Si algo ha quedado claro en los últimos años, es que en Zaragoza existe un debate en torno al uso de la Lonja. También, que la corporación actual no parece capaz de articular esa conversación de una forma sana, expresando sus intenciones y recogiendo las inquietudes de la ciudad. Desde la urgencia y falta de diálogo a la que el Ayuntamiento ha abocado el debate, éste ha tenido lugar en las páginas de los medios de comunicación, las redes sociales o incluso en la calle, distorsionado por el ruido y la premura: un contexto desde el que difícilmente se puede construir y consensuar.
Ahora que las aguas parecen bajar más calmadas, consideramos que se dan las condiciones para hablar sobre la cuestión alejándonos del trazo grueso, atendiendo tanto a los matices históricos como a los relacionados con la gestión del Patrimonio cultural, e incluyendo todas las sensibilidades. Desde ese lugar parten las reflexiones que compartimos en este artículo, lanzadas con la vocación de avivar un diálogo pausado, constructivo y atento a todos los matices a tener en cuenta en el futuro de la Lonja.
La Lonja del reino, el salón de la ciudad
La iniciativa para declarar Patrimonio de la Humanidad la Lonja de Zaragoza en conjunto con las de Barcelona, Palma y Valencia, destaca la importancia de estos edificios de la Corona de Aragón dentro de la historia de Europa. Efectivamente, todas se construyeron en un plazo de menos de 200 años y son un reflejo de la eclosión comercial y del mercado financiero moderno que se dio en los siglos XV y XVI.
Sin embargo, la Lonja también es símbolo de otro proceso social fundamental: el nacimiento de los ayuntamientos y el gobierno de la ciudadanía. El gran salón se construyó para albergar el banco y las transacciones comerciales en Zaragoza, pero se hizo como una ampliación de las “casas de la ciudad” (el ayuntamiento): como un equipamiento más del gobierno municipal. Por eso el gran salón de todos los ciudadanos está presidido, además de por el escudo del Emperador Carlos V, por los símbolos de la ciudad: el león en los capiteles, y el ángel custodio, que se colocaba en la hornacina decorada de su lado oeste.
La Lonja operó como mercado financiero hasta la primera mitad del siglo XVII. Pero su historia no se detiene entonces, y si limitamos la mirada al periodo de su fundación estamos ignorando más de tres siglos en los que, para la ciudad y la ciudadanía, la Lonja ha sido muchas cosas. En ella se han hecho recepciones reales, pero también plenos municipales o sorteos de reemplazo. Se llenó a rebosar durante el funeral de Joaquín Costa, y también fue un polémico salón de baile, teatro o comedor social. En ella tuvieron lugar las primeras Cortes de Aragón de la era moderna. En definitiva, los usos han cambiado, reflejando en cada momento al gobierno y a la ciudadanía de Zaragoza.
Catedral del arte
A finales del siglo XIX los gestores municipales habían descuidado el mantenimiento, conservación y prestigio de la Lonja. Tras una profunda restauración, el edificio reabrió en 1918 y, para destacar este momento, se organizó una gran exposición de tapices. Esta fue una manera de devolver al salón su significado para la ciudad, pero también de hacerla más accesible de lo que había sido hasta entonces. Tanto gustó la idea que, al terminar aquella exposición, hubo quien pidió que se le cediese la Lonja a Ignacio Zuloaga, que había lanzado la propuesta de hacer en ella un museo permanente.
Como gran equipamiento municipal, en la Lonja se siguieron celebrando congresos, fiestas y eventos, pero fueron exposiciones como la Hispano Francesa de 1919, los sarcófagos reales de Poblet en 1946, la colección del Museo Provincial en 1966 o el Egipto faraónico en 1976 las que le dieron prestigio y accesibilidad. En la era moderna, ha sido el arte el que ha convertido a la Lonja en símbolo de la ciudad y en salón de acogida para todas las personas.
Por eso, cuando en 1990 se adecuó el edificio para dedicarlo exclusivamente a las exposiciones de arte, se estaba dando continuidad al uso que le había dado prestigio desde principios de siglo. Desde entonces la Lonja ha sido más visitada y accesible que nunca, con alrededor de 200.000 visitantes al año. Su programa público de exposiciones culturales ha permitido que las personas de Zaragoza pudiesen ver, gratis, muestras de arte de los mejores artistas del pasado y el presente. Fue en la Lonja donde se celebró la gran exposición que conmemoraba el 250 aniversario del nacimiento de Goya. Gracias a ello varias generaciones de artistas aragoneses no sólo se han formado a través de esas muestras, sino que también han aspirado a algo que a estas alturas se ha convertido en un sinónimo de consagración: una exposición individual en la Lonja. Todo ello dentro del salón de gala del ayuntamiento de la ciudad, el símbolo del gobierno comunitario.
