Hoy no escribo sobre inmigración. Hoy escribo sobre vidas. Hoy escribo sobre las decenas de personas que han perdido la vida intentando alcanzar Ceuta. Y sobre las miles de personas que, durante décadas, han muerto en las fronteras de Europa mientras el continente que se reivindica como cuna de los Derechos Humanos convertía esas muertes en una rutina informativa.
Lo primero que merecen no es un debate. Merecen un duelo. Merecen que pronunciemos sus vidas antes que las cifras. Que las nombremos. Que las honremos. Que nos neguemos a reducirlas a un titular, a una estadística o a una nota de sucesos. Porque antes que “migrantes” fueron personas. Con nombre. Con afectos. Con una historia. Con alguien esperándolas al otro lado.
No murieron por el mar. No murieron por una tormenta. No murieron por el destino. Murieron en un régimen fronterizo que, desde hace décadas, acepta que miles de personas puedan perder la vida como el coste asumible de “proteger Europa”.
Cuando una muerte es previsible. Cuando ocurre una y otra vez. Cuando las organizaciones de derechos humanos llevan años denunciándola. Cuando existen alternativas que podrían evitarla y, aun así, se mantienen políticas que siguen empujando a las personas hacia rutas cada vez más mortales… ya no hablamos de una fatalidad. Hablamos de una responsabilidad política.
Y esa responsabilidad no empieza en la frontera. Empieza mucho antes.
Empieza con un orden mundial heredero del colonialismo que sigue decidiendo qué territorios pueden acumular riqueza y cuáles son condenados a sostenerla, qué pasaportes abren el mundo y cuáles se convierten en una prisión, qué vidas pueden circular libremente y cuáles deben demostrar, una y otra vez, que merecen moverse.
Por eso hablar de migración sin hablar de colonialismo es contar únicamente el último capítulo de una historia que comenzó hace siglos. Europa suele preguntarse por qué llegamos y casi nunca se pregunta qué responsabilidades históricas, económicas, militares, climáticas y políticas tienen y, que siguen empujando a millones de personas a marcharse.
Las consecuencias ocupan las portadas. Las causas permanecen cuidadosamente fuera del encuadre. Y mientras tanto, gran parte de la sociedad española, incapaz de cuestionar las estructuras que producen estas desigualdades, sigue haciendo lo más fácil, convertir a quienes migramos en el chivo expiatorio de todos sus miedos y frustraciones.
Así se alimenta el racismo: no necesita insultar, ni proclamar la superioridad de unas personas sobre otras. Le basta con enseñarnos que algunas vidas importan menos. Que algunas muertes son soportables. Que algunos cuerpos pueden desaparecer sin provocar una crisis moral.
Achille Mbembe llamó a esa lógica necropolítica, la capacidad del poder para decidir qué vidas son protegidas y cuáles pueden ser expuestas a la muerte. Y las fronteras europeas son hoy uno de los lugares donde esa lógica se materializa con mayor crudeza.
Entonces aparecen los medios de comunicación. No preguntan quiénes eran esas personas. Preguntan cuántas llegaron. Hablan de “oleadas”, de “avalanchas”, de “invasiones”. Nunca de familias, comunidades, proyectos de vida. Y por supuesto nunca de personas.
Es precisamente en ese momento cuando el lenguaje hace aquello para lo que está diseñado: construir realidades. Convierte personas en amenazas. Historias en estadísticas. Duelo en seguridad. Porque nadie llora una avalancha. Nadie abraza un flujo. Solo se llora a las personas.
Y esa es una de las formas más perversas del racismo: conseguir que dejemos de ver personas antes incluso de que desaparezcan de nuestra mirada. Normalizar tanto estas muertes que dejemos de preguntarnos por qué ocurrieron y empecemos a preguntarnos qué hicieron para merecerlas. Como si buscar refugio, seguridad o una vida digna fuera un delito y no la expresión más elemental de un derecho humano.
Nuestra responsabilidad, individual y colectiva, empieza precisamente ahí. En desaprender. Desaprender el miedo. Desaprender el relato colonial que presenta a Europa como una fortaleza asediada y nunca como un territorio totalmente implicado en las condiciones que obligan a millones de personas a abandonar sus hogares. Desaprender la idea de que las fronteras son neutrales, porque no lo son.
Las fronteras también tienen color. También tienen historia. También tienen memoria. Y también producen muerte.
No vivimos únicamente una crisis humanitaria. Vivimos una crisis de humanidad. Una crisis de memoria. Y una crisis de responsabilidad.
Porque la pregunta no es cuántas personas han muerto intentando llegar a Europa. La pregunta es cuánto tiempo más aceptaremos que esas muertes sigan siendo tratadas como el precio normal de un orden que protege fronteras mientras abandona vidas.
Tenemos la obligación de negarnos a aceptar un mundo donde unas vidas puedan ser sacrificadas para preservar el privilegio de otras. Y mientras sigamos llamando “gestión migratoria” a un sistema que convierte el Mediterráneo, el Atlántico, Ceuta y Melilla en fronteras de muerte, seguiremos hablando el lenguaje del colonialismo, aunque ya no ondeen sus banderas.
Que descansen en paz. Y que nuestra memoria sea más fuerte que la indiferencia. Que nunca aprendamos a convivir con estas muertes. Que nunca aceptemos que una frontera pueda valer más que una vida. Porque el día en que dejemos de escandalizarnos por quienes mueren intentando vivir, no solo habrán fracasado los derechos humanos. Habremos fracasado nosotros.





