Santiago Campillo, un lujo en el planeta de los sordos

El guitarrista murciano desató una auténtica tormenta eléctrica en La Barraca de Queretes, firmando una noche de rock mayúsculo entre clásicos eternos y temas propios

Santiago Campillo y Oneida James | Foto: Joaquim Valls

Por estos lares somos dados a ensalzar las virtudes de las cosas que nos llegan desde fuera y a minusvalorar lo que tenemos más cercano. En el caso de la música podría poner un montón de ejemplos. Parece que tiene que morir el artista para que tenga algún tipo de reconocimiento, véase recientemente el caso de Robe Iniesta o Jorge Martínez. Pero en el asunto que me ocupa esta reseña se trata de una flagrante injusticia. Porque existen grandes guitarristas infravalorados, otros son ninguneados...y luego está Santiago Campillo. Que este músico no tenga un mínimo de reconocimiento en este estado, tan poco roquero (todo hay que decirlo), clama al cielo.

El pasado domingo, Don Fernando Mallén volvió a llevar a su sala La Barraca de Queretes a Santiago Campillo y su banda. Para quien no pudo asistir en la anterior ocasión, como fue mi caso, esta segunda oportunidad no era algo que debería desaprovechar por nada del mundo. Si te gusta el rock clásico, estás leyendo esto, vives por la zona, y preferiste hacer otros planes, de verdad no sabes lo que te perdiste.

Yo esperaba un buen concierto, pero lo que me encontré superó ampliamente  mis expectativas. Lo vivido en el bolo me hizo recargar las pilas (que ya iban justas de batería) para una buena temporada, porque el chute de rock en vena que nos endosaron Santiago Campillo y su banda fue de los que hacen época.

La descarga comenzó, Santiago Campillo nos subió en su “Cadillac Blues” y ya no pudimos bajarnos en marcha. Hubo, eso sí, momentos para la conducción suave como esa maravillosa versión adaptada al castellano del “A Whiter Shade of Pale” de Procol Harum, el melancólico “Desconfio de la vida” de los argentinos Pappo’s Blues, de quienes sonó también su adaptación del “Ruta 66”, o una grandiosa adaptación al castellano del “While My Guitar Gently Weeps” de los Beatles.

Perfectamente secundado, la intensidad del power trío arrasó la sala la Barraca de Cretas. Desde hace más de una década Santiago Campillo está acompañado por Joaquín Bermejo “Mini Drums” a la batería. El todavía joven baterista tiene que pegarle duro a su instrumento para no ser sepultado por las andanadas eléctricas que reparte su jefe cada vez que arremete con su guitarra. La tarea de la bajista californiana, la reputada Oneida James, que estuvo más de una década en la banda de Joe Cocker, es igual de exigente, pero ya nos demostró que tiene unos dedos de acero durante el concierto. Además de hacer coros, Oneida nos deleitó con su voz con la versión del “I Don’t Need No Doctor”, que en su día popularizó Ray Charles, aunque llevada al terreno funky en el que tan bien se desenvuelve la bajista.

Siguieron cayendo clásico tras clásico: “La Grange” de ZZ Top, “In-A-Gadda-Da-Vida” de Iron Butterfly, “Suzy Q” de Creedence Clearwater Revival (a petición de un emocionado espectador), combinados por Campillo con algunos temas de su cosecha, como ese rocanrol lleno de ironía y humor que es “No me creo na”.

Santiago Campillo tiene el toque de los elegidos, su guitarra es una parte más de su anatomía, debió de nacer con ella incorporada a su cuerpo, porque si no es inexplicable la simbiosis que existe entre el músico y su instrumento. Campillo hace parecer sencillo lo difícil, viéndolo tocar con esa facilidad llegas a pensar que cualquiera puede hacerlo sin ningún tipo de esfuerzo.

El guitarrista utilizó cuatro guitarras distintas (la primera le duró sólo dos canciones porque se le rompió una cuerda) y empleó durante buena parte del concierto a “Aurorita”, su pequeñísima guitarra, que parece de juguete, pero que suena de impresión. En el tramo final del concierto, ya con su tercera guitarra, el primer rasgueo nos indicó que llegaba el momento de Jimi Hendrix. Campillo nos deleitó con una extensa y orgiástica versión adaptada al castellano del “Voodoo Child”. La tormenta eléctrica que desató arremetió sin remisión contra una audiencia totalmente entregada. Incluso, se permitió el lujo de incluir un extracto del “Whole Lotta Love” de Led Zeppelin. El abanico de recursos técnicos que desplegó parecía infinito, velocidad endiablada, virguerías imposibles...le faltó quemar la guitarra como Hendrix en el Festival de Monterey.

Para rematar la faena, sacó a relucir su guitarra Slide y nos demostró que también es un auténtico maestro en la técnica del bottleneck. Los temas elegidos nos retrotrajeron a los tiempos en su banda M-Clan. “Donde el río hierve” y, por supuesto, la inefable “Un buen momento” pusieron el broche de oro y el punto final a la impresionante fiesta del Rock and Roll con mayúsculas que nos brindaron Santiago Campillo y su banda. Si el Rock te hace vibrar no dudes en acudir a verlo, no lo dejes para la otra vida.

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