Shokri Agmar, activista y abogado amazigh: "Libia siempre ha sido un Estado fallido"

Quince años después de la caída de Gadafi, el antiguo integrante del Consejo Supremo Amazigh de Libia analiza, en esta extensa entrevista, la fragmentación política, la corrupción, los intereses extranjeros y la lucha de su pueblo por la lengua, la identidad y el autogobierno.

25 octubre, 2026. 09:20
Shokri Agmar durante su visita a Donostia | Foto: Mara Altuna

Hay mapas que muestran el trazado de un ferrocarril que recorre el país de este a oeste. Es un servicio que cuenta con cientos de trabajadores que cobran puntualmente sus sueldos, aunque estos ni siquiera sepan dónde está su puesto de trabajo. Y es que el ferrocarril libio solo existe sobre el papel.

En cierta forma, Libia también es un país que solo existe sobre el mapa. En el centro del Mediterráneo, con una superficie tres veces la del Estado español y anclada justo debajo de Italia, se ha ido desdibujando de nuestra memoria. Pasó la revolución y los titulares desaparacieron. Pero Libia sigue allí, bajo esa extraña forma de existir sin llegar a funcionar. Shokri Agmar nació en Libia hace 45 años. El activismo por los derechos vulnerados de su pueblo, el amazigh, llevó a este abogado a integrar el Consejo Supremo Amazigh de Libia, el máximo órgano de esta minoría en el país. Antes de aquello era ya un rostro conocido entre los suyos: todos le habían visto presentar el primer informativo libio en lengua amazigh de la historia. Era un programa que se emtiía desde Catar.

Para los amazigh, sin embargo, la lucha por el reconocimiento empezó mucho antes de 2011 y ha continuado mucho después de que el mundo volviera a mirar hacia otro lado. Recuperar la perspectiva y deshacer el olvido no es fácil, por lo que no desaprovechamos la oportunidad de hablar con Agmar durante una breve visita suya a Euskal Herria. Cuesta creer que hayan pasado ya quince años desde el asesinato de Gadafi.

Han pasado quince años desde que Gadafi fue asesinado y su régimen llegó a su fin. Sin embargo, en Libia las aguas todavía no han vuelto a su cauce. ¿Por qué?

Porque hay demasiados intereses en juego en Libia y no se trata únicamente de lo que necesitan los libios. Las potencias internacionales tienen dinero, armas e influencia para determinar lo que ocurre sobre el terreno. Los libios están divididos y carecen del poder necesario para controlar los acontecimientos por sí mismos, lo que los hace vulnerables a la influencia exterior. Un bando apoya a una figura, otro respalda a otra, y los libios acaban luchando entre sí. Pero en el centro del conflicto está el petróleo. Hay que remontarse a los años cincuenta, cuando se descubrió petróleo en Libia. El país estaba dividido entonces en tres regiones dentro de un sistema federal. Las petroleras querían un solo país, una sola autoridad y un solo contrato, en lugar de acuerdos separados con cada región. Libia acabó unificada bajo una monarquía, con Trípoli como capital; así se sentaron las bases de la corrupción. Los problemas se han fosilizado desde entonces.

Libia heredó los cimientos de un Estado, pero ¿llegó alguna vez a construirlo?

Es un Estado fallido, pero no se vino abajo de la noche a la mañana. El país lleva teniendo problemas desde su creación, hace setenta años. Siempre ha sido un Estado fallido, los libios nunca tuvieron realmente la oportunidad de construir su propio país; nunca pudieron decidir cómo debía ser ni desarrollar una idea compartida de lo que significa construir juntos. Siempre ha estado profundamente dividido, especialmente entre el este y el oeste, y esas divisiones han dificultado la creación de un Estado funcional. Heredaron instituciones e infraestructuras, pero nunca aprendieron a hacerlas funcionar; hay escuelas, pero a menudo no ofrecen la educación que necesita la gente; hay hospitales, pero la población sigue viajando a Túnez para recibir tratamiento porque allí el sistema sanitario es mejor…

¿No era mejor con Gadafi?

