Los acontecimientos de los últimos años nos han dado varias vueltas de tuerca más en nuestra aceptación a llevar la prótesis ciborg todo el día encendida y operativa.
Algunas, ademas llevamos cascos como extensión del artilugio, caminando por la calle con la banda sonora de nuestra elección o hablando con el aire nos abstraemos de la realidad y nos alejamos del vecino.
Mucho se habla estos días sobre la anestesia general que provoca la retransmisión de los eventos más sangrientos e injustos. Me horrorizo al ver violencia y al siguiente segundo me calmo con al imagen de gatitos juguetones. Nuestros sentimientos condicionados a golpe de dedo y al ritmo con el que nuestros indices sean capaces de deslizarse por la pantalla. Subjetividad scrolleada. No será casualidad que feed, que en ingles se traduce como alimentar sea el nombre con el que se llama al panel de contenido (elegido o sugerido) de las redes sociales.
Sentadas en el bar nos decía una colega nacida en estos rumbos que dejar el móvil a un lado y reconectar con la naturaleza y con los demás nos podía llevar a tener existencias menos miserables, más creativas. Ademas de contribuir a reducir la huella ecológica, no le faltaba razón.
Nosotras, migrantas precarias, saltamos como un resorte, ofendidas en lo mas profundo. La pusimos de jipi come flores, de blanca privilegiada para arriba y fíjate "esta que no se entera de nada". Hizo falta que se nos bajara la sulfuración para reconocer que sus argumentos eran válidos. ¿De dónde nos vino tanto encono?
Nos pusimos a platicar sobre el asunto y nos dimos cuenta de lo difícil que seria renunciar al contacto con el terruño, migrar es ausencia (en más de un sentido). Con un par de toques podemos ver las fotos de la comunión de la sobrina, el cumpleaños de la abuela o lo bonita que le quedó la casa al vecino. Podemos lavar los platos mientras hablamos con nuestras madres por video llamada o saludar a todos al mimo tiempo en la cena de año nuevo. Nos metemos en el vórtice que abren las ondas electromagnéticas y nos vamos un ratito por las redes a ese espacio donde dejamos un hueco. Somos entes globalizados y como tales nos conducimos.
Que conste que esto no es una apología al teléfono. Muchas estarán pensando que "las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo", pregunten a las ciberactivistas.
Estos días en los que las personas migrantes somos protagonistas de los peores males que aquejan a la sociedad española —sobre todo la muy española— es vital estar comunicadas. No por la idea de que puedes ser agredida en la calle, que por otro lado es verdad según el grupo étnico al que pertenezcas, sino por la necesidad y el derecho que tiene toda persona de establecer y mantener vínculos.
Si a la condición migratoria se le suma vivir en la calle, el teléfono es indispensable, es el vehículo por el que la persona podrá contarle a la familia que sigue entero,acceder a algún servicio si es que lo consigue, llamadas, apps ,agenda. La migración también es soledad en muchas circunstancias,una de ellas es el sinhogarismo. ¿Se imaginan estar a 3000 km sola, en la calle y sin contacto con tu gente?. Estar sin cobertura de ningún tipo muy duro.
Caminando por el centro de historias escuche de dos hombres con camisas azules muy planchadas:
— Miralos, esos de las pateras, muy pobres pero todos con teléfono
— Si es que...a donde van a parar las paguitas...
Una vez más reaccione sin pensar y les pregunté que harían solos, en la calle y sin poder comunicarse.
— Y no, una persona en situación legal irregular no tiene derecho ni a pagas ni a seguridad social ni a ná. No existen las tan mentadas paguitas.
— Si es que basta con buscarlo en el internet para comprobarlo...ostiiiaaas!
Lo que si existe es la sociedad civil organizada, estos días hemos visto que con un dialogo abierto y voluntad podemos movilizarnos en una sola dirección, la manifestación que reivindico soluciones al sinhogarismo en el parque Bruil el pasado 18 de Septiembre así lo demostró. Ante la pasividad y la mala gestión de las entidades responsables los grupos autónomos siguen trabajando. Resistimos construyendo.
Así lo manifiestan las redes de solidaridad que se tejen en el país —Y más allá—. Estas redes no son una ficción y no se apagan si se va la luz, al revés, suelen activarse aún más en caso de necesidad. Las recientes movilizaciones por Palestina así lo demuestran también.
Hace unos meses recibimos un mensaje de whatsapp de una compañera para contarnos que alguien en una ciudad en el sur sabía del traslado, por parte del estado, de personas migrantes a un pueblo de la provincia de Zaragoza.
Nosotras, solidarias, organizades (teléfono en mano) avisamos a les distintos conocidos que sabemos activos en el acompañamiento a este colectivo, nuestra precaria y pequeñita red funcionó.
De una ciudad del sur a la provincia de Zaragoza, luego un llamado al alto Aragón y de ahí a la comarca de Valdejalón. Se acompañó y asesoró a algunas personas desde distintos grupos, siempre sin ánimo de lucro, siempre de forma voluntaria.
No fue gran cosa lo que se consiguió, pero emociona saber que las redes que tejemos están más allá de la retorica. Nuestros grupos, dispares, híbridos, heterogéneos, hacen de la interseccionalidad una practica concreta. Cuando nos juntamos para trabajar, nos conocemos de verdad, sabemos el discurso del uno y del otre, hasta donde llega, que limites no podemos cruzar, hasta donde podemos pedir. La organización, ademas, nos da pertenencia e identidad (amorcito pues). Muchas no somos amigas, ni nos caemos bien, tampoco hace falta —cada quien con su cada cual— si vamos todas a una cuando es necesario. Así de boca a boca y con los mínimos recursos con los que contamos hacemos alianzas y pequeñas estructuras que a trompicones avanzan en la construcción de ese otro mundo que queremos habitar.

