Estoy jubilado. Y eso me ha convertido en un usuario recurrente de los espacios públicos verdes y de calidad. Los paseos de otoño e invierno y esos refugios climáticos hacen de los parques el lugar ideal para personas que, como yo, huimos de los cada vez más largos veranos. Digámoslo claro: son salud. Y, para mí, tienen un valor incalculable.
Yo busco la serenidad de la naturaleza, pero nuestro parque Bruil ofrece todo lo que cualquier familia busca: infancias maravillosas en medio de las plantas y la tierra, juegos interminables, incluso ahora, si os acercáis en pleno otoño, hay familias disfrutando hasta casi la noche. Horas de encuentro ciudadano, de charla, diversión e incluso amores en la adolescencia, pasados y actuales. Todo eso es nuestro Parque Bruil.
Los parques jalonan de manera determinante nuestra experiencia de vida urbana y llegamos a tejer con ellos un vínculo sentimental y de memoria muy sólido, a veces individual, pero también colectivo, comunitario.
Está claro que los parques y, en concreto, los árboles, forman parte de nuestro patrimonio material, cultural, de nuestra memoria y, por supuesto, son un recurso fundamental para nuestra salud y nuestro bienestar.
El Parque Bruil es un pulmón fundamental para una zona urbana de barrios como La Madalena, Tenerías, Las Fuentes. Una ribera del Huerva maravillosa que era, y todavía es, un tesoro ecológico y comunitario a conservar, mejorar y defender.
Nos encontramos durante el transcurso de este último año con el desarrollo de unas obras de “renaturalización” (es increíble que usen esa palabra) por parte del ayuntamiento que, conforme las conocemos, más miedo nos dan.
Una propuesta de transformación de un espacio de gran valor que está siendo destruido. Unas obras que comenzaron sin contar con la ciudadanía, sin diálogo ni una explicación previa. Arrancando nuestros árboles de un día para otro.
Nada de información sobre las obras ni a la ciudadanía en general ni a los vecinos en particular. Toda la zona ha comenzado a movilizarse en defensa de un entorno muy vivido, saludable, un vecindario preocupado por el cariz que tomaba la propia degradación del parque.
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A esas terribles obras se sumó el abandono total por parte del Ayuntamiento de Zaragoza respecto a las personas sin hogar. Otra obra controvertida. El edificio al lado del albergue se dijo que “era una ampliación del mismo para poder soportar la carga de personas que viven en la calle, cada vez en aumento en la ciudad”. Sin embargo, el edificio es un nuevo cuartel de policía. Eso, mientras la gente duerme a la intemperie en el parque. Y no, no hablo de tres o cuatro personas: son 15, 20, incluso 50 personas.
Esa es la escena: talas y podas indiscriminadas de la masa arbórea, una pérdida ecológica incalculable arrancando el arbolado del río y, por supuesto, ahuyentando a patos, garzas y aves que allí anidaban desde hace años.
El Bruil, nuestro Bruil se encuentra bajo ataque.
Ante esto, la ciudadanía se ha organizado y movilizado varias veces. Amamos nuestro parque. Uno de nuestros árboles es ahora la representación de Zaragoza en un concurso ya bastante conocido, “El árbol del año”, un concurso europeo en el que este gran árbol, el emblemático almez litonero centenario, está siendo conocido en todo el estado.
No hace falta recordar que solo los árboles de esa envergadura hacen verdaderas diferencias en la calidad del aire al capturar CO₂, darnos sombra y frescor, atrapar nuestra memoria y ser una metáfora de nuestra historia comunitaria.
Los árboles grandes y antiguos como nuestro almez no solo destacan por su belleza, sino porque cumplen funciones ecológicas que ningún ejemplar joven puede reemplazar: almacenan muchísimo más carbono, sostienen una biodiversidad única gracias a sus cavidades y copas complejas, regulan el microclima del barrio con una sombra profunda y estable, y actúan como verdaderos nodos de memoria natural y social. Como recuerda el ecólogo David Lindenmayer, “large old trees are among the most valuable organisms on Earth”, y por eso su conservación es una cuestión ambiental, pero también cultural y comunitaria.
Intentamos buscar caminos para dar un relato positivo y con propuestas para nuestro parque y nuestra comunidad. Poner el foco en nuestros valores y poder hablar de lo que necesitamos. Y mientras luchamos, el Ayuntamiento hace oídos sordos a la voz de sus propios votantes y genera confusión con términos como “renaturalización”. Un término que hace alusión justo a lo contrario de lo que se está haciendo.
La renaturalización, en su sentido real, implica recuperar funciones ecológicas, respetar el arbolado existente y reforzar la resiliencia climática, no arrasar con ella.
Ciudades como París, con sus “forêts urbaines”, o numerosos municipios de Alemania, están priorizando conservar árboles maduros y restaurar suelos vivos antes que rediseñar paisajes, porque ya saben el impacto en la salud y en el ecosistema que tiene esta acción. “Renaturalizar” es sumar vida, no sustituirla por decorado. Aquí, sin embargo, se usa la palabra para justificar talas, praderas fotogénicas y proyectos sin arraigo, vaciando de contenido un concepto pensado para proteger precisamente lo que se está perdiendo. Zaragoza está arrasando con todos sus árboles maduros y el soto originario.