Los cuarenta años de dictadura de Gadafi solo empeoraron las cosas. Cuando fue derrocado en 2011, los libios seguían sin contar con las instituciones necesarias para dirigir el país. Las milicias ocuparon aquel vacío y empezaron a luchar por el poder, el petróleo y los recursos del Estado. Libia era corrupta bajo Gadafi y, en muchos sentidos, se ha vuelto aún más corrupta desde entonces. Durante los últimos cinco o seis años, la supervisión estadounidense del presupuesto libio ha contribuido a reducir parte de esa corrupción. Pero eso también significa que Libia no es completamente libre para gestionar sus propios asuntos. Sin esa supervisión, las milicias podrían apropiarse de una parte aún mayor de la riqueza del país. El problema no es solo que no sepan gestionar el país, sino que muchas tienen pocos incentivos para hacerlo. La lógica es sencilla: si hay dinero que llevarse, te lo llevas. Si la gente pasa hambre, ¿qué le vamos a hacer? Yo soy rico.

Las montañas de Nafusa, al noroeste del país, son el enclave libio donde la minoría amazigh es mayoría | Foto: Karlos Zurutuza
"Antes solo había un Gadafi y ahora tenemos muchos Gadafis". Dicen que es un mantra recurrente en el país.

Yo no lo creo. Gadafi era una pesadilla, así que librarse de él fue algo bueno. Pero quienes llegaron después no son tan poderosos y Libia no ha reproducido una nueva versión de su régimen. Tomemos como ejemplo mi pueblo natal, Jadu. Es una sociedad en gran medida democrática, donde nadie controla la vida cotidiana de la gente. Las personas se sientan en los cafés, trabajan sus tierras y hacen su vida. Hace falta más organización, pero nadie aceptaría otra dictadura. Lo mismo ocurre en lugares como las montañas de Nafusa (en el noroeste de Libia, entre la costa mediterránea y el desierto del Sáhara), donde los amazigh tienen mucha presencia, o en ciudades costeras como Misrata (noroeste) y Zuwara (noroeste). Cuando Haftar —Jalifa Belqasim Haftar, comandante del Ejército Nacional Libio, con base en Tobruk y que controla gran parte del este y el sur de Libia— intentó tomar Trípoli, personas de estas comunidades resistieron durante un año para impedir que se hiciera con la capital. Incluso con los estadounidenses participando en las negociaciones, muchos siguen diciendo que volverían a luchar antes que aceptar que su hijo llegue al poder. Cirenaica, en el este del país, es diferente. Allí podría decirse que ha surgido un "nuevo Gadafi", Haftar, quizá incluso peor que él. Pero no se puede entender Libia como un país con una única mentalidad política. Cada comunidad ha desarrollado su propia respuesta a la ausencia de una autoridad central. Lo que existe hoy no es una dictadura centralizada que sustituya a la de Gadafi sino un poder fragmentado. Las ciudades, los pueblos y las comunidades han quedado a cargo de su propio gobierno y protección, mientras las milicias y los grupos armados locales llenan el vacío que ha dejado el Estado. Cuando no hay nadie que te gobierne o te proteja, tienes que hacerlo tú mismo. Las comunidades han tenido que organizar su propia seguridad y, en algunos casos, personas corrientes han asumido responsabilidades que normalmente corresponderían a un ejército o a un Estado. Es una forma de autogobierno de facto, pero no elegida deliberadamente. Es consecuencia de la ausencia de una autoridad central que funcione.

En Libia hay dos gobiernos: uno en Trípoli y otro en Bengasi. ¿Puede explicar cómo llegó el país a tener hoy dos gobiernos enfrentados?

