El 9 de diciembre se inauguró el renovado Jardín Botánico Francisco Loscos, en el Parque Grande José Antonio Labordeta de la capital del país, con una puesta en escena institucional que reivindicaba ciencia, educación y patrimonio. La alcaldesa Natalia Chueca y varios cargos municipales avalaron un relato ambicioso. Sin embargo, el recorrido real por el jardín deja una sensación persistente de vacío: aquí hay obra, iluminación y gasto, pero falta botánica.
La crítica no nace de la nostalgia ni del rechazo al cambio, sino del análisis técnico y del uso cotidiano del espacio. Jardineras y senderos se han ejecutado sin proteger las plantaciones, dejando rastros de pintura en hojas y troncos. Se han retirado ejemplares de la antigua colección sin reposición, excavadoras han dañado ramas y árboles, y las nuevas plantaciones se organizan en líneas monoespecíficas de alta densidad, una solución pobre tanto desde el punto de vista paisajístico como divulgativo. Un jardín botánico aspira a mostrar diversidad, adaptación, procedencias y relaciones; aquí predomina el efecto catálogo.
La selección de especies refuerza esa impresión. No se priorizan endemismos del valle del Ebro ni plantas de interés por su aclimatación, rareza o uso medicinal —justo el campo de trabajo de Francisco Loscos—, sino especies de moda habituales en viveros comerciales. El resultado es un espacio ornamental que no explica el territorio que habita ni la flora que lo define.
La señalética, pieza básica de cualquier jardín botánico, agrava el problema. Es escasa, confusa y, en demasiados casos, errónea. Faltan etiquetas en la mayoría de los ejemplares y, cuando existen, presentan fallos graves de identificación: especies confundidas, nombres científicos repetidos o incorrectos y errores que deslegitiman cualquier pretensión educativa. A esto se suma un catálogo en línea anunciado a bombo y platillo que promete 250 especies, pero que hoy apenas recoge unas pocas y hasta incluye plantas que ni siquiera están en el jardín.
El diseño del espacio refuerza la idea de parque de atrezo. El antiguo estanque ha sido sustituido por un lago mínimo, sin vida ni función ecológica, y la plaza de entrada se ha ampliado a costa de arbolado y sombra para convertirse en una explanada dura, blanca y hostil en verano. Hay pocos bancos para detenerse y observar, y el césped en rollo —la opción más cara y menos coherente en clima semiárido— ocupa un lugar que difícilmente puede justificarse en un proyecto que presume de sostenibilidad. Al caer la tarde, las luces de colores colonizan canales y recorridos hasta crear una atmósfera más cercana al parque temático que a un espacio natural.
La inversión total se acerca a 1,3 millones de euros. La obra fue adjudicada a Ambitec Servicios Ambientales, integrada en el grupo Sorigué. Mientras tanto, los viveros municipales existen, pero no producen: según el testimonio recabado por AraInfo, toda la planta se compra a viveros privados tras trasladarse que resulta más económico adquirirla en el mercado que mantener personal propio. El coste previsto en adquisición de plantas para los próximos tres años asciende a 380.000 euros. Sin producción pública, sin intercambio de semillas y sin pertenecer a redes de jardines botánicos, el resultado es previsible: no hay colección científica, hay externalización y dependencia del mercado.
A esta pérdida de contenido botánico se suma la desaparición de la clepsidra o reloj de agua, una pieza histórica diseñada por Rafael Barnola en los años setenta y vinculada desde su origen al Jardín Botánico. Concebida como un elemento simbólico y paisajístico, formaba parte del recorrido y del imaginario del espacio, más allá de su funcionamiento irregular. Su retirada durante la remodelación ha sido presentada posteriormente por el Ayuntamiento de Zaragoza como una “recuperación patrimonial” pendiente de restauración y futura reubicación, pero lo cierto es que hoy el jardín se muestra sin uno de sus elementos más reconocibles, sustituido por un lago ornamental y juegos de luz que refuerzan la sensación de escenografía y ruptura con la historia del lugar.

Este desenlace contrasta con la historia del propio jardín. Inaugurado en 1972 sobre antiguos viveros municipales, contó con estación fenológica, estación meteorológica agrícola, escuela de jardinería y criterios científicos claros. Fue diseñado por profesionales como Javier de Winthuysen, figura clave del paisajismo histórico. No era un decorado: era un espacio de estudio, aprendizaje y paseo. Gran parte de ese patrimonio material e inmaterial ha sido eliminado en lugar de restaurado.
Ni siquiera el homenaje a Francisco Loscos sale bien parado. Su nombre preside el recinto, pero su legado —el estudio de la flora aragonesa y sus usos medicinales— apenas se refleja en el contenido del jardín. Un reconocimiento que se queda en la superficie mientras borra otras memorias fundamentales del lugar.
El caso del Jardín Botánico no es aislado. Encaja en una forma de intervenir la ciudad donde prima la imagen, la inauguración y la iluminación frente al conocimiento, el cuidado y la función pública. Un modelo que ya ha generado polémica en otros espacios y que hoy despierta temor ante los grandes proyectos verdes anunciados.
Todavía hay margen para rectificar errores, corregir señalética, replantear colecciones y devolver sentido al espacio. Pero para hacerlo, el Ayuntamiento de Zaragoza tendrá que apagar focos, escuchar a quienes saben y asumir que la ecología no se construye con notas de prensa, sino con raíces.


