A lo largo de las últimas semanas, hemos leído en incontables lugares la frase “todo irá bien”, una forma de darnos ánimos en un momento en el que nos hacen mucha falta. Naturalmente, todo el mundo desea que todo vaya bien y tendemos a asociar a este pensamiento otra frase supuestamente reconfortante: “todo volverá a ser como antes”. Pero, creo que todo irá bien si no todo vuelve a ser como antes.
Podría hablar de todas esas personas que ya sufrían antes de la llegada del coronavirus, para las que eso de que todo vuelva a ser como antes no es, precisamente, un horizonte alentador. Pero hoy quiero hablaros de nuestra sociedad desde una perspectiva más amplia, para darnos cuenta de que, en ciertos casos, es mejor no volver a ser como antes.
Es urgente recuperar el empleo destruido, pero no volver a la precariedad laboral que caracteriza a nuestro modelo económico. Sí quiero unos empleos con derechos, unos empleos robustos que permitan a las personas vivir, y resistan ante un momento de dificultad, en lugar de depender de un raquítico contrato temporal que no ofrece garantía alguna.
No quiero volver a una sociedad que consume de forma ilimitada y compulsiva, como si los recursos del planeta fueran infinitos, y sin hacerse preguntas sobre el origen de los bienes que se adquieren. Frente a eso, quiero una sociedad que consuma de manera responsable, teniendo en cuenta la realidad medioambiental de los territorios y atendiendo las necesidades de las personas, ya sean las que producen o las que compran.
No quiero volver a una sociedad individualista, en la que las personas quedan indiferentes ante el sufrimiento de los demás y satisfacen sus necesidades a costa del resto, sino que quiero un país solidario, que valora lo colectivo, las redes comunitarias, que vive en común, que cuida los barrios de las ciudades como esas segundas familias que, efectivamente, son en muchos casos.
No quiero volver a una economía competitiva y saqueadora, en la que hay que darse codazos -cuando no cuchilladas- para ser el primero y aniquilar al adversario, y donde se confunde limosna con ayuda. Sí quiero una economía basada en la cooperación, un modelo económico que tenga como fin último el bien común, y no el enriquecimiento de unos pocos a costa de muchas.
Tampoco quiero volver a una sociedad machista que desde siempre ha invisibilizado las tareas de cuidados, esas tareas que de golpe nos han parecido tan básicas para la vida, porque realmente lo son. Tras años y años de gastos millonarios en armamentos, resulta que el enemigo número 1 es un virus que no podemos derrotar con bombas ni aviones militares de última generación, sino con la labor del personal sanitario, una labor de cuidados. Por ello, sí quiero una sociedad basada en la igualdad, en la que la esfera reproductiva tenga por fin el reconocimiento que se merece, como base de la existencia y el bienestar de las personas.
Si salimos de esta crisis es precisamente gracias a todos esos valores que son diametralmente opuestos a los “valores” del sistema capitalista que han imperado en nuestra sociedad. Tenemos que aprovechar esta crisis, no para reconstruir el mismo sistema, sino otro más justo.
Si continuamos en el mismo modelo capitalista, se seguirán agudizando las desigualdades y seremos una sociedad cada vez más débil, más pobre, más enferma, más egoísta y menos preparada para afrontar los desafíos económicos, sociales, ambientales…, y unos cuantos de ellos ya están aquí. El capitalismo y el machismo son pandemias que nos golpean desde hace años: tan solo nos faltan las vacunas adecuadas.

