Los pequeños cambios

La coyuntura macroeconómica actual obliga a todas las instituciones a depender de ella en mayor o menor medida y participar de un triunvirato en el que poder político, económico y mediático se diluye.

Las elecciones municipales y territoriales del 24 de Mayo pasaran a la breve historia democrática del Estado español como las más plurales desde el periodo post-franquista, que algunos denominan transición. También como las más esclarecedoras.

La apertura del abanico político, con la aparición de candidaturas de confluencia, y de nuevos partidos, con viejas costumbres, ha modificado el status quo existente y requerido por unas siglas que hace tiempo que olvidaron que son elegidas por sufragio.

Hace ya muchos años que la política europea había abandonado sentido y significado para convertirse en un género de lobby dentro de un panorama económico capitalista arrasador. Desbocado. Los líderes electos por sus abnegados y cegados pueblos trabajaban única y exclusivamente para las élites económicas. El Estado español no es ajeno a esos efluvios.

Plasmar esta reflexión en papel es más duro que meditarla. Es fácil pensar particularmente en cada uno de esos cados deshonestos, pero complejo dibujar un mapa global comprensible. Estas elecciones han destapado cartas que ayudan a ese diseño.

La desvergüenza anida en nuestra clase política, como lo hacen las falsas promesas, la ausencia de contenido y el desprecio por el bien común. Cansadas de política y todavía bajo la resaca de una Junta de Andalucía sin constituir, localidades y territorios de todo el Estado se sumían en unas nuevas elecciones. Muchas citas para un solo año.

El resultado andaluz se tornaba de bajo castigo a las décadas de hegemonía política del PSOE andaluz. Los pactos para el gobierno parecían imposibles con un partido que más parecía un cortijo. La resolución de este impase pasaba por unas nuevas elecciones, o que alguien pasara por el aro socialista andaluz. Todos los actores decidieron mantener el compás de espera hasta el 24M.

Las elecciones territoriales, pero especialmente las municipales, iban a mostrar cartas que muchas sabíamos que permanecían escondidas, pero no esperábamos ver tan pronto. Yo por ejempló auguré la unión del PSOE y el PP para 2016, quizá me equivocaba, pero no por el matiz temporal.

El Partido Popular perdía, de una tacada, las alcaldías de Madrid, Zaragoza, Barcelona, Valencia, A Coruña y Santiago de Compostela. “¡Qué hostia! ¡Qué hostia!”, es el mejor resumen. Y sacaron sus cartas. Las trituradoras echan fuego y los ayuntamientos arden, algunos literalmente. Esperanza Aguirre se destapaba hace una semana con la oferta de la alcaldía al candidato socialista para el Ayuntamiento de la Villa, Antonio Miguel Carmona. Esta semana lo hacía Eloy Suárez en Zaragoza. Aterrador.

Asumían con el hecho que la mayoría de la izquierda hace tiempo que relaciona sus siglas. PPSOE solían esgrimir aquellos que ocuparon las plazas para después entrar en los parlamentos. La partida había comenzado, y con la oferta, los populares eran los que menos perdían. En caso de aceptación conseguirían acelerar el hundimiento del PSOE. En caso de rechazo, confían en que sus votantes ni siquiera saben que son las candidaturas de confluencia. En todo caso, siempre le quedaría en la manga un as. Ciudadanos.

El PSOE por su cuenta se acercaba al abismo político tras años de hegemonía representada en el bipartidismo. Las cuentas no salen y el electorado exige unas instituciones de izquierda. Su opción pasa por la manida elección de renovarse o morir. El primer paso rechazar la estratagema popular para permitir, con o sin voto, gobiernos de izquierda en todos esos ayuntamientos y parlamentos que la mayorías hayan escorado la nave a babor.

Ciudadanos, en la encrucijada. Un partido asido entre el marco y la puerta, sin el gran resultado esperado, pese a la campaña mediática, y obligado a elegir entre los partidos hegemónicos. Todo con tal de evitar a los "soviets" y los "separatistas". Gobernaran con PSOE en Andalucía y con PP en la Comunidad de Madrid. Acuerdos que repetirán en otras plazas menores.

Las  candidaturas de confluencia son las únicas vencedoras de estas elecciones, no sin antes llevarse por delante a Izquierda Unida, quien curiosamente sale reforzada en cuanto a número de ediles en capitales como Zaragoza y en general mantiene su fuerza con estas candidaturas plurales. Podemos entra con fuerza en las instituciones en las que se planteó participar en solitario, pero sin arrasar. Quizá en la confluencia tenga la clave la izquierda. De momento han logrado sacar a la luz esas cartas que todas conocíamos.

Han muerto las siglas, pero no el bipartidismo. Nos encontramos ante una nueva experiencia política y económica. Por un lado aquellos partidos hegemónicos que alimentan el girar de algunas puertas y que conciben el progreso del Estado como el crecimiento del IBEX35. Unos partidos tan necesitados como alimentados por el poder. Un bando en el que, como ya hiciera la formación recientemente fallecida UPyD, se adentra Ciudadanos con ese cuidado marketing que solo esconde liberalismo radical.

En el otro bando se suprimen las siglas. Se diluyen. Recién creados partidos se mezclan con históricas siglas, excesivamente ancladas en el pasado. Lo nuevo: aparecen en estas candidaturas de confluencia, en mayor o menor medida, los movimientos sociales, sindicatos de clase, las vecinas, las plataformas, las mareas y todas aquellas desencantadas. Ilusionaron tanto que hasta anarquistas votaron. Es en estos grupos minoritarios donde reside la clave del triunfo de estas candidaturas. Pero también un intento de regeneración de una democracia que hace tiempo que no es. Llamémosle plutocracia, oligocracia o mercadocracia.

El poder no reside en el pueblo desde hace muchas décadas. Las luchas sociales han ido modificando las estructuras hasta conseguir someros cambios que algunos disfrutamos y otras no. La coyuntura macroeconómica actual obliga a todas las instituciones a depender de ella en mayor o menor medida y participar de un triunvirato en el que poder político (legislativo y administrativo), económico y mediático se diluye.

Las candidaturas de confluencia tienen por delante una labor titánica para acometer algunos pequeños cambios. La llegada a las instituciones de nuevos actores es aire fresco, una bocanada ante un mundo que ahogaba, demasiado. Pero el poder hace tiempo que no reside en ellas. Las trituradoras de papel no cambian nada. La detención o imputación de algunos individuos en la parte más baja de ese grupo que ejerce el poder, tampoco. El poder no se solivianta por las decisiones de un ayuntamiento. La pelea por conseguir cambiar cada pequeña parcela va a ser enorme y ha de ser celebrada como una victoria. Hemos de ser conscientes que cada pequeño cambio será difícil de acometer. Aún así, habrá gente esperando un gran cambio.

Un gran cambio que no llegará, porque el poder seguirá estando ahí, tratando de conquistar más beneficios. No le preocupan mucho los votantes, hace tiempo que se inhibió de ellos, se encerró en sus grandes centros de negocios generando riqueza a costa de todos. Se blindó de elecciones y gobiernos. Se procuró un bienestar a costa del de los demás.

Desestimado el gran cambio, bienvenido sea cualquier pequeño cambio.

Autor/Autora

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para más información.

ACEPTAR
Aviso de cookies