El feminismo hizo suya la afirmación de George Steiner “aquello que no se nombra, no existe” y aunque no ha conseguido permear a los señoros de la RAE, ha enraizado con sorprendentes resultados en el presidente de la patronal, Antonio Garamendi que ha afirmado sin rubor alguno que “no conviene hablar de ricos y pobres porque así se radicaliza a la sociedad”
Quizás piensa el defensor de los grandes capitales que si no la nombramos la pobreza desaparecerá, la gente no será consciente de que hay 38.770 personas en España que con sus patrimonios de más de 4,5 millones de euros concentran más riqueza que el 50% de la población más pobre. Quizás cree que la sociedad entretenida con las aventuras y desventuras de la pobre niña rica -lo del “nano segundo en el metaverso” me ha dejado tocada- y el fútbol -se avecina el Mundial de Qatar, sin más críticas internas que las de la Presidenta de la Federación Noruega-, no atenderá la cruda realidad del informe AROPE que afirma que casi el 50% de los hogares españoles tiene dificultades para llegar a fin de mes, con independencia de que sus miembros estén trabajando, y cerca de cinco millones de personas viven o sobreviven en pobreza severa. Mientras que el Índice de Gini, que mide la desigualdad de renta relativa en la población, es en España -el país que casi se para los por los 40 segundos que tuvo que esperar el Rey en su cómodo Rolls Royce- 2,9 puntos superior a la media europea.
Piensan Garamendi y Feijoo, que si no lo decimos, si no ponemos el foco en la enorme y creciente desigualdad se nos olvidará y podremos seguir siendo persuadidos de que lo ideal es “tener dinero en el bolsillo” en vez de pagar impuestos para sostener unos servicios públicos que garanticen la sanidad, la educación, las pensiones y las, cada vez más necesarias, medidas de apoyo para acceder a una vivienda, trasladarse, ser cuidados en la vejez o poder disfrutar de espacios saludables, de la cultura o del ocio – bueno, el ocio, para quienes aún no han conseguido ese segundo empleo tan perseguido para cuadrar las cuentas y llegar a fin de mes-.
La desigualdad no es solo carne de estadística, es tan real como pasear por la ciudad y cruzar de un barrio a otro, así en una Zaragoza cuya renta ha bajado casi un punto desde el 2019, a causa de la pandemia, vemos que no lo ha hecho de modo homogéneo y las diferencias entre, por ejemplo, Montecanal y Delicias, no han hecho más que crecer. Según datos de la Agencia Tributaria la renta disponible de los barrios más pudientes casi dobla la de los más modestos, o directamente pobres.
La escasez es dura y, entrando en el invierno, cruel y oscura pero sin su contraparte, la riqueza, puede ser percibida como una realidad ineludible, casi como un fenómeno atmosférico, lo que explica la segunda parte de la afirmación de la CEOE, “al hablar de ricos y pobres, se radicaliza a la sociedad”, si la gente es consciente de que hay otros que por gracia de su nacimiento fundamentalmente, viven en una abundancia que parece propia de un sueño, quizás no toleren en silencio la realidad de que el número de ricos en España crece año tras año -2021 acabó con 246.500 titulares de grandes fortunas, un 4,4% más con respecto al año anterior-.
Si obedecemos a Garamendi no pensaremos que la inflación tiene tanto que ver con lo que ganan unos pocos como con la crisis provocada por la guerra de Ucrania, si borramos la barrera entre ricos y pobres olvidaremos que tras la noticia de que los alquileres han subido ocho veces más que los salarios de los jóvenes desde el 2008, hay personas que se enriquecen con la precariedad de muchos.
Si no hablamos de ricos y pobres, tampoco lo haremos de redistribución, ni de garantizar derechos fundamentales, ni de la defensa cerrada de la salud, la educación, la vivienda, o el acceso a los suministros básicos como bienes fuera de la codicia del mercado. Si olvidamos que la pobreza de muchos sostiene la riqueza de unos pocos, olvidaremos que somos más, muchos más, y en democracia, los números son poder.
Si no hablamos de ricos y pobres, formar parte de un grupo u otro será el resultado directo del “esfuerzo” y ninguna medida compensatoria que busque asegurar la igualdad de oportunidades resistirá un nuevo gobierno de las derechas, y cada vez será más dificil encontrar un equilibrio entre Delicias y Montecanal o Casetas y Universidad.