Todo empezó tras la caída de Gadafi. Libia tenía un único gobierno con sede en Trípoli y la situación se mantuvo relativamente estable hasta 2014, cuando estalló un nuevo conflicto. Uno de los grandes problemas fue que los libios no conseguían ponerse de acuerdo sobre el futuro político del país. Intentaron redactar una nueva Constitución, pero discrepaban en casi todo: si Libia debía ser un Estado islámico o laico, una república o una monarquía; cómo debían organizarse la economía y el sistema político… También hubo disputas sobre algo tan fundamental como la lengua. Los amazigh y los tubus querían que sus lenguas fueran reconocidas como oficiales, mientras que la mayoría de los árabes se oponían a tener varias lenguas oficiales. El nuevo Parlamento se trasladó al este, mientras que el anterior, elegido en 2012, regresó a Trípoli. A partir de entonces surgieron dos autoridades políticas rivales, cada una de las cuales reivindicaba su legitimidad. Las elecciones parlamentarias de 2014 dieron lugar a otro foco de conflicto. Estallaron los combates en Trípoli. Ocurrió de forma muy repentina. La noche anterior no había ningún indicio de que fuera a comenzar un gran conflicto. A la mañana siguiente, la ciudad ya era escenario de intensos enfrentamientos. Recuerdo que me desperté con el sonido de aquella carnicería. El conflicto se prolongó en Trípoli aproximadamente un año antes de extenderse a otras partes del país. También estallaron combates en Bengasi —la segunda ciudad más grande de Libia, situada en la costa mediterránea oriental y un centro clave para las fuerzas del este lideradas por Haftar—, y la lucha quedó cada vez más ligada a quién controlaría las instituciones políticas libias. Los grupos revolucionarios rechazaron el resultado porque creían que antiguos partidarios de Gadafi habían accedido al Parlamento a través de las urnas y trataban de recuperar el poder.

La división tampoco es un fenómeno reciente en Libia, ¿no?

Las raíces de esa división vienen de lejos. Siempre que falta un poder central fuerte, Libia tiende a dividirse de nuevo, y la gente se ha acostumbrado a vivir con esa división. Las diferencias políticas y geográficas pueden separar a los libios, pero es la corrupción la que casi se ha convertido en un  sistema. Las consecuencias se ven en la economía. A pesar de su riqueza petrolera, la moneda libia se ha depreciado, y las divisiones del país incluso han dado lugar a monedas diferentes en el este y el oeste (dinares impresos por el Banco de Libia, reconocido internacionalmente y con sede en Trípoli, en el oeste; y billetes que imitan el dinar libio, impresos por imprentas estatales rusas en el este). Y la división no es solo interna. Las potencias extranjeras respaldan a distintos bandos, mientras que los vecinos de Libia y los países europeos persiguen sus propios intereses. Egipto, Argelia y Túnez intentan influir en los acontecimientos, mientras que los países europeos, especialmente Italia, se preocupan por cuestiones como la migración y el petróleo. Así que las divisiones internas de Libia se ven reforzadas desde el exterior. Las Naciones Unidas han intentado repetidamente acercar a las dos partes mediante el diálogo político. Se han propuesto gobiernos y alcanzado acuerdos, pero una y otra vez han fracasado. El este se niega a reconocer a los gobiernos formados en Trípoli y mantiene sus propias instituciones.

¿Hay seguridad en el país o sigue siendo un problema sin resolver?

Después de Gadafi, la gente perdió la confianza en la capacidad del Estado para hacer cumplir la ley, así que a menudo volvió a recurrir a sistemas tradicionales, sobre todo al derecho tribal, para resolver disputas y hacer frente a los delitos. Esto fue especialmente habitual entre 2015 y 2017. Desde entonces, la situación ha mejorado. La policía vuelve a funcionar, los delincuentes pueden ser enviados a cárceles estatales y, en lugares como Zauiya —una ciudad costera del noroeste—, la gente acepta cada vez más la autoridad del Estado. Sigue habiendo problemas, como presos que se fugan y autoridades que tienen dificultades para encontrarlos, pero el sistema funciona mejor que antes. En conjunto, sin embargo, la seguridad es peor que bajo Gadafi, lo cual no significa que Gadafi garantizara la seguridad para proteger a la gente. Su prioridad era mantener el control. No toleraba la oposición y vigilaba estrechamente a la población. El sistema de seguridad existía, ante todo, para proteger su poder y mantener su dictadura.

