La proliferación de proyectos de biogás en la comarca del Jiloca plantea una pregunta incómoda: ¿todo vale en nuestros pueblos en nombre de la transición energética?
Bajo el atractivo discurso de la sostenibilidad y la economía circular, la comarca del Jiloca está asistiendo a la llegada de grandes proyectos industriales de biogás. Instalaciones que prometen transformar residuos ganaderos en energía limpia, pero que también pueden trasladar importantes riesgos ambientales a los pueblos que deben convivir con ellas. Todos ellos de supuesto interés público, aunque nadie haya preguntado en nuestros pueblos por ese verdadero interés.
El caso de Fuentes Claras es especialmente inquietante. Desde 2024 se está tramitando por el INAGA una planta de biometano con capacidad para tratar 260.000 toneladas anuales de residuos orgánicos, sobre una superficie de más de 12 hectáreas y a apenas 400 metros del casco urbano. Una auténtica industria de tratamiento de residuos a las puertas de este pequeño municipio.
Pero lo más preocupante no es su tamaño, sino su ubicación. Las instalaciones están a tan solo 200 metros de los Ojos de Fuentes Claras, un espacio natural singular vinculado al sistema de aguas subterráneas del Alto Jiloca. Estamos hablando de un patrimonio hidrogeológico de enorme valor, en un entorno donde la protección del acuífero y de las captaciones destinadas al abastecimiento del pueblo, como la Fuente del Cubo, debería ser absolutamente prioritaria.
¿Se ha estudiado suficientemente qué ocurriría ante una fuga, una filtración o un desbordamiento de los depósitos de residuos? ¿Está demostrada la ausencia de conexiones hidrogeológicas que pudieran comprometer los manantiales o el agua de consumo? ¿Quién asumiría las consecuencias de una posible contaminación del acuífero que condenaría a todo el valle aguas abajo?
Son preguntas demasiado importantes como para responderlas con simples promesas de seguridad.
A ello se añade otro problema que los habitantes del Jiloca conocen bien: las frecuentes inversiones térmicas y la escasa ventilación del valle. Un estudio meteorológico incorporado a las alegaciones de la planta de Calamocha señala que los vientos de velocidad igual o inferior a 2 km/h se registran durante el 52,3% del tiempo (casi 190 días), porcentaje que alcanza el 70,3% durante las horas nocturnas. Es decir, 255 noches al año. Unas condiciones que obligan a examinar con especial rigor la dispersión de olores de una instalación situada tan cerca de las viviendas, con balsas sin cubrir.
Tampoco son cuestiones menores los 66 camiones diarios estimados, el almacenamiento de digestatos al aire libre, la gestión de los nitratos o los
efectos acumulativos de estas instalaciones en una comarca que ya soporta una considerable presión ganadera. ¿Y qué me dicen de los residuos?:
Sandach 2 y 3. El Sandach 3 suena a Halloween: hasta 10.500 toneladas de sangre y tejidos animales procedentes de mataderos o de la industria cárnica. Lo dice claro el proyecto.
Nadie discute que aprovechar energéticamente los residuos pueda ser positivo. Lo que resulta discutible es que, bajo la bandera de las energías renovables y una supuesta economía circular, se pretenda justificar cualquier ubicación, por sensible que sea, trasladando los riesgos a pequeñas poblaciones rurales, sin información y con escasa o nula capacidad de decisión.
Los pueblos del Jiloca no deberían ser tratados como espacios disponibles para albergar grandes instalaciones industriales sin garantías ambientales plenamente acreditadas. No podemos ser una nueva forma de sacrificio territorial.
Fuentes Claras podría convertirse en una auténtica bomba de relojería ambiental si los riesgos evidentes del proyecto no se estudian y valoran
adecuadamente. La Chernóbil del Jiloca. Y cuando están en juego los Ojos del Jiloca, las aguas subterráneas y el propio abastecimiento de la población, entre otras, no caben experimentos ni decisiones precipitadas basadas en parches técnicos y promesas de sostenibilidad. Aquí sólo vale el principio de precaución.
Las inversiones económicas pueden buscar otros emplazamientos. Pero un manantial contaminado, un acuífero deteriorado o el agua potable y el aire de un pueblo no se recuperan con promesas.
El supuesto progreso nunca debería poner en peligro aquello que hace posible la vida en nuestros pueblos.



