Como alcalde del mal llamado “Aragón vaciado” puedo afirmar que, una vez sí y otra también, se nos trata a los habitantes de los pueblos como vecinos de tercera, con derechos de quinta, pero con la obligación de ser los primeros a la hora de tributar. Para esto último sí que todos somos iguales. Nadie se para a pensar en serio en la discriminación positiva fiscal de los pueblos pequeños. ¿Cómo se puede pagar lo mismo por tener abierto un bar en la plaza Mayor de Madrid, que en la plaza Mayor de El Frago? ¿Dónde están los planes de repoblación efectivos para los pueblos que desde hace más de medio siglo llevan perdiendo población? Si preguntas a los partidos de la derecha y extrema derecha aragonesa te dicen que es culpa de la izquierda. Si hablas con los supuestos partidos de izquierda (esos que perdieron la S de socialista por el camino junto con la O de obrero) te dicen que la culpa es de la derecha, o incluso de Francisco Franco. Y yo digo: ¿A mi qué me importa? Nadie habla de culpas. Hablo de soluciones en políticas que llegan demasiado tarde, por los unos y los otros. Y es que el problema es que las élites políticas antes nombradas, y con ellas sus consejeros y asesores, salen poco de las diputaciones o de las Cortes de Aragón. De esta forma no saben lo que es gobernar con presupuestos irrisorios, ver que mi vecino Eladio necesita de dos días de médico cada semana y pregunta si, después de haber trabajado desde zagal, no va a tener atención médica ahora; desconocen lo que supone una puerta abierta y lo que supone que una puerta se cierre sin esperanza de abrirla. Después de décadas, recuperar la vida que dan los niños por las calles, todo eso se lo están perdiendo. Siento “pincharles el globo” pero la realidad no está en las instituciones de Zaragoza, está en el país, en el pueblo y en sus gentes, y si no lo recorren y lo respiran, ni son gobernantes ni saben lo que tienen entre manos. Por ello vi imprescindible reunirme en la anterior legislatura con el señor Lambán, el cual hizo caso omiso a mi petición. Espero que en ésta el señor Azcón, presidente de TODOS los aragoneses, se digne a recibirme. Le aseguro que entenderá mejor el país que gobierna.
No contentos con esto, se está jugando con servicios básicos, tales como la sanidad, donde pretenden dejar a mi pueblo, El Frago, y pueblos como el mío, con menos servicios médicos, modificando el mapa sanitario, impidiendo que los aragoneses puedan envejecer donde les plazca. Los recortes en los sectores básicos, como la sanidad y la educación, deberían estar regulados y blindados; al igual que las plazas de los profesionales deberían ser más atractivas y mejor pagadas. Así tendríamos médicos en todos los puntos de Aragón, nuestro gran país.
Hace 32 años El Frago cerró su escuela. Heroicamente, hace tres, conseguimos reabrir las puertas y llenar de ilusión y esperanza un pueblo condenado a la desaparición. A día de hoy somos, gracias a los vecinos y los diferentes equipos de gobierno, un caso de éxito en el país. Que un pueblo tenga 16 niños escolarizados es un éxito en el mundo rural. Pero si queremos mantener este modelo, necesitamos viviendas y no promesas. El Gobierno de Aragón nos ha excluido, por falta de presupuesto en su convocatoria, a cientos de pueblos necesitados, sin dar una solución clara y acorde. Lo más denigrante e injusto es ver en la televisión cómo la señora la alcaldesa de Zaragoza y el consejero de Vivienda, Octavio López, prometen miles de viviendas en ruedas de prensa improvisadas para los barrios zaragozanos, y es entonces cuando te reafirmas en que no les importamos; somos incómodos, simplemente números en sanidad, en educación, en vivienda y en la cantidad de votos que les suponemos.
Por último, y es una exigencia: hagan políticas sanitarias y educativas justas, políticas fiscales acordes a los servicios recibidos, políticas de vivienda equitativas, políticas para crear trabajo en el medio rural. Que mi país no sea únicamente el lugar donde poner un molino o la enésima granja porcina. Desde los pueblos exigimos políticas de futuro y mejoras en la calidad de vida. Si no lo escucha el Gobierno, que lo escuchen los Reyes Magos para el 2025.





