Rusia 2018: megaestadios, tecnología, represión y muertes

Rusia se lleva la Copa del Mundo en persecución a la comunidad LGTBIQ+. Especialmente desde el año 2013, cuando se aprobó la ley de propaganda homosexual por la que el Código de Infracciones Administrativas incluye cuantiosas multas para las personas culpables de "promover relaciones sexuales no tradicionales".

Estadio Fisht de Sochi. Foto: IIP Photo Archive (CC)

La Copa del Mundo de fútbol ha sido un éxito, pero los habitantes del país que la albergaba sufren la peor crisis de derechos humanos desde la era soviética. La laxitud de la FIFA, que en 2017 incorporó a sus estatutos el propósito de promover los derechos recogidos en la Declaración Universal, ha contribuido a resalzar la imagen del Putin que promueve el odio a las personas LGTBIQ+ y persigue a activistas o medios de comunicación críticos, entre otras cosas.

Nadie puede negar el espectáculo que ha sido el mundial que acaba de ganar Francia. No me refiero a lo estrictamente deportivo, sino a la imagen de modernidad proyectada constantemente al mundo durante 31 días, desde que Putin presidiera -discurso incluido ante 80.000 personas- una ceremonia inaugural breve pero vistosa en Luzhniki, con varios de sus aliados políticos en el palco. Aquel 15 de junio daba comienzo el mundial de Rusia 2018, el más caro de la historia. La opulencia de estadios grandiosos, llenos de pantallas gigantes y de otras tecnologías último modelo maravillaba al mundo. Remodelar o construir 10 estadios había costado 3.600 millones de euros.

Mucho más caro se convierte si se cuenta el valor incalculable de las vidas que se perdieron durante las obras. Al menos 17 personas murieron a consecuencia de las malas condiciones laborales, según denuncia la federación sindical Internacional de Trabajadores de la Construcción y la Madera (BWI por sus siglas en inglés). Organizaciones a favor de los derechos humanos como Human Rights Watch señalan la dificultades que han enfrentado en Rusia para acceder a fuentes de información: intimidación, vigilancia e incluso la detención de uno de sus investigadores por parte de la policía cuando intentaba hablar con un trabajador a las afueras del Volgogrado Arena.

Esa pesquisa en siete estadios, entre 2016 y 2017, tiene como resultado el informe Tarjeta roja. Explotación de los trabajadores de la construcción en las sedes de la Copa del Mundo, en el que se documenta la situación de los obreros trabajando "en condiciones peligrosas al aire libre con temperaturas muy por debajo de cero grados, en muchos casos sin contrato o documentos legales". Se publicó hace un año, al mismo tiempo que la FIFA, que financia la mitad del coste de las infraestructuras deportivas, publicara que había realizado 58 inspecciones para controlar las condiciones laborales de quienes trabajaban en la remodelación y construcción de esos mismos estadios. Era la primera vez que la FIFA como institución asumía, conjuntamente con delegados rusos, esa tarea.

Dice el periodista y analista Nathan Hodge, en un artículo de opinión para la CNN, que Putin ha logrado silenciar lo que no le convenía, relanzando así la imagen de Rusia y la suya propia, como un hombre de Estado, gracias a este evento deportivo. Parece que el Mundial, según apunta Hodge, le da la oportunidad de cerrar el capítulo que empezó con la anexión de Crimea, cuando despertó el rechazo de gran parte de la comunidad internacional en forma de sanciones, sin cambiar ni un ápice su comportamiento desde entonces. Una opinión que es compartida por otros expertos en el juego de la geopolítica. 

"Respeto a los gays, pero preferiría no tomar una ducha con uno"

Imagen de las gradas en el partido Uruguay-Rusia. Foto: Comunicación Desarrollo Social (CC)
Imagen de las gradas en el partido Uruguay-Rusia. Foto: Comunicación Desarrollo Social (CC)

Rusia se lleva la Copa del Mundo en persecución a la comunidad LGTBIQ+. Especialmente desde el año 2013, cuando se aprobó la ley de propaganda homosexual por la que el Código de Infracciones Administrativas incluye cuantiosas multas para las personas culpables de "promover relaciones sexuales no tradicionales". Esta ley, que deja al criterio de las autoridades sancionar conductas que deberían encontrarse protegidas dentro del marco de la libertad de expresión, ha mermado enormemente el activismo LGTBIQ+ y ha propiciado el hostigamiento hacia la población no heterosexual.