La Lonja en 2025
Puede que haya llegado el momento en que la sociedad zaragozana quiera dar a la Lonja otro uso, como ha pasado antes. O quizá no. En Procura no lo sabemos, ni pretendemos llegar a ninguna conclusión al respecto con estas líneas. Pero lo que sí sabemos es que la corporación actual, y las que vengan, tienen el deber de escuchar esta inquietud y de entender las implicaciones que eso tiene, traduciéndolas al día a día. La gestión moderna de un espacio cultural y un bien del Patrimonio como la Lonja necesita la acción de muchos profesionales de disciplinas muy diferentes (seguridad, conservación, gestión de públicos, programación, limpieza, mantenimiento, marketing…). Además, necesita la participación de la ciudadanía desde diferentes planteamientos. Y todo eso tiene que plasmarse de una forma concreta y realista.
La declaración de Patrimonio de la Humanidad obliga a la conservación de la integridad física del edificio, por lo cual se deben descartar intervenciones agresivas como unos ascensores o una modificación sustancial de una puerta. Pero precisamente una de las cosas que UNESCO destaca como valor histórico y social de los bienes Patrimonio Mundial es la continuidad en el uso. Para que la Lonja sea declarada Patrimonio de la Humanidad no es imprescindible vaciarla, pero sí que es imprescindible mantener la importante conexión del edificio con la ciudadanía que dura casi cinco siglos. Es fundamental que siga siendo un espacio vivo, y no una foto fija de un pasado idealizado. Que sea un espacio en uso.
Para que un edificio sea Patrimonio Mundial tiene que ser Patrimonio de todos
Sea como sea la Lonja que queremos para el futuro, tiene que ser accesible de forma física, sensorial y cognitiva para que todas las personas que la visiten puedan conectar con las historias que cuenta el edificio. Para eso van a hacer falta medios técnicos expositivos, un programa de mediación cultural y un calendario de apertura que abarque todas las necesidades, como punto de partida.
Para garantizar la propia preservación del edificio, la Lonja necesita sistemas modernos de conservación: equipamientos antincendios, sistemas de alarma, instalaciones eléctricas seguras, conexiones de datos con las que monitorizar el edificio y otras necesidades básicas. Si queremos hacer exposiciones de alto nivel, aunque sean ocasionales, la Lonja necesita un sistema de climatización que permita mantener la temperatura y humedad relativa controladas, y sistemas de alarma suficientes para que otras instituciones presten sus obras con seguridad. Incluso aunque quisiéramos visitar la Lonja completamente vacía, también necesitaríamos de una climatización que garantizase el confort de los visitantes, para evitar que los duros inviernos y asfixiantes veranos de Zaragoza conviertan al edificio en una trampa más que en un refugio.
Y no hay que olvidar que la clave para que la Lonja sea visitable son las personas que la visiten. Garantizar una experiencia donde pueda convivir el disfrute de cada persona con la conservación del bien es el asunto central en la gestión moderna de cualquier edificio histórico. En la actualidad el gran salón carece de consigna y de baños públicos, a menudo es difícil sentarse en su interior y dispone de una tienda pequeña y precaria. Dado que la Lonja de Zaragoza no tiene edificios anexos (a diferencia de las de Barcelona y Valencia), si queremos ofrecer esos servicios a las personas que la visiten sólo hay dos caminos: o bien ocupar parte del espacio en el interior con estructuras respetuosas y que sean reversibles, o bien habilitar espacios en el exterior en las mismas condiciones.
Por último, para ofrecer lo que queramos que la Lonja ofrezca necesitaremos tener trabajando a otros profesionales de la cultura (atención al público, mediación, limpieza, vigilancia…): esos a través de los que cualquier proyecto toca tierra y llega la ciudadanía. Las condiciones materiales del trabajo de estas personas también deben asegurar una accesibilidad y confort mínimos que, por otro lado, están regulados por diversas leyes.
Conversemos sobre La Lonja
De todo esto habría que conversar. Con pausa. Con calma. Con participación, con mirada amplia y con capacidad de escucha. Esa es la propuesta que lanzamos desde Procura: que abramos un proceso de diálogo en positivo, transparente, dispuesto a sopesar y conjugar todas estas dimensiones. Hasta la fecha, el debate acerca de la Lonja se ha movido entre decisiones municipales unilaterales y listados de propuestas más bien teóricas. Este es un buen momento para bajarlas a tierra. La Lonja sólo podrá ser un bien activo para la sociedad zaragozana y aragonesa si tiene un plan de gestión cultural serio y contemporáneo, hecho por profesionales y con profesionalidad. Y ese plan debe responder a las necesidades de las personas que habitan y transitan Zaragoza, para garantizar que la Lonja sea un espacio que apele y represente a toda la ciudadanía.