Protesta en Zuwara, unico enclave amazigh en la costa de Libia | Foto: Karlos Zurutuza
Ha mencionado a las tribus. ¿Qué papel desempeñan hoy?

En Libia, la influencia tribal crece a medida que el Estado se debilita. Desde la independencia en 1952, el Estado ha fracasado repetidamente en su intento de consolidarse, dejando que las tribus llenen el vacío. Aunque pueden ayudar a mantener el orden y resolver disputas, también pueden alimentar la corrupción, la competencia por el poder y el reparto de cargos políticos según criterios tribales, a menudo en detrimento de la ciudadanía y del Estado de derecho. Su papel varía según la región. En el este, en Cirenaica, las lealtades tribales favorecen la estabilidad social, pero también influyen en el poder político y militar. En el sur, en Fezán, las tribus resuelven disputas y protegen a las comunidades locales, aunque la competencia por los recursos puede provocar conflictos. En el oeste, en Tripolitania, median entre comunidades, pero también pueden ser utilizadas por políticos y grupos armados para consolidar su influencia. Las tribus pueden contribuir a la paz y la seguridad, pero no pueden sustituir a un Estado civil y democrático ni al Estado de derecho. El problema no son las tribus en sí, sino el uso político de su influencia. Cuando la lealtad tribal se antepone a la ciudadanía y a la ley, se profundizan las divisiones y se debilita aún más el Estado.

¿Cómo afecta la crisis política a los libios de a pie?

Genera muchos problemas, pero la economía es probablemente el más inmediato, sobre todo para las familias con menos ingresos. Pensemos en el tipo de cambio. En 2014, un euro valía entre 1,80 y 2 dinares libios. Hoy ronda los 9 dinares. Los salarios no han aumentado al mismo ritmo, mientras que Libia importa gran parte de lo que consume la población. Esos productos se compran en dólares o euros, así que, cuando el dinar pierde valor, suben los precios cotidianos. Hoy en día, algo tan básico como conseguir leche puede ser un desafío. Libia no produce suficiente en el país, así que tiene que importarla. Un litro que costaba alrededor de un euro en 2014 habría costado aproximadamente 2 dinares. Hoy, ese mismo euro cuesta unos 9 dinares, mientras que el sueldo de quien compra la leche puede no haber cambiado. Para las familias corrientes, esa es la realidad de la crisis: los ingresos siguen prácticamente iguales mientras el coste de los productos básicos no deja de subir.

Visto así, con Gadafi, había sueldos y estabilidad y los libios no tenían que trabajar tanto para subsitir. ¿Realmente no era mejor con Gadafi?

No. Es cierto que el dinar libio era relativamente fuerte, sobre todo frente al dólar y el euro. Pero hay que ver cómo funcionaba aquel sistema. Gadafi no fomentaba las empresas ni los negocios privados. Quería que el Estado controlara la economía. Su idea era esencialmente socialista: el Estado lo controlaba todo y pagaba sueldos a la gente, incluso a quienes no tenían trabajo. Aquellos sueldos eran muy bajos. En los años noventa, un empleado público podía ganar unos 100 dólares al mes. En 2011, los salarios habían subido hasta unos 400 dinares, alrededor de 300 dólares, pero seguía sin ser suficiente para mantener a una familia. Así que con Gadafi también había pobreza. Hubo un breve periodo después de la revolución, antes de que comenzara la guerra en 2014, en el que aumentaron los salarios y la moneda se mantuvo relativamente estable durante un tiempo, hasta que llegó la guerra y todo empeoró muchísimo. Pero no creo que podamos atribuir los problemas económicos de Libia simplemente al cambio político. Muchos de esos problemas ya estaban ocultos dentro del sistema. Iban a salir a la luz tarde o temprano. Gadafi acabaría muriendo algún día, fuera una revolución, una guerra o por casas naturales. La cuestión es que mo construyó un sistema capaz de sobrevivirle, solo un sistema que dependía de que él estuviera ahí. No dejó instituciones. Dejó un desastre que la revolución simplemente destapó. El sistema de Gadafi estaba condenado al fracaso.

