No solo el fuego quema la memoria

18 agosto, 2026. 08:30

Veo las llamas rozar el monasterio de San Juan de la Peña —la cuna del Reino de Aragón— y mi alegría y quietud estivales devienen en desasosiego. Otra vez. Me sucedió lo mismo hace unas semanas con el incendio de las Cinco Villas, una tierra amada. La tristeza es supina al ver las imágenes: un mar de fuego avanza sin cesar por montes y bosques tan bellos que alivian las pupilas solo con mirarlos. Caminos por donde, se dice, trajeron el Santo Grial para ser custodiado entre los muros de ese magnético e inefable enclave incrustado entre las rocas. Se trata de un paisaje atávico donde nació lo que ahora somos; un lugar escondido, silencioso, duro, humilde, resiliente, discreto... como lo es Aragón y como somos los aragoneses. Quizá la idiosincrasia de esta región se pueda explicar describiendo este espacio; tal vez todos y cada uno de nosotros llevemos un pedazo de esas piedras en nuestro interior.

Veo vídeos en las redes de trabajadores públicos sacando a toda prisa los bienes más codiciados y relevantes que guarda el monasterio y se encoje el alma. Sin embargo, alguien ha entendido que la memoria, la historia y la cultura son lo más importante que posee un pueblo. Sin eso no somos nada: no hay recuerdos, no hay explicación posible de lo que fuimos, somos y —por supuesto— seremos. Porque esta es la lección más trascendental que todos los ciudadanos del mundo deberían aprender nada más acceder a la escuela: conocer la Historia es la única manera de no repetirla.

No solo el fuego quema la memoria. También lo hace la ignorancia. No educar a la sociedad en el ecologismo, no concienciarla del cambio climático, no hacerla consciente de la esencialidad de la naturaleza, el paisaje o el patrimonio es condenarla a su extinción. No habrá dinero, ni máquinas, ni centro de datos, ni inteligencia artificial que salven al planeta de la madre naturaleza. Él sobrevivirá y permanecerá, como siempre ha hecho, pero nosotros no. El Hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Año tras año la misma historia, la misma canción. Porque no solo son montes quemados, árboles calcinados, animales muertos, pueblos desalojados, campos yermos o casas hundidas... con esas llamas se queman también los sueños, las esperanzas y los anhelos de todas las personas que habitan el mundo rural.

No solo el fuego quema la memoria. También lo hace el capitalismo extremo. Mientras importe más lo cuantitativo que lo cualitativo, no habrá salvación. Mientras importe más lo privado que lo público, no habrá salvación. Mientras importen más los intereses particulares que los colectivos, no habrá salvación. Mientras importe más el negocio que todo lo demás, no habrá salvación. No podemos dejar el gobierno de nuestras sociedades en manos de oligarcas ni de los políticos a su servicio. Ellos nos llevarán al desastre, pues venderían a sus madres por un billete de 50 euros. ¿Salvaría antes el dueño de Forestalia San Juan de la Peña o uno de sus mega parques eólicos instalados por todo Aragón? Todos sabemos cuál es la respuesta. Es el Gobierno —ahora sí, con mayúscula— el que debe legislar, prohibir y acotar para que estos nuevos mandatarios no puedan hacer de su capa un sayo. En cualquier disciplina: vivienda, medio ambiente, cultura, educación, sanidad, etc.; porque si no se hace, siempre van a primar sus propios beneficios sobre los beneficios ecológicos, humanos, culturales o patrimoniales. ¿Es esto comunismo? No lo creo... Es sentido común, pero del de verdad, no del que aparece como lema en las pulseritas verdes de cierto partido político.

No solo el fuego quema la memoria. También lo hace la sinrazón. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a un punto —como sociedad— en el que se destine más presupuesto, ayudas o subvenciones a enormes empresas privadas que a bomberos, forestales, sanitarios o empleados públicos que nos cuidan y protegen? ¿O que a la prevención de catástrofes naturales cada vez más frecuentes? La explicación es sencilla: porque eso es invisible a la economía, no da votos, no genera puestos de trabajo cuantificables, no supone un pico al alza en ninguna estadística, en ningún diagrama contable, en ningún briefing financiero. Sin embargo, las grandes corporaciones sí pueden jugar con las instituciones ofreciéndoles datos de nuevos puestos de trabajo, de suculentas inversiones, de novedosas infraestructuras, de atractivas oportunidades de negocio, de eso que se llama “movimiento económico”.

Sí, la economía se moverá, el turismo crecerá, las arcas se llenarán, los políticos se sacarán la foto y los organismos públicos mostrarán orgullosos los parabienes de su gestión. Pero las personas, su memoria, su cultura y su historia desaparecerá entre las llamas y el calor, calcinadas por el neoliberalismo feroz y la codicia de una humanidad que se inmola a cada instante.

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