"En Rusia se respeta a los gays, no tenemos problemas con los que ya lo son. La ley solo busca que no influencien a los niños, porque hay ciertas cosas que no se tienen que ver durante la infancia", explicaba rotundo y orgulloso el presidente en una serie de cuatro horas de entrevista emitidas por episodios en la televisión rusa. Y añade, entre risas, "yo preferiría no tomar una ducha con un gay, ¿para qué buscar provocaciones?". El autor de la pregunta es el director estadounidense Oliver Stone -el encargado de dirigir esta producción audiovisual-, quien también se ríe.

Pero puede que uno de los capítulos más crueles de la fijación contra la diversidad afectivosexual sea el que vivió Chechenia en abril de 2017, cuando un diario independiente denunció que decenas de hombres sospechosos de ser homosexuales estaban siendo secuestrados, obligados bajo tortura a dar nombres de personas LGTBIQ+ que conocieran y asesinados como parte de una campaña coordinada de "purga gay" por la que nadie nunca rindió cuentas. "Hemos presenciado un escandaloso despliegue de negación, evasivas e inacción por parte de las autoridades, que se han negado en reiteradas ocasiones a iniciar una investigación oficial sobre los horrendos crímenes denunciados", informa Amnistía Internacional.

A pesar de esta y otras situaciones difíciles, existen iniciativas como Deti 404 -significa Niños 404, que hace referencia al mensaje Error 404 Página no encontrada-, que es un grupo virtual cerrado de apoyo a los menores LGTBIQ+ rusos. También publican testimonios de adolescentes y otro material para dar cuenta de las circunstancias adversas en las que viven. Se presentan así: "Nuestra sociedad cree que los adolescentes homosexuales no existen por naturaleza, como si los gays, las lesbianas, los bisexuales y las personas transgénero llegaran de Marte cuando se hacen adultas".

Dar un espacio de asistencia y seguridad a ese colectivo es también el propósito del movimiento Avers, que cuenta con un centro en la ciudad de Samara, situada mil kilómetros al este de Moscú. Es el único lugar en el que muchas personas pueden dejan de fingir ser quienes no son y donde encuentran apoyo psicológico y jurídico gratuitos. La ciudadanía rusa se moviliza como puede.

"No soy una mujer, así que no tengo días malos"

Catedral de Cristo el Salvador (Moscú). Foto: Tetrabrain (CC)
Catedral de Cristo el Salvador (Moscú). Foto: Tetrabrain (CC)

La declaración pertenece a la colección de frases pronunciadas públicamente por Vladimir Putin que quedarán para el recuerdo. No le gusta el feminismo: quizá el caso que alcanzó mayor repercusión internacional fue el encarcelamiento de tres miembros del grupo musical Pussy Riot en tras irrumpir en la catedral del Cristo Salvador de Moscú cantando una canción que pedían a la virgen que se hiciera feminista y alejara a Putin.

Pero también quienes trabajan por los derechos de las mujeres lejos de la polémica, como es el caso de la ONG Mujeres del Don, se encuentran con dificultades. Esa organización, que se dedica a realizar proyectos para favorecer la situación de las mujeres y sus familias, fue una de las primeras en ser inspeccionada tras quedar aprobada la ley de agentes extranjeros en 2012 y declarada como "agente extranjero" por recibir donativos de fuera de Rusia. Valentina Cherevatenko, cofundadora, explica en una entrevista a Amnistía Internacional que como "agente extranjero" tuvieron que pagar una multa y ahora ven limitada su financiación, por lo que han tenido que reestructurar su forma de trabajo para sobrevivir a la presión, las amenazas y los ataques contra su sede.

Habrá que suponer que este atropello a los derechos humanos en los últimos años no son fruto de un día malo -Putin no los tiene porque, por suerte, es hombre- sino de una decisión política de aumentar su poder en detrimento de los derechos de su pueblo. La censura a medios de comunicación independientes, la ley de organizaciones indeseables de 2015 que impide el activismo social, la difamación constante hacia los defensores y defensoras de derechos humanos, la impunidad de los ataques que sufren -como en el caso de Andrey Rudomakha- o incluso la falta de investigación tras algunos asesinatos, como ocurre con la activista Natalia Estemirova, asesinada hace ya hace nueve años.

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