¿Es ese vacío de poder una de las razones por las que Libia se ha convertido en un centro neurálgico para los migrantes?

El problema no puede resolverse simplemente intentando impedir que lleguen. Si alguien está dispuesto a cruzar un desierto para llegar a Libia o a arriesgarse a atravesar el mar para alcanzar Europa, es muy difícil detenerlo. Hay que abordar las causas de la migración en la propia África. Al mismo tiempo, los libios están realmente preocupados por la magnitud de la migración y lo que supone para el país. El miedo a la inmigración se ha extendido mucho en Libia; incluso ha habido manifestaciones en contra. La gente está preocupada por la gran cantidad de migrantes que llegan de toda África.

Milicianos amazigh bloqueando una planta gasera en Nafusa | Foto: Karlos Zurutuza
Sin embargo, algunos se benefician de la inmigración, sobre todo las mafias del tráfico de personas. ¿Cómo funciona ese sistema?

El tráfico de personas se ha convertido en un negocio con el que ganar muchísimo dinero, pero no es una única operación controlada por un solo grupo. Hablamos de una cadena de distintas personas y grupos que se extiende desde el desierto hasta el mar. Hay traficantes que reciben a los migrantes cuando entran en el desierto libio. Algunos pertenecen a comunidades como los tubus o los tuareg, que conocen las rutas del desierto. Utilizan camionetas para transportar a personas procedentes de países como Chad, Níger, Nigeria y Ghana. Lo he visto con mis propios ojos en Ubari y Murzuq —en la región suroccidental de Fezán, en el desierto del Sáhara—, mientras rodaba un breve documental sobre ello. Los camiones iban abarrotados de personas, a las que transportaban bajo el calor como si fueran mercancías, o incluso animales. Los traficantes les quitaban todo el dinero por el camino. En algunos casos, les cobraban unos 1.000 dinares libios por persona. Desde allí, los migrantes son trasladados a campamentos en torno a Sabha — ciudad del desierto libio al suroeste del país— donde pueden sufrir una explotación extrema. Quienes dirigen estas operaciones suelen estar vinculados a las milicias y pueden beneficiarse tanto de los pagos del Gobierno como de los propios migrantes. Desde Sabha, los migrantes son trasladados hacia el norte. Después, el viaje se divide en varias etapas. Distintos grupos controlan diferentes puntos de la ruta. Los migrantes se quedan allí, trabajan, reúnen dinero y finalmente siguen adelante. Les lleva bastante tiempo reunir lo suficiente para continuar el trayecto y llegar a la costa: Trípoli, Sabratha, Zuwara, Homs y Garabulli. También hay rutas más al este, por Tobruk y Bengasi.

¿Existe algún control real sobre la inmigración?

