabilidad con personas cercanas, incapacidad para aceptar críticas o tomárselas como algo personal, inflexibilidad para cambiar de opinión o valorar otras opciones que se propongan, dificultad para sentir emociones (especialmente las que hacen referencia a la intimidad, la ternura, el amor), sensación de alejamiento emocional de los demás, consumo excesivo de sustancias como forma de evasión, y posiblemente otras muchas.
Frente a esto, nunca está de más recordar cosas que parecen obvias en el activismo, pero que frecuentemente se nos olvidan. Los feminismos han ayudado mucho a dar importancia a los cuidados para hacer de los movimientos sociales algo sostenible con nuestra integridad y nuestras vidas y, precisamente en momentos como el que estamos viviendo, necesitamos bajarlos a tierra y aplicarlos. Algunas de las propuestas son las siguientes:
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Lo más básico: sueño, alimentación, higiene y descanso del ruido, la información y las masas. Debemos ser responsables de nosotras mismas y también estar atentas a otras compañeras que quizás no estén siendo conscientes de sus necesidades.
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Rotación. Nadie es imprescindible. Somos parte de un equipo y, si faltamos, otras personas serán capaces de seguir adelante con el trabajo, aunque se haga de una manera distinta.
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Calma. En épocas de estrés tendemos a acelerarnos, a tomar decisiones precipitadas, a convivir con un estado de alerta constante. En la medida de lo posible, hay que facilitar espacios de distensión, de ocio, de alegría, de afecto, ya sea con personas con las que compartimos militancia o con personas ajenas a ella.
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Exposición prudente y consensuada ante los medios de comunicación. Ser portavoz de la asamblea o ser una cara reconocible puede dificultar mucho las posibilidades de descanso. Es importante saber poner límites a las peticiones de hablar frente a una cámara o frente a un micrófono, así como ser capaces de cuidar a otras compañeras que se estén viendo sobrepasadas por esto mismo.
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Seguridad. Tanto en las acampadas como en las manifestaciones es frecuente recibir provocaciones, ataques o agresiones. Las respuestas conjuntas y pacíficas están siendo todo un ejemplo a seguir, pero a veces poner el cuerpo no es fácil, puede dar miedo o puede no ser nuestro momento de hacerlo. Podemos permitirnos no estar siempre en primera línea.
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Comunicación constante con las compañeras sobre cómo estamos y cómo se encuentran. Convirtamos el autocuidado personal en un autocuidado comunitario. Aunque las emociones se contagian y es frecuente que el estado de ánimo de una masa de gente parezca bastante homogéneo, es posible que nosotras u otra persona atraviese un momento complicado. Podemos tender a guardarnos el desagrado o la tristeza para no desestabilizar a nuestras compañeras, pero precisamente necesitamos de esa regulación interpersonal honesta para validarnos, acompañarnos y sostenernos las unas a las otras.
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Normalización de las emociones desagradables. En la línea del punto anterior, tenemos que entender que, como seres humanos, transitamos constantemente por distintos estados emocionales y que, en contextos de activismo, esto es todavía más frecuente, tiene su función y necesitamos aceptarlo. Podemos sentir orgullo y de repente pasar al hastío, a la decepción, a la tristeza. Podemos sentir culpa por habernos equivocado en algo y necesitamos compartir ese arrepentimiento para hacernos cargo de la reparación de una manera consecuente. Puede darnos vergüenza intervenir en conversaciones, reuniones o asambleas con muchas personas y quizás debamos buscar apoyo en gente de confianza. Podemos sentir infinidad de cosas y, frente a todo lo que venga, lo más importante es encontrar el espacio y las personas correctas con quienes corregularnos.
El momento histórico que estamos viviendo es un absoluto reto para la organización ciudadana y tenemos la oportunidad de hacerlo aplicando todo el conocimiento que ya tenemos acerca de los cuidados para una colectividad que trabaje de manera amable, alegre y honesta, que se sostenga y que ponga en el centro la dignidad y la vida, no solo de las personas a las que defiende, sino también de las personas que trabajan desde dentro de los movimientos sociales.
Bibliografía:
Hidalgo, G. T. (2011). El estrés crónico y sus consecuencias clínicas: el síndrome de Burnout. Acta Psiquiátr Psicol Am Lat, 57(3), 244-249.
Pérez-Sales, P., & Fernández Liria, A. (2016). Violencia y trauma: del trabajo comunitario a la psicoterapia. Madrid: Irredentos.
Agradecimientos a Alba Nicolás Agustín, compañera de profesión y activismo, que ha colaborado en mi propio cuidado y en que este artículo haya sido posible, así como en su revisión.





