Me llamo María del Mar, tengo 30 años y ya no reconozco la ciudad en la que he crecido.
Siempre he vivido en el barrio de La Magdalena, concretamente en la Plaza San Miguel, un lugar lleno de historia, de comercio de proximidad y de vida vecinal. Hoy, como tantos otros puntos de Zaragoza, se encuentra inmerso en unas obras que han cambiado por completo la realidad del barrio.
Las obras de la Plaza San Miguel comenzaron hace unos meses y, desde entonces, hemos visto cerrar negocios de toda la vida, sufrir importantes cortes de tráfico, talar árboles y crecer el malestar entre los vecinos. Resulta difícil comprender cómo un espacio tan emblemático del casco histórico puede perder, poco a poco, parte de la esencia que lo ha caracterizado durante décadas.
Al principio uno piensa que se trata únicamente de una zona de la ciudad y que siempre habrá otras alternativas para desplazarse. Pero la realidad es muy distinta.
A las obras de la Plaza San Miguel se han sumado otras en puntos estratégicos como la avenida de Valencia, El Portillo o Anselmo Clavé, ejes fundamentales para la circulación diaria de miles de personas. Y, además, aparecen continuamente nuevas actuaciones de mantenimiento repartidas por distintos barrios, muchas veces sin una información clara o suficiente para quienes utilizamos esas vías a diario.
La sensación que muchos vecinos compartimos es que las grandes actuaciones se están concentrando, principalmente, en las zonas más céntricas y con mayor atractivo turístico de Zaragoza. Mientras tanto, numerosos barrios llevan años esperando mejoras esenciales en materia de accesibilidad, eliminación de barreras arquitectónicas, renovación de aceras, mejor iluminación o mantenimiento del espacio público. Parece que existen barrios de primera, donde se invierte de forma constante, y otros que permanecen olvidados pese a las necesidades que presentan sus vecinos.
El resultado es una ciudad que parece haberse convertido en una auténtica yincana. Cada mañana salimos de casa preguntándonos qué calle estará cortada, qué itinerario habrá cambiado, qué acceso permanecerá abierto o cuál será el siguiente desvío que tendremos que improvisar.
Nadie cuestiona que una ciudad necesite obras para mejorar sus infraestructuras. Son necesarias y, en muchos casos, inevitables. Lo que resulta difícil de entender es la falta de planificación y coordinación cuando coinciden tantas actuaciones importantes al mismo tiempo, afectando de forma directa a la movilidad y al día a día de los ciudadanos.
Quienes dependemos del transporte público vivimos en una incertidumbre constante. Cada jornada nos encontramos con paradas suprimidas, desvíos de líneas de autobús y cambios de recorrido que complican enormemente algo tan básico como ir a trabajar, acudir a una cita médica o regresar a casa. La sensación es que los ciudadanos somos quienes debemos adaptarnos continuamente, sin disponer de información suficiente ni de alternativas eficaces.
Las ciudades evolucionan y deben hacerlo, pero ese progreso no puede construirse a costa de convertir la vida cotidiana de sus vecinos en un obstáculo permanente. Zaragoza merece mejoras, sí, pero también una planificación equilibrada que tenga en cuenta las necesidades de todos sus barrios, no solo de aquellos con mayor visibilidad. Invertir en accesibilidad, movilidad y calidad de vida en toda la ciudad debería ser una prioridad, porque todos los zaragozanos merecen la misma atención, independientemente del barrio en el que vivan.