No. La UE, y en particular Italia, firmaron acuerdos con Haftar y con el Gobierno de Trípoli para detener la migración y les dieron dinero para impedir que las embarcaciones llegaran al mar. Consiguieron detener muchas embarcaciones, pero los migrantes no desaparecieron. Se quedaron en Libia y su número siguió creciendo. Al cabo de un par de años, aumentaron las tensiones. La gente empezó a protestar, diciendo que los migrantes les quitaban los trabajos y las casas, y eso derivó en violencia contra ellos. El problema es que no existe un sistema para atender a quienes permanecen en Libia. Llegan, se establecen y se hacen cada vez más visibles, mientras que las autoridades no tienen manera de gestionar la situación. También hay un problema de identidad más profundo. Muchos libios se distinguen de las personas procedentes del África subsahariana y se identifican como mediterráneos; algunos también se identifican como árabes. Los libios de raza negra pueden verse envueltos en esa desconfianza. Una persona puede ser libia y, aun así, ser detenida y se le pida que lo demuestre simplemente por ser de raza negra. Así pues, el intento de frenar la migración ha tenido una consecuencia no deseada: puede que haya menos personas que lleguen al mar, pero hay más que permanecen dentro de Libia, lo que contribuye a aumentar las tensiones y la hostilidad hacia los africanos.

Hablemos de los amazigh. ¿La revolución trajo cambios para ellos?

No hemos ganado mucho económicamente, pero lo que hemos conseguido es más importante: la libertad. Para nosotros, la caída de Gadafi fue como un sueño. Era un nacionalista árabe que pasó décadas negando nuestra existencia e intentando borrar la identidad amazigh de Libia. Incluso afirmaba públicamente que éramos árabes y que nuestra lengua era simplemente una forma antigua del árabe. Por eso, para los amazigh la revolución no consistía únicamente en cambiar de gobierno. Significaba poder existir por fin abiertamente como amazigh.

¿Cómo afectaron las políticas de Gadafi a los amazigh?

Gadafi intentó reprimir y borrar del mapa la identidad amazigh. La lengua estaba prohibida en las escuelas y en la vida pública; incluso estaba prohibido escribirla. Pero la represión también hizo que los amazigh estuvieran más decididos a proteger su identidad. Durante cuarenta años mantuvieron viva su cultura mediante pequeñas iniciativas, a menudo clandestinas. Se publicaron libros y revistas a pesar de las detenciones y la represión. También se fijaban en las comunidades amazigh de Argelia y Marruecos, donde la población iba consiguiendo derechos poco a poco, y comprobaban lo poco que tenían en Libia. Más allá de la lengua y la cultura, Gadafi aprobó leyes que permitían al Gobierno apropiarse de tierras comunales amazigh, sobre todo en torno a Zuwara y en las aldeas que se extienden hacia las montañas de Nafusa. No eran propiedades privadas de particulares. Tradicionalmente, las tierras pertenecían a comunidades enteras, de modo que defenderlas era una responsabilidad colectiva. El Gobierno acabó haciéndose con buena parte de ellas, pero apenas hizo nada con esos terrenos. Tras la revolución, los amazigh regresaron y recuperaron sus tierras. Cuando llegó la revolución, los amazigh se sumaron a la lucha y perdieron a miembros de su comunidad. Pero no habrían podido hacerlo solos. La geografía de las montañas de Nafusa hacía necesaria la cooperación. La mayor parte de la región es amazigh, pero también hay comunidades árabes. Zintan, por ejemplo, es una localidad árabe situada en medio de las montañas de Nafusa, mientras que Rehibat es una comunidad mixta árabe-amazigh. Ellos también se unieron a la lucha. La guerra creó un interés común entre comunidades que no necesariamente compartían identidad ni motivaciones políticas. Se necesitaban unas a otras para sobrevivir. En ese sentido, la represión de Gadafi tuvo un efecto inesperado: hizo que los amazigh estuvieran todavía más decididos a preservar su identidad hasta poder expresarla por fin abiertamente.

¿Cómo se traducen los cambios en materia de educación?

