Altavoz

Que se joda mi capitán, que no como rancho

| 7 abril, 2019 12.04
Que se joda mi capitán, que no como rancho
Quirófano del Servet. Foto: DGA.

El 29 de septiembre me detectaron un tumor ciático, comencé así un viaje en una montaña rusa emocional, pero ante todo tenía una certeza, esto no es una enfermedad individual, a estas alturas del siglo todas tenemos en nuestro entorno cercano a alguna persona diagnosticada con algún tipo de cáncer.

El cáncer se ha convertido en una de las plagas del siglo XXI y ya es la segunda causa de mortalidad por enfermedad en el mundo.

Viajar al centro de la enfermedad muestra las luces y sombras que rodean a esta patología y por ende a la sanidad pública.

No me centraré solo en lo personal, pues hay tantas maneras de sobrellevarla como personas afectadas, pero sí quiero recalcar que en el momento en el que debes ponerte en manos de médicos, enfermeras, cirujanos, oncólogos, patólogos, celadores y personal sanitario diverso, la realidad cambia.

Una de las cosas que peor llevo es que me miren con pena, los silencios y los ánimos positivistas como si la curación fuese una responsabilidad individual directamente proporcional a tu estado de ánimo.

En urgencias me realizan una ecografía y una radiografía, y me derivan al especialista que visitaré ya durante varios meses. Debo hacerme una resonancia, pero como hay demasiada lista de espera, y debido a la urgencia, decido hacerla en la sanidad privada y tiene un coste de 255 euros; se la llevo al especialista y con esa información se reúne un comité médico para decidir qué opción es la adecuada en mi caso, y allí debaten además otros casos.

El día 27 de noviembre me sometí a una operación para la resección del tumor. Durante los tres días que permanecí en el hospital tuve tres compañeras diferentes de habitación, y una televisión que se oía mal y era de pago.

Por la noche traen la cena (pude elegir menú vegetariano) miran la fiebre y la tensión. A las siete y media de la mañana pasan de nuevo a mirar la fiebre y a levantar para hacer la cama, yo ese día además debo prepararme para entrar a quirófano. Una enfermera me baja en la camilla y entro en una sala previa donde hay más personal sanitario, y otras tres enfermeras me cambian la ropa y de camilla, me dan ánimos y comparto con ellas el temor, los suspiros y les doy las gracias.

Al entrar a quirófano cuento unas siete u ocho personas más, entre el anestesista y enfermeras, poco después veo entrar al cirujano. Al terminar me llevan a la sala de despertar y de nuevo cinco enfermeras en la sala pendientes en todo momento de las personas que estamos allí. Hacemos una primera prueba, la operación ha salido bien y ellas comparten mi alegría y alivio, entonces pienso en el cirujano, en el personal, en su profesionalidad, habilidad y en su maravillosa existencia.

Al subir a planta una enfermera muy amable me ha guardado la comida, y desde ese momento pasan incontables veces por la habitación varias enfermeras y auxiliares, y el médico por las mañanas.

Una vez con el alta hospitalaria, mientras los patólogos están analizando el tumor, que ha resultado ser un tumor raro, y lo envían a Sevilla para que lo analicen los expertos. En el centro de salud, será el practicante quien haga cura y seguimiento de la herida.

¿Por qué he dado todos estos datos? Las conversaciones más habituales en este tiempo han sido que listas de espera son un problema, la vergüenza de que a estas alturas debamos compartir habitación y el insulto que es tener que pagar por ver la televisión en la habitación, encima de lo viejas que son. Pero ¿somos realmente conscientes de lo que ha pasado durante ese tiempo de verdad? El árbol no nos deja ver el bosque.

¿Cuál es el coste económico de que todas esas personas hayan estado pendientes de mí? ¿Cuánto ha podido costar la operación? Los sueldos, los días de ingreso, la comida, el comité de expertos, (personal de urgencias, radiólogos, auxiliares, enfermeras, anestesistas, personal de limpieza, cirujanos, patólogos, oncólogos, etc.) que han estado valorando mi caso antes y después de la operación, la pruebas posteriores que he realizado y tendré que realizarme durante al menos los próximos 5 años, resonancias, tacs, análisis, ecografías. Y a lo que no se le puede asignar un coste económico, la salud recuperada.

¿Os imagináis perder la sanidad pública y tener que costear individualmente estos tratamientos y operaciones? ¿Os imagináis que se privatice la gestión de la sanidad, pasando el dinero público a manos privadas con el consiguiente recorte de servicios? ¿Os imagináis que individualizamos la enfermedad cuando los casos de cáncer han aumentado un 12% en cuatro años?  La otra cara de la moneda es que gracias a la investigación los casos de supervivencia están aumentando, así como los tratamientos van siendo menos agresivos ¿os imagináis que no haya dinero para investigar y que los investigadores tengan que salir del país para hacerlo? Pues ya está pasando.

A los dos meses una noticia, buena y mala, la buena: el tumor no es lo que pensaban, es de baja intensidad; la mala: es un tumor “raro”, es decir, afecta a una de cada 100.000 personas, por lo que no se destinan fondos para su investigación. Como pasa con el resto de enfermedades raras, la falta de investigación hace que no haya un tratamiento para ellas. En estos casos aparece otro fenómeno, las asociaciones o fundaciones para la visibilización, el estudio y búsqueda de tratamiento de estas enfermedades, por lo que de nuevo se vuelve a individualizar la enfermedad, y son las y los pacientes y familiares quienes comienzan esta labor muchas veces apoyadas por profesionales que también demandan estas investigaciones. Lo que es lo mismo que un sálvese quien pueda.

Mientras el neoliberalismo planea sobre nuestras cabezas y las personas en situación “irregular” se quedaban fuera del sistema sanitario, porque supuestamente terminan con nuestros recursos. El fascismo avanza, y quiere terminar con la sanidad pública, y que sólo quien tenga recursos pueda pagarse una operación de estas características, y si hubiera que incluir un tratamiento quedaría hipotecada durante años. Sólo he hablado de una patología, pero se puede extrapolar a todas.

Tenemos una sanidad a dos velocidades, una privada y rápida que se alimenta de la pública cada vez más débil. Elegimos el atajo, cuando la necesidad es de una mayor inversión en medios, personal sanitario e investigación, pero nos excusamos con cosas insignificantes como pagar 4 euros por ver la televisión y no valoramos lo que nos hubiera costado la labor que han realizado. Desde los medios de comunicación nos dejan tan sordos y tan ciegos que no somos capaces de ver el bosque ni escuchar la llamada de auxilio. Cuando pensamos que los que vienen de fuera nos vienen a robar, cuando la realidad es que se quedan sin asistencia, me viene a la cabeza esa frase que me decía mi abuelo cuando me ponía terca por una rabieta: qué se joda mi capitán, que no como rancho.

Tener cáncer es una mierda, no te convierte en una persona luchadora, un superhéroe que ha descubierto la realidad de las cosas importantes de la vida, un ejemplo de nada; te convierte en paciente, en paciente oncológico, por lo que para poder salir adelante se necesitan buenos equipos médicos, medios e investigación para terminar con esta lacra.

7 abril, 2019

Autor/Autora

@PinsuenoC. Pertenece al Grupo de Ayuda a Personas Refugiadas en Zaragoza (@refugiadoszgz)


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