Con una campaña enfocada en la inseguridad, la mano dura y la expulsión de migrantes, José Antonio Kast se impuso de forma contundente en las elecciones presidenciales chilenas del domingo pasado, convirtiéndose en el presidente electo con mayor apoyo en la historia del país. Este resultado sitúa a la clase trabajadora en un escenario complejo, en el que se prevé un gran retroceso en materia de derechos y conquistas sociales.
El triunfo de Kast obliga a pensar, al menos, en dos planos de análisis: uno retrospectivo, que remite al proceso que nos ha conducido hasta esta coyuntura: ¿cómo es posible que un candidato con ideas de ultraderecha, que glorifica la dictadura pinochetista, hijo de un militante del Partido Nazi alemán y discípulo de Jaime Guzmán, haya obtenido un resultado tan aplastante? ¿Por qué el 58% de la población votante ha preferido una candidatura tan reaccionaria, a pesar del mal desempeño del candidato y de sus representantes? Estas y otras interrogantes buscan comprender el proceso que nos ha llevado hasta este punto. Pero también es necesario pensar en un plano prospectivo, de cara al escenario que se abre después de estas elecciones: ¿Cómo se organizará la militancia y las diferentes fuerzas sociales para movilizar a la población y enfrentar los ataques que tanto ha prometido la ultraderecha chilena? ¿Qué tácticas y estrategias se seguirán para enfrentar el avance de los movimientos ultrarreaccionarios?
Malestar social y “el cambio” como significante vacío
La campaña de José Antonio Kast no es reciente: lleva bastante tiempo operando y se ha basado, entre otras cosas, en el clima de inseguridad —claramente desproporcionado—instalado en el país. Un clima creado artificialmente por la derecha política y por los grandes medios de comunicación, que se han comprometido firmemente con la tarea de infundir miedo en la población. Se trata de una paradoja interesante, pues Chile sigue siendo uno de los países más seguros de la región. La criminalización de las migraciones también ha sido clave en esta estrategia: la asociación sistemática y forzosa entre personas migrantes y delitos graves no es casualidad, sino una operación deliberada con la finalidad de alimentar el miedo y dividir a la clase trabajadora mediante la creación de un enemigo interno.
A este cuadro se suma el discreto desempeño del gobierno de Gabriel Boric, que comenzó con la promesa de una transformación profunda tras el estallido social de 2019, pero que terminó llevando adelante políticas continuistas y ampliamente rechazadas —como la ratificación del TPP11 y la persistencia, en términos generales, del modelo económico—, lo que aumentó el descontento de las bases sociales y políticas del gobierno. El resultado ha sido el malestar social y la desafección política como constante.
Así pues, Kast enfocó el debate en la disyuntiva continuidad/cambio, identificando a Jeannette Jara —candidata contrincante, militante del Partido Comunista de Chile y ministra de Trabajo y Previsión Social durante el gobierno de Boric— con la idea de la continuidad y presentándose a sí mismo como la alternativa del cambio. Pero, ¿cuál es el cambio que propone Kast y cómo se realiza?
El cambio se presenta como un significante vacío en el que entran las más diversas interpretaciones, incluso contrapuestas entre ellas. Una idea-fuerza alrededor de la cual se articulan las frustraciones sociales, el malestar generalizado y un sentimiento de agravio colectivo que ha conectado con los discursos —aparentemente— confrontativos de la ultraderecha chilena. Durante su candidatura a la presidencia, José Antonio Kast se mostró como un candidato ambiguo y mediocre, centrándose en la impugnación constante al gobierno de Boric, pero sin lograr hacer propuestas de cambios reales en favor de la clase trabajadora. No obstante, logró levantar “el cambio” como consigna y horizonte, como una idea abstracta en la que caben todos los descontentos.
Ofensiva imperialista y contexto regional
El avance de la ultraderecha en Chile perfila un escenario sumamente peligroso en la región: la soberanía de los recursos naturales queda en suspenso en el marco de la ofensiva imperialista yankee, alineada con los gobiernos de Argentina, Bolivia y —desde el 11 de marzo de 2026— Chile.
En su segundo mandato, el gobierno de Trump ha vuelto a mirar al sur, mostrando un interés inusitado por América Latina en su pulseada con China por el control de los mercados internacionales y la preservación de la hegemonía mundial. En esta lógica de funcionamiento se enmarca la ofensiva militar contra Venezuela y la injerencia directa en procesos electorales —como ocurrió en Argentina, con el salvataje a Milei previo a las elecciones legislativas de octubre—.
Pero antes de los ataques a Venezuela y de otorgar el aval explícito al gobierno de Javier Milei en Argentina, ya hubo una declaración de intenciones por parte de Estados Unidos: en enero del año 2023, la jefa militar del Comando Sur de Estados Unidos, Laura Richardson, manifestó abiertamente el interés de su gobierno por los recursos naturales estratégicos de la región, señalando la presencia del 31 por ciento de agua dulce a nivel mundial, las reservas de petróleo, cobre y oro, y el triángulo del litio, zona geográfica ubicada en el límite de Argentina, Bolivia y Chile que alberga alrededor del 60 por ciento de dicho mineral. Con el triunfo de Kast, la ecuación se completa y el triángulo del litio queda bajo la custodia de tres gobiernos con enorme vocación entreguista, lo que supone un enorme peligro para la soberanía regional y la protección de sus recursos naturales estratégicos al servicio de la clase trabajadora.
Lo que se viene
José Antonio Kast ha anunciado una política que busca profundizar el modelo neoliberal impuesto por el régimen pinochetista, atacando a la clase trabajadora en su conjunto, apelando al ajuste y al recorte del gasto público, y advirtiendo sobre un retroceso en los derechos conquistados en los últimos años. El presidente electo ha declarado un “estado de emergencia para recuperar el orden y el sentido de autoridad”, endureciendo las políticas represivas, centrándose en la noción de propiedad privada, criminalizando la pobreza y la movilización social. Todo esto ha desatado la alerta inmediata de diversas organizaciones sociales y políticas del país.
El escenario político es adverso y el avance efectivo de las propuestas de Kast dependerá del nivel de movilización en las calles, de la posibilidad de coordinación de luchas y de la capacidad de organización de la izquierda. El avance de los discursos ultrarreaccionarios en Chile y en el mundo es un síntoma de la descomposición del capitalismo internacional, que se muestra cada vez menos capaz de proveer soluciones objetivas a las necesidades y demandas concretas de la clase trabajadora.
En este contexto de crisis acelerada, resulta urgente volcarse en la tarea de construir una herramienta de lucha con capacidad real para disputar la dirección del conjunto trabajador y con voluntad real de acceder a los espacios de poder y conducción. Este escenario deja poco margen para la indefinición: la crisis no admite soluciones ambiguas ni parciales, por el contrario, exige una respuesta nítida, articulada y común, capaz de traducirse en verdadera unidad de acción.