Bajo Gadafi, las comunidades amazigh se mantuvieron deliberadamente aisladas unas de otras. Mucha gente ni siquiera sabía que existían otras comunidades amazigh. A través del sistema educativo y de los medios de comunicación, todo se presentaba como simplemente árabe, así que podías crecer pensando que eras la única persona amazigh de tu entorno. Después de la revolución, eso cambió. Las comunidades amazigh pudieron comunicarse entre sí, organizarse políticamente y descubrir que formaban parte de algo mucho mayor. Para muchos era algo que experimentaban por primera vez. Hoy seguimos el mismo sistema educativo nacional que el resto de Libia, la diferencia es que ahora el amazigh se enseña como asignatura en las escuelas públicas. Como la educación está centralizada, los amazigh tuvimos que presionar al Gobierno de Trípoli para que reconociera oficialmente la lengua. El Gobierno aceptó, se imprimieron los libros y se incorporaron al presupuesto estatal. Por primera vez, el Estado libio reconocía oficialmente la lengua amazigh en la enseñanza pública. Hubo otro cambio importante. En 2012 y 2013, los municipios amazigh comenzaron a organizarse conjuntamente y terminaron creando un Consejo Supremo Amazigh. El Gobierno también reconoció oficialmente a estos municipios y su identidad cultural y lingüística particular. Eran cambios pequeños, pero simbólicamente muy
significativos.

El tamazight, prohibido durante el mandato de Gadafi, se enseña hoy en la escuela | Foto: Karlos Zurutuza
¿Qué hace que una persona sea amazigh? ¿La lengua? ¿La religión?

La lengua, mucho más que la religión. Esta última no es el factor principal para la mayoría de los amazigh porque la mayoría de ellos no son especialmente religiosos. Por supuesto, existen grupos religiosos dentro de la comunidad, incluidos algunos más extremistas, pero representan una pequeña minoría. También hay amazigh musulmanes ibadíes pero suelen mantener esa identidad en un plano relativamente privado porque el movimiento amazigh tiene mucha más presencia que el movimiento ibadí. Hay tribus que eran amazigh hace siglos, pero que ya no hablan la lengua. Hoy, por lo general, no se identifican como amazigh y tampoco suelen ser reconocidas como tales por otros amazigh. Por eso la lengua es tan importante. Es el rasgo de identidad más claro.

A menudo se agrupa a los amazigh, los tuareg y los tubus. ¿Comparten objetivos en Libia?

A veces, pero también tienen sus propios intereses diferenciados. Desde el punto de vista lingüístico, los tuareg son amazigh y hablan otra variedad del tamazight, pero sus dirigentes suelen identificarse como tuareg y no como amazigh. Tienen un modo de vida diferenciado y reivindicaciones políticas distintas, así que a menudo se presentan como un pueblo separado. Si bien los tubus también son gente del desierto, hablan una lengua y
tienen una cultura completamente distinta a la nuestra.

El pueblo kurdo ha desarrollado una experiencia autonómica similar en Rojava, en el noreste de Siria. ¿Ve paralelismos entre su experiencia y la de ustedes?

Sí. El principio es que la gente debería tener más control sobre las comunidades en las que vive. Esa es la idea que subyace al confederalismo democrático en Rojava. Si conoces tu pueblo, tu finca o tu montaña, entiendes sus necesidades mejor que un funcionario que mira un mapa a cientos de kilómetros de distancia. La toma de decisiones centralizada también puede crear oportunidades para la corrupción. Un funcionario puede retrasar un proyecto de escuela u hospital a menos que le paguen para aprobarlo. Eso ha ocurrido en Trípoli. Por eso creo que la región quizá avance algún día hacia entidades políticas más pequeñas. Ya hay levantamientos y movimientos por toda la región. En Cabilia (Argelia), por ejemplo, ha habido un fuerte movimiento independentista. En Azawad, al norte de Mali, los tuareg también llevan tiempo luchando por una mayor autonomía y por la independencia. Creo que estos movimientos podrían acabar encendiendo la mecha en toda la región. La idea básica es sencilla: quienes viven en un lugar deberían tener más voz en su gobierno.

¿Qué piensan las nuevas generaciones sobre la situación política del país?

