En estos momentos en los que el fuego es prácticamente omnipresente en los medios, no todo el mundo sabe que, durante los meses de verano, en un pico de cada tantos, aquellos coronados por una torreta metálica o una caseta, hay alguien. Una persona que permanece nueve horas cada día en soledad, vigilando el territorio por si ve brotar un humo. Vigilar, identificar, ubicar, avisar. Aportar datos relevantes sobre la evolución del incendio. Guiar a los medios en el acceso. Apoyar en la comunicación cuando las condiciones no son óptimas. Aguantar.
Desde que (casi) todas llevamos un teléfono inteligente en el bolsillo, muchos avisos llegan directamente del 112, sobre todo en zonas urbanizadas o con más tránsito. Llamadas que a veces son equívocas (tal vez no es humo), o que dudan en la ubicación. Hay quien piensa que esto será el final de la vigilancia. Pero también se puede considerar una cooperación interesante más que una sustitución. Porque un aviso rápido y certero no puede darlo cualquiera. No a tiempo, no en lugares recónditos con mucha masa forestal y pocos seres humanos. No con la información de quien conoce el territorio como la palma de su mano y lo vigila desde un lugar privilegiado.
Por eso hay personas pasando nueve horas cada día en soledad en un pico de cada tantos.
En el mejor de los casos, la campaña dura seis meses, pero son los menos. La mayoría está contratada entre tres y cuatro meses, a veces con duración variable, sorpresa, no sabes cuándo ni cuánto vas a trabajar este año, lo que complica la conciliación con otras actividades económicas, que obviamente necesitas para subsistir.
Los Puestos Fijos de Vigilancia (PFV) pueden ser cabañas de piedra, casetas adosadas a una ermita, torretas de metal de diez, veinte, veinticinco metros de alto, oxidándose a la intemperie desde los noventa. Contenedores de obra sin ventanas bajo una terminal eléctrica.
Los accesos, diversos. El núcleo de referencia del PFV es el municipio en cuyo término se encuentra, y desde ahí, un recorrido más o menos largo que rara vez está asfaltado. Hasta 15 kilómetros de pista en mal estado puede recorrer un vigilante cada día para acudir a su puesto durante un tiempo que no se paga.
Nueve horas cada día más el desplazamiento inevitable, veinte minutos con suerte, una hora a veces, puesto que no es posible elegir vivir ahí.
Ejes partidos, pinchazos, accidentes, despeñamientos incluso. La grúa no quiere subir a por ti. Cambiar las ruedas cada campaña, los amortiguadores una de cada dos, que de la casualidad de que tengas un todoterreno o tenerlo a propósito. Arriesgar tu utilitario cada día sin saber cuánto durará.
Ah, porque la empresa no provee de vehículos a las vigilantes para su labor. Hay una cláusula en el contrato por la que te comprometes a utilizar el tuyo propio, a 0,50 euros el kilómetro de tierra. “Es lo que hay”. 0,50 el kilómetro por pista de tierra, que cubre a duras penas la gasolina y está muy lejos de compensar los gastos del circo de sacar tu coche -tuyo, propio- del taller cada dos por tres.
Personas con una pala en el maletero para suavizar los socavones a costa de incrementar el tiempo regalado (jornadas de ¿diez? ¿once horas? ¿más?), para proteger su integridad, mientras las diputaciones juegan a la pelota con la DGA. Y las cuadrillas no están para eso. Do It Yourself.
Personas que van en moto, para reducir gastos. Que suben andando alargando la jornada todavía más.
Para mayor diversión, hace varios años, se descubrió que la mayoría de los pararrayos de PFVs de Aragón llevaban tiempo estropeados. Pasar los meses de verano en el monte conlleva soportar tormentas eléctricas en algún momento, en las que te encomiendas a la jaula de Faraday, o al Dios que prefieras, mientras aguantas el frío, el silbido del viento y los rayos y truenos sonando cerca. Entonces, en un alarde de modus operandi, a saber: solucionar los problemas haciendo que sean los trabajadores quienes asumen la responsabilidad sin mover ella un dedo, la empresa crea una nueva orden para la ocasión: “Se hace saber, que a partir de ahora, cuando caigan rayos, centellas y chuzos de punta, los vigilantes se comprometen bajo su responsabilidad, a permanecer en el vehículo -el suyo propio- , con las ventanillas subidas y demás protocolo de seguridad, apagando teléfonos, emisoras y sin rechistar.”
Supongo que la persona que emitió dicha orden, aquel día dormiría satisfecha: ¡parche implementado! ¡All right!
Pero ¿Qué ocurre si utilizas la moto, o la bicicleta? ¿Qué, si la tormenta se ha generado encima de ti y ya no puedes bajar porque te separan del suelo cuatro tramos de escaleras de metal? ¿Y si se te rompió el coche y subiste andando, y te encuentras a media, tal vez una hora o más a pie por una loma, del refugio más cercano? Ecos de cigarras obtendremos como respuesta.
Incluso en condiciones normales, ante cualquier avería, contratiempo, error, la alternativa pasa por los cuerpos de las vigilantes, pudiendo, por ejemplo, tener que vigilar desde su coche a más de cuarenta grados sin una sombra en plena ola de calor. Aguantar.
Aguantar con el propio cuerpo el abandono multidimensional de un colectivo imprescindible. Sostener con vocación lo que tendría que ser protegido desde la institución.
Recuerden cada vez que truene, quienes se aseguran bien de mirar la meteo cuando van al monte y ante la posibilidad de tronada cancelan el plan, quienes llamarían al 112 y/o llorarían si les sorprendiese en un canto, quienes – con razón- temen la posibilidad de recibir un rayo, que en esos momentos siempre hay alguien aguantando en condiciones precarias en un pico de cada tantos.

