Casi dos generaciones pueden haber olvidado que tras los sucesos de Génova, un alcalde conservador al que dedicaron una avenida en nuestra ciudad, compitiendo en mérito con anfibios comemoscas, nos abandonó a nuestra suerte. Su silencio atronador era difícilmente perceptible en las celdas, hospitales y calles de esa ciudad italiana donde inténtabamos dar sentido a la brutal paliza y torturas recibidos, a la semana de lucha y fraternidad por ese otro mundo posible soñado que los habían precedido.
Doce de las trece activistas fuimos víctimas de una salvaje violencia policial, ejecutora de la cadena de mando, que comenzaba más allá del neofascismo de Berlusconi, Bossi y Fini. Una de nosotras, testigo horrorizada, fue pues nuestra tabla de salvación, nuestro vínculo con nuestro colectivo, el MRG, con el tejido social que nos arropó y que nos apoyó para comenzar una larga lucha en los tribunales italianos, para deshacer las falsas pruebas y acusaciones con las que intentaron criminalizar a la juventud reunida para el descanso en la Escuela Díaz, 93 cuerpos de muchas nacionalidades violentados. Para también escribir la verdadera historia que los medios tantas veces deforman y falsean, haciéndose eco de la versión de los poderosos y ningunear a quienes vivimos los acontecimientos que producen los cambios de calado.
Un antes y un después. Seattle, Praga y ahora Génova. Criminalización de la disidencia, nada nuevo, comienzo de nuevos instrumentos de represión, que quien mantiene la atención los señala, los combate. Así, activistas sociales y legales de la propia Génova, que habían sufrido el cerco de la zona roja en sus propios domicilios para la gloria de una cumbre infame, recogieron de entre los restos del Foro Social el rastro de toda una arquitectura de decisiones ejercidas para la violencia represora. Nuestra causa, juzgar a quienes siempre suelen salir impunes.
No fue de otro modo en esta ocasión. Aunque con nuestros testimonios, sumados a los de tantos otros, logramos, lograron nuestras defensas desmontar falsas acusaciones de colaboración criminal y además, juzgar a muchos responsables dentro de los cuerpos policiales, ninguno de ellos acabó en prisión. Por contra, bastantes fueron premiados con mejores cargos. La condena por parte del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, la victoria al forzar la inclusión de la tortura como delito en el código penal italiano, fueron Justicia tan sólo en parte. Nadie fue hecho responsable de la muerte de Carlo Giulani. Sobre diez jóvenes recayó una insoportable losa al ser condenados por cargos que les condujeron a la cárcel y al ostracismo tras juicios sumarísimos.
Secuelas físicas, psicológicas y psíquicas, han marcado bastantes de estos veinticinco años, pero también toda la intención de seguir trazando un futuro diferente para la humanidad. Nuestro colectivo Mambrú y el Centro Social Pantera Rossa son sólo dos muestras de lo mucho que hemos construido desde entonces, junto a esa red de colectivos e iniciativas que inspiraron la lucha antiglobalización.
Por todes vosotres, A, F, L, A, C, G, P, JL, M, P, R, D, porque no solo éramos quienes más aparecimos en los medios entonces y ahora. Porque la práctica y el éxito de la desobediencia civil conoce más del impulso de muchos saltos pequeños hacia aguas claras que de reconocimientos con grandes letras en muros y postes.





