Sin "ismos"

27 enero, 2016. 06:45

“Un hombre sin ismos” “un mundo sin ismos”; sin comunismo ni fascismo; sin anarquismo ni socialismo. El punto final de la evolución. Pero ¿Y qué hay del egoísmo, el consumismo, el individualismo, el adamismo y el nihilismo y el hedonismo?

“Sin ismos” no es pues más que una oda al agnosticismo político, que, cual metástasis se convirtió en agnosticismo cultural e histórico. Y el punto final de la historia no es más que volver al principio, pero no a una rama donde buscar a Jane y vivir como Tarzán (porque esta doctrina se suele predicar por internet, desde la comodidad del estado de bien estar, desde el Estado de Derecho) sino sólo ideológicamente. La sociedad  debe de ser sin ismos y el hombre natural campar por ella libre, pero no desnudo; libre, pero no descalzo ni a cuatro patas; libre, pero lejos de la comunión con La Tierra de sus ancestros; libre pero lejos de  sus propios ancestros, de sus hermanos los lobos, los mamuts y otras comunidades de vida gregaria; libre y natural, pero con ornamentos en su cuerpo y en el cabello, con pieles arrancadas a otros animales para protegerse del frío, y dominando el fuego y el arte de construir naves que surquen el espacio y hasta puedan llevarlo a otro planeta. Libre y natural, pero lleno de ciencia, incrustado en hábitats artificiales y rodeado por todas partes de tecnología de todo tipo y para todo fin. Libre y natural, pero sin saber identificar los firmamentos estrellados, el canto de los pájaros, los árboles o los vientos.

¿Ese es el mundo sin ismos? Pues no será por falta de cinismo.

¿Dónde y cuándo empezó el Hombre a ser libre y natural? Si lo hubiera sido desde su génesis celebraría tal hallazgo (la humanidad entera lo haría) con total naturalidad al ritmo del tam-tam y danzando alrededor de una hoguera. Es más, no habría nada que celebrar porque eso sería lo normal, lo natural, lo de siempre, y por cierto, el estilo de vida de algunas civilizaciones a las cuales podrían incorporarse los que tanto anhelan una vida natural, sin ismos.

Parece ser que en algún momento de la evolución ha habido una segunda creación mejor y más perfecta que la primera que nos ha perdonado el hecho de haber flirteado con los ismos y ese defectillo de ir escribiendo la historia, y nos concedido otro paraíso donde vivir consumiendo en un presente permanente, de manera natural y libres de crecer intelectual e ideológicamente. Es decir: sin ismos

¿Qué más podemos pedir?

Sin historia y sin recordar, y sin futuro, porque es la repetición conceptual-ideológica del presente (gracias a los Medios, claro), podemos volver a vivir la plenitud del niño de 4 años, que, porque es incapaz de ordenar esas dimensiones temporales (presente y pasado), vive inconsciente, irresponsable, y por supuesto (si es bien tratado), libre, natural y feliz, como bien señalaba Rousseau.

No sé qué luz cegadora pudo traer tanto entendimiento para instalar en las mentes la idea de un mundo natural sin ismos, pero sí sé que si alguna explosión ilumina la vida del ser humano es la de la Revolución porque condensa en unas pocas jornadas, a veces en  unas pocas horas, el valor de las verdades que apelan a concepciones más dignas del ser humano, y las convierte en la realidad que vence el miedo y derrota los valores oscuros, que desde siempre han tratado de ver al hombre pequeño y humillado como especie, para gloria y beneficio de unos pocos.

Si hoy hay nuevos dioses en el firmamento ofreciéndonos de nuevo el paraíso, es solo porque esos pocos hombres han usado la luz de las revoluciones o cualquier otro efecto especial, para cegar y confundir, no para abrir el camino a las estrellas.

Aunque hay quien dice que la explosión revolucionaria no fue la que iluminó verdaderamente al ser humano, sino que fue otra explosión muy anterior a ella y a él (la explosión revolucionaria, el ser humano), y que acabó colocándolo  a él (al ser humano), en una gruta, dotado de un cerebro especial y con el increíble destino de descubrir por qué su especie había sido la elegida para dominar el planeta, y si eso era o no obra de Dios. Y si desde entonces para aquí el ser humano ha tratado de averiguarlo y ha escrito toda una evolución para ello, ha sido a pesar de los que tratan de ocultar toda luz, o malemplearla. Y claro, como no pueden impedir que veamos la que nos creó (eso sería tanto como conseguir que nunca nadie se preguntara de dónde venimos), impiden que veamos la de las revoluciones que conectan al hombre y a la mujer con el cénit del tiempo, no sea que acabemos cogiendo gusto por la luz de verdad y busquemos profundidad, autenticidad y sentido a las cosas y acabemos por rechazar los cuentos para niños con los que quieren parar el reloj de la historia.

No sabemos cuántas revoluciones nos harán falta para ver la luz ni si lo conseguiremos. Ni tampoco si tiene mucho sentido intentarlo ya que al fin y al cabo tanto el Hombre como la Tierra desaparecerán del espacio de la manera que “un día” aparecieron en él. Sin embargo, fuimos creados, o, aparecimos en el mundo si se prefiere, dotados de esa extraordinaria curiosidad y de ese golpe de luz que nos obliga a ser libres y buscar más luz.

Por eso resulta irrisorio creer que hoy vivimos libres y naturales, en el punto final de la historia, sin revoluciones y sin ismos, y en un paraíso donde poder revivir sin consecuencias, la inconsciencia y la irresponsabilidad de cuando teníamos cuatro años.

Yo al menos no me lo creo. ¿Y tú?

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