La propuesta municipal de “renaturalizar” la ribera del Huerva y su manera chapucera de llevarla a cabo revela un conflicto más profundo que una simple reforma paisajística. Lo que está en juego no es la cantidad de zonas verdes, sino la forma de esas zonas verdes: si será un parque al servicio del barrio o un parque convertido en escenografía urbana. Un photocall para esos selfies que tanto le gustan a nuestra alcaldesa: palos secos para poder colgar sus luces y sus árboles de plástico.
Un poco de historia y de conocimiento
Desde finales del siglo XX conviven dos concepciones muy distintas de lo que debe ser la naturaleza urbana. Por un lado, persiste la visión heredada de los años 80, cuando muchos parques se diseñaban como escenografías verdes: espacios impecables a la vista, ordenados, fotogénicos, pensados para la postal oficial más que para las necesidades reales del barrio. Una naturaleza-decorado que prioriza la estética y la marca urbana por encima del clima, la biodiversidad o la vida cotidiana. Frente a este enfoque, en las últimas décadas ha surgido otra tendencia, la de la renaturalización auténtica, que ciudades como París o numerosos municipios alemanes están aplicando: conservar árboles maduros, restaurar suelos, favorecer procesos ecológicos y crear espacios que funcionen como refugios climáticos y como bienes comunes. El conflicto actual nace precisamente de esta tensión: entre un modelo que convierte el parque en un decorado y otro que lo entiende como un ecosistema vivo que debe cuidarse y fortalecerse.
En el caso del Parque Bruil, la amenaza no es la falta de verde, sino la sustitución de un espacio vivo, usado y apropiado por el vecindario por una naturaleza diseñada desde arriba, desligada del tejido del barrio. El Bruil no es un vacío que deba ser rellanado con “más naturaleza”, sino un común urbano que combina usos sociales, memoria, arbolado maduro, caminos cotidianos, sombra y convivencia. Es precisamente este carácter —imperfecto, heterogéneo, comunitario— lo que lo hace valioso y útil como refugio climático.
Frente a ello, la operación en la ribera del Huerva está generando justo lo contrario de una renaturalización real. La retirada de los árboles de las márgenes —que durante décadas habían sujetado el talud con sus raíces y mantenido vivas unas paredes literalmente cubiertas de verde— ha provocado desprendimientos inmediatos: sin ese soporte natural,.
El resultado es un entorno artificial que impide que el bosque de ribera vuelva a regenerarse y que transforma un paisaje antes vibrante y espontáneo en una escenografía rígida, incapaz de sostener vida. Es paradójico: otras ciudades europeas invierten millones en recuperar este tipo de márgenes fluviales por su extraordinario valor ecológico y climático, mientras aquí se sustituye un ecosistema maduro por una “naturalización de catálogo”, hecha de praderas fotogénicas, cursos de agua recreados e itinerarios coreografiados. Una naturaleza que representa renaturalización, pero que no la es; una superficie visual sin arraigo ecológico ni social, incapaz de generar resiliencia climática o verdadero derecho al espacio público.
Defender el Parque Bruil no significa oponerse a la mejora ecológica del Huerva. Significa no dejarse engañar, defender la diferencia entre renaturalizar y decorar, entre restaurar procesos vivos y construir un escenario verde. Significa reivindicar que el verde de los barrios no puede concebirse como un producto político sino como una infraestructura pública hecha de sombra, suelo vivo, agua, árboles y convivencia cotidiana. No hacer de “lo verde” un consenso vacío.
El futuro del Bruil debe partir de su propia naturaleza: activar y cuidar el arbolado existente, ampliar las zonas de sombra, restaurar suelos, abrir más espacios de estancia, conectar con la ciudadanía y crear la gestión comunitaria del parque. Esto es lo contrario del espectáculo al que está abonado nuestro ayuntamiento. Es lo que algunos llaman un verde emancipador, una naturaleza urbana que no se limita a ser contemplada sino que se vive, se cuida , se comparte… al tiempo que cuida de nosotros
La defensa de Bruil y del almez, por tanto, es la defensa de un modelo de ciudad donde la naturaleza no se usa como decorado ni como argumento mercantil, sino como derecho colectivo. Y donde la renaturalización no sirve para borrar ni desplazar lo que ya existe, sino para fortalecer lo que la ciudad ya ha construido de forma social, lenta y comunitaria.
La disputa en torno al Parque Bruil y la “renaturalización” del Huerva refleja una fractura de la ciudad contemporánea. Benjamin advirtió que “a modernidad tiende a convertir la naturaleza en escenario, una fantasmagoría que se exhibe más que se vive..” Y Berman recordó que las personas necesitan “un entorno que puedan hacer suyo, aunque siempre esté cambiando”, porque solo ahí la vida urbana florece.
Defender el Bruil es, en el fondo, defender ese derecho: el derecho a un espacio público que no sea decorado ni promesa abstracta, sino lugar común, lleno de sombra, vínculos, memoria y futuro compartido. Un parque que no pretende representar la naturaleza, si no serla en su forma más humana y cotidiana. humana y cotidiana.









