Las trabajadoras de la limpieza plantan cara a un modelo que invisibiliza lo imprescindible

Hay trabajos que sostienen la vida sin hacer ruido, trabajos que no ocupan titulares, que no generan prestigio ni reconocimiento, pero que, si desaparecen un solo día, dejan al descubierto hasta qué punto todo lo demás depende de ellos, y la limpieza es probablemente uno de los ejemplos más claros de esa paradoja en nuestra sociedad. En la provincia de Zaragoza, cerca de 10.000 personas la gran mayoría mujeres, se dedican a la limpieza de edificios y locales, encadenando en muchos casos contratos a tiempo parcial, condiciones precarias que acaban con su salud y salarios que apenas se difieren del …

Elena Tomás, candidata de ZeC a las municipales del 28M | Foto: ZeC

Hay trabajos que sostienen la vida sin hacer ruido, trabajos que no ocupan titulares, que no generan prestigio ni reconocimiento, pero que, si desaparecen un solo día, dejan al descubierto hasta qué punto todo lo demás depende de ellos, y la limpieza es probablemente uno de los ejemplos más claros de esa paradoja en nuestra sociedad.

En la provincia de Zaragoza, cerca de 10.000 personas la gran mayoría mujeres, se dedican a la limpieza de edificios y locales, encadenando en muchos casos contratos a tiempo parcial, condiciones precarias que acaban con su salud y salarios que apenas se difieren del SMI. Esto no es una casualidad ni un accidente es la expresión concreta de un modelo económico que ha decidido que hay trabajos que valen menos, aunque sin ellos no funcione absolutamente nada.

Porque mientras estas trabajadoras sostienen hospitales, colegios, oficinas y espacios públicos limpios, la patronal plantea congelaciones salariales, eliminar complementos en situaciones de incapacidad temporal y alargar la vigencia de un convenio que ya de por sí insuficiente, trasladando además la idea de que el problema está en el absentismo, como si enfermar fuera una especie de falta moral y no una consecuencia directa de condiciones laborales duras, repetitivas y muchas veces invisibilizadas.

Para entender esta situación además de hablar de negociación colectiva o de condiciones laborales concretas, hay que ir más allá y mirar el marco ideológico en el que todo esto se produce, porque lo que está en juego no es solo cuánto cobran las limpiadoras, sino cómo una sociedad decide qué trabajos son valiosos y cuáles no lo son, qué vidas merecen reconocimiento y cuáles quedan relegadas a los márgenes.

Existe un concepto, el de “ocupacionismo”, que describe precisamente esa forma de discriminación que consiste en valorar a las personas en función del trabajo que realizan, asignándoles un lugar en la sociedad que no tiene nada de natural, pero que se presenta como si lo fuera y que permite que tareas absolutamente imprescindibles, como limpiar, cuidar o mantener espacios habitables sean consideradas de bajo prestigio y, por tanto, mal remuneradas.

Esta lógica no surge de la nada, forma parte del capitalismo que extiende la idea de que el valor de las cosas y de las personas se mide en términos de mercado, de rentabilidad y de beneficio, desplazando cualquier otra forma de entender lo útil, lo necesario o lo digno, hasta el punto de que el principio de competencia se impone sobre el de cooperación y el individualismo sustituye a cualquier forma de organización colectiva.

Y es ahí donde aparece una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo, una contradicción que no es teórica, sino profundamente material, y que ha sido puesta negro sobre blanco por el informe de la New Economics Foundation, que utilizando la metodología del retorno social de la inversión (SROI) demuestra que muchos de los trabajos peor pagados son, en realidad, los que más valor aportan a la sociedad, mientras que algunos de los mejor remunerados llegan incluso a destruir valor social.

Ese informe es especialmente revelador porque muestra que, por ejemplo, el trabajo de limpieza en hospitales puede generar más de diez unidades de valor social por cada unidad salarial percibida, mientras que determinadas actividades financieras o publicitarias, altamente remuneradas, tienen un impacto negativo en términos sociales, lo que desmonta de manera bastante contundente la idea de que el mercado retribuye el trabajo en función de su utilidad real.

Y entonces la pregunta ya no es incómoda, es inevitable: si sabemos que el trabajo de limpieza es socialmente imprescindible, si sabemos que genera valor colectivo, si sabemos que sin él la vida cotidiana se deteriora de manera inmediata, ¿por qué se paga tan poco?, ¿por qué se acepta con tanta normalidad que quienes sostienen lo básico vivan en la precariedad?

La respuesta tiene poco que ver con la formación, el esfuerzo o el mérito, y mucho que ver con una construcción ideológica que ha decidido que hay trabajos que no merecen reconocimiento porque no encajan en los criterios de valorización del mercado, reforzando además una división profundamente marcada por el género (la llamada “división sexual del trabajo” desarrollada por el feminismo marxista y materialista a partir de 1970) la clase y por supuesto, el origen. Sí hablamos de, mujeres, de clase trabajadora y en muchos casos migrantes.

Frente a todo esto, las movilizaciones de las trabajadoras de la limpieza en Zaragoza además de una reivindicación laboral son un rechazo directo hacia ese modelo de sociedad que ha decidido que lo esencial puede ser barato, que lo imprescindible puede ser invisible y que quienes sostienen la vida pueden ser tratadas como si fueran prescindibles.

Porque están en juego un convenio digno, unos salarios justos y la eliminación de la precariedad, pero también la posibilidad de construir una sociedad que reconozca el valor de lo que realmente sostiene la vida y que deje de medir la dignidad en función del mercado.

Leí un día, “hay quien nunca ha limpiado un váter en su vida, y hay quien limpia cientos cada mes” y entre esas dos realidades no hay solo una diferencia de ingresos, hay una diferencia en cómo se reparte el reconocimiento, el respeto y el derecho a una vida digna.

Y ha llegado el momento de dejar de aceptar esa diferencia como algo normal.

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