¿Pero es que nadie va a pensar en los niños?

Explica el autor que Francesco Tonucci, reconocido pedagogo a nivel internacional, decía que el mejor urbanismo es aquel que pone la ciudad al servicio de la infancia. Y se pregunta respecto a este virus COVID-19 ¿seremos capaces de encontrar una respuesta amable para nuestros niños y niñas?

La Declaración Universal de los Derechos de la Infancia establece que los niños y las niñas deben ser quienes reciban ayuda en primer lugar en situaciones de catástrofe y calamidad. Ante un virus como el SARS-CoV-2, que en todo el Estado español ha matado a tan sólo tres menores de 20 años, es evidente que la aplicación de los Derechos de la Infancia se convierte en una cuestión más subjetiva que objetiva. Pese a esto, la experiencia diaria, especialmente de quienes tienen peques en casa, nos hace preguntarnos si lo estamos haciendo bien en la gestión de la pandemia en lo que se refiere a la infancia.

Hace unos días el presidente de Aragón sugería a Pedro Sánchez la relajación de las medidas de confinamiento para la infancia, casi coincidiendo en el tiempo con el anuncio por parte del Gobierno de Italia de una medida de similares características. A nadie se nos escapa que, desde el punto de vista del desarrollo evolutivo de los menores, una experiencia tan traumática como un confinamiento generalizado, marcará necesariamente su proceso de madurez, aflorando posteriormente una serie de problemáticas que, indudablemente, irán más allá de los resultados escolares. Reconozco no tener una opinión lo suficientemente formada sobre si en este momento las medidas sanitarias deben situarse por encima de las necesidades de la infancia, pero no me cabe duda de que el interrogante simpsoniano que con una pizca de somardería repetimos en algunas ocasiones no puede tener más validez en tiempos de coronavirus: “¿Pero es que nadie va a pensar en los niños?”

Y es que, en tiempos de curvas logarítimicas, datos macroeconómicos, locos decretos nunca antes vistos que, con mayor o menor acierto, pretenden proteger a las personas trabajadoras, normas sobre ocupación de vehículos, espacios en las filas de los supermercados, comercios que pueden levantar las persianas y artículos 155 encubiertos, muy pocas personas en los centros de poder están pensando en la infancia, y mucho menos en la más vulnerable.

Es evidente que la gestión de las consecuencias de la cuarentena y cómo encaremos la vuelta a la realidad va a ser un gigantesco reto para el mundo de las personas adultas, pero ¿alguien se ha puesto a pensar en cómo gestionar la vuelta a la realidad de la infancia?

Probablemente, las personas adultas volvamos a nuestras rutinas diarias mucho antes que la infancia, pese a que, insisto, sólo tres casos de casi 9 millones de menores de 20 años, han fallecido por el coronavirus en el Estado. Sí, ya sé que desde el punto de vista médico sólo son “pacientes asintomáticos” que se convierten en perfectos transmisores de un virus con una mortalidad de casi el 20% en mayores de 80 años, pero si no nos ponemos a pensar en la forma en la que gestionar el futuro más cercano de la infancia, quizá tengamos un problema a medio y largo plazo con el relato de la pandemia y las consecuencias que sufrirá la sociedad presente (la actual infancia) y futura.

Además, ¿alguien ha preguntado en todo este proceso a las y los más peques cómo lo están viviendo? Es evidente que no, que nos hemos limitado a explicarles con mayor o menor acierto que “un bichito en el exterior nos está fastidiando un poquito”, sin importarnos si quiera la capacidad de comprensión, de aportación o de crítica que puedan tener. Es una tarea pendiente, sin lugar a dudas, que puedan construir su propio relato en cuanto podamos salir de casa.

En unos días en los que ya se está hablando de certificados de inmunidad, a mí me empieza a aflorar la incertidumbre ante un posible señalamiento de quienes no dispongan de ellos. A que, al igual que la Gestapo de balcón en pasadas semanas señalaba a personal sanitario, familias con TEA o personas con mayores a su cargo, el nuevo escenario después de frenar la curva se convierta en una suerte de señalamiento a quien no haya desarrollado inmunidad, simplemente por el hecho de que no le haya tocado la lotería de tener el virus y desarrollar su propia respuesta inmunitaria. Porque, a estas alturas, todas y todos deberíamos tener claro que más tarde o más temprano, mientras no haya una vacuna, nos infectaremos de SARS-CoV-2.

No puede haber un virus cuyo comportamiento, forma de transmisión y desarrollo en posterior enfermedad sea más nocivo para la infancia que el SARS-CoV-2. Aunque no la ataque directamente, la acalla y la convierte en potencial transmisora silenciosa. Supone, por tanto, un reto para todas las sociedades que las medidas de protección sean lo menos nocivas también para la infancia.

De momento, los Gobiernos han estado lejos de encontrar un punto intermedio para conjugar ambas visiones, pero todavía estamos a tiempo para que el proceso de vuelta a la normalidad sea lo más amable posible para la infancia. Francesco Tonucci, reconocido pedagogo a nivel internacional, decía que el mejor urbanismo es aquel que pone la ciudad al servicio de la infancia. En cuanto a este virus, en conclusión, ¿seremos capaces de encontrar una respuesta amable para nuestros niños y niñas?

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