Están confundidas, pero creo que la nueva generación cambiará algo. Las redes sociales y las nuevas tecnologías ya están influyendo en la manera de pensar de los jóvenes, y no puedo predecir adónde nos llevará eso. Están creciendo con experiencias de conflicto y división que mi generación nunca tuvo, y quizá tomen decisiones más deprisa. Puede que incluso les resulte más fácil aceptar la división del país. A la generación mayor todavía le cuesta imaginar esa posibilidad, pero los jóvenes están creciendo en una Libia muy diferente. He aprendido a no dar por hecho que el futuro es predecible. Cuando era joven quería acabar con Gadafi y mis padres me decían que era imposible. Entonces, en 2011, lo conseguimos de verdad. Después le pregunté a mi padre cómo había sucedido algo que él creía imposible. No supo responderme. Puede que yo tampoco tenga respuesta para lo que venga después.

¿Cómo ve Libia dentro de otros quince años?

Toda la región va a cambiar: Argelia también está cambiando, y Túnez, y Egipto… El norte de África tiene que transformarse porque el sistema que tenemos ahora se construyó sobre una idea equivocada. No puedes simplemente delimitar un territorio enorme, llamarlo Libia, Argelia o Túnez y esperar que todo funcione como un único Estado centralizado. Quizá haya que volver a mirar al pasado de nuevo. Históricamente, estas regiones estaban mucho más descentralizadas y sus comunidades se gobernaban a sí mismas y tenían sus propios sistemas sociales. En Túnez, por ejemplo, el sur y el norte tienen formas de vida muy diferentes. Estos países fueron reunidos bajo sistemas centralizados. Si ese control central se debilita, la gente podría volver a sus identidades, comunidades y formas de organizaciónanteriores. Quizá sea lo que traigan los próximos quince años: no solo  una nueva Libia, sino un nuevo norte de África.

“Hijos de Satanás”: los amazighs y la bota de Gadafi

También llamados bereberes —un término que algunas personas consideran ofensivo—, los amazigh son habitantes autóctonos del norte de África, con una población que se extiende desde la costa atlántica de Marruecos hasta la orilla occidental del Nilo, en Egipto. Las tribus tuareg del interior del desierto del Sáhara comparten la misma lengua ancestral. Sin embargo, la llegada de los árabes a la región en el siglo VII marcó el inicio de un lento pero progresivo proceso de arabización. Hoy, las estimaciones no oficiales sitúan el número de amazigh en Libia en casi 600.000, alrededor del 10% de la población total. En 1973, Muamar el Gadafi lanzó una "Revolución Cultural" en virtud de la cual se destruyeron todas las publicaciones que no se ajustaban a los principios recogidos en su "Libro Verde". Eso incluía las que mencionaban a los amazigh. En palabras de Gadafi, los amazigh no eran sino "hijos de Satanás" además de "un engendro del colonialismo para dividir Libia". Asimismo, eran de "origen árabe" y su lengua, "un mero dialecto". Se prohibió registrar nombres no árabes, se ilegalizó la primera organización amazigh de Libia y se persiguió a cualquiera que participara en su revitalización cultural. Por si fuera poco, profesar una interpretación del islam distinta de la oficial de Libia también engrosa la larga lista de problemas de muchos amazigh. Mientras que la mayoría de los libios pertenecen a la tradición suní malikí, en el país también vive una pequeña comunidad de musulmanes ibadíes. Como era de esperar, los amazigh se sumaron al levantamiento de 2011, pero los cambios no fueron tan fluidos como esperaban. Para cuando Trípoli cayó en manos de los rebeldes, ya habían roto relaciones con ellos. Pese al enredo político, aparentemente endémico y aún sin resolver, de Libia, la comunidad amazigh ha intentado llenar el vacío dejado por cuatro décadas de abandono de su lengua y su cultura. Además, ha creado sus propias entidades políticas y, hoy, el Consejo Supremo Amazigh (ASC, por sus siglas en inglés) actúa como organización que agrupa a las diez principales localidades amazigh de Libia.

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