¿Qué es la escuela pública? Un recorrido por las realidades invisibles que sostienen —y amenazan— el motor del futuro

22 mayo, 2026. 12:00

Nos dijeron que la educación pública era el pilar de una sociedad justa.

No lo digo yo. Lo escribieron en leyes, programas electorales, discursos institucionales y pancartas oficiales. Hablan de inclusión, igualdad, conciliación familiar, libertad de elección, oportunidades, vertebración del territorio y apuesta por el futuro.

El papel lo sostiene todo, pero la realidad no.

Los rápidos cambios de la sociedad actual apenas nos permiten detenernos a respirar y preguntarnos: ¿qué realidades están llevando a la escuela pública a salir, una vez más, a luchar por unos derechos que tanto ha costado construir y defender?

Me llamo Juan. Mis padres trabajan más horas de las que deberían. Dicen que existen medidas de conciliación familiar, pero la única conciliación posible para nosotros era la escuela pública de 0 a 3 años de nuestro barrio. La cerraron. Ahora mis padres hacen malabares con horarios imposibles porque no pueden permitirse una alternativa privada. Pero dicen que apoyan a las familias.

Me llamo Sara. En mi instituto hablan de inclusión. Lo pone la LOMLOE. Lo repiten en charlas y documentos. Pero en mi aula somos demasiados alumnos, faltan especialistas, la orientadora no llega a todo y los recursos nunca son suficientes.

Me llamo Pedro. Soy el hermano de Sara y voy al aula de educación especial, también conocida muchas veces como el "cajón desastre". Mis profesores dicen que van desbordados, atrapados entre el papeleo y la falta de tiempo humano. Faltan recursos, apoyos y personal específico para atender las diferentes formas en las que aprendemos, nos comunicamos y nos desarrollamos. No queremos estar incluidos en documentos; queremos estar incluidos de verdad.

Me llamo Manuel. Vivo en un pueblo donde cada año desaparece algo. Primero fue el centro de salud. Después, el transporte. Ahora quieren reducir líneas en la escuela rural. Hablan de luchar contra la despoblación mientras desmantelan los servicios públicos que nos permiten quedarnos. El eco de sus discursos se pierde entre campos y montañas cada vez más vacíos y silenciosos.

Me llamo Lucía. Estudio en un edificio lleno de grietas, goteras y ventanas rotas. Hay barreras arquitectónicas, aulas prefabricadas y espacios que llevan años esperando reformas "temporales". Nos hablan de innovación educativa mientras damos clase en centros que ni siquiera garantizan condiciones dignas. Pero dicen que la educación es la base del futuro.

Me llamo Dani. Quería estudiar Bachillerato público. Cada vez hay menos grupos, menos vías y menos opciones. Cierran líneas públicas mientras aumentan la concertación. Hablan de libertad de elección cuando lo único que hacen es reducir nuestras posibilidades. No es libertad si lo público desaparece.

Me llamo Samina. Llegué aquí hace tres años. La escuela pública fue el primer lugar donde sentí que pertenecía a algún sitio. Allí aprendí un idioma nuevo, hice amigos y empecé a construir una vida. Hoy quiero estudiar Formación Profesional. Nos dicen que es el futuro, pero este año me he quedado sin plaza en la pública. Mi madre dice que no sabe qué vamos a hacer. El dinero sigue siendo una barrera que la educación pública intenta compensar con igualdad de oportunidades.

Me llamo Irene. En mi centro nos hablan constantemente de innovación, digitalización y nuevas tecnologías. Llegan pantallas, aplicaciones y plataformas nuevas cada curso. Nos enseñan a usar inteligencia artificial, a producir más rápido y a competir mejor. Pero cada vez miramos menos, escuchamos menos y sentimos menos al compañero que tenemos al lado.

Y entonces debemos preguntarnos: ¿es esta la sociedad que queremos construir?

Detrás de cada una de estas historias hay un reflejo social: el de cada alumno, familia y docente que continúa luchando por mantener en pie una escuela pública basada en la inclusión, la convivencia, la diversidad y la igualdad.

El desmantelamiento de la educación pública no empieza cuando una escuela cierra. Empieza cuando normalizamos la falta de recursos, cuando aceptamos ratios imposibles, cuando convertimos derechos en privilegios, cuando dejamos que la escuela pública sobreviva mientras otros hacen negocio y cuando confundimos modernizar con deshumanizar.

Y, aun así, seguimos aquí.

Familias que convierten lo imposible en cotidiano para que sus hijos tengan oportunidades.

Docentes que sostienen aulas enteras con vocación, cariño y una fuerza que muchas veces nadie reconoce.

Alumnado que aprende a resistir incluso cuando el sistema les dice que no hay sitio para ellos.

Seguimos aquí porque creemos en una escuela pública que no excluya, que no segregue y que no abandone.

Porque educar no es solo enseñar contenidos. Es enseñar empatía, respeto, pensamiento crítico y humanidad. Es formar personas capaces de construir una sociedad más justa y más digna que la que estamos dejando.

Y aunque intenten ahogarla entre recortes, burocracia y abandono, la escuela pública siempre encuentra la manera de resistir, porque está hecha de personas que no se rinden.

Por eso, defender la educación pública no es una opción; es una responsabilidad colectiva.

Porque cuando se abandona la escuela pública, no pierde solo el alumnado. Perdemos todos.

Si los derechos no se defienden, terminan desapareciendo.

La educación pública no puede sostenerse solo sobre el papel.

La educación pública sostiene vidas.

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