La Zaragoza que nos une

Una ciudad no es un anuncio, por hermosos y evocadores que los haya. Una ciudad no es un photocall, aunque nos afanemos en coleccionar imágenes en Instagram con las letras que se replican en cada lugar que visitamos, como si no fuese digna de visita sin cartel que proclame su nombre. Una ciudad no es un destino, aunque aprovechemos cada ocasión para salir de viaje de una a otra. Una ciudad tampoco es su historia, aunque la haya marcado profundamente, dibujando sus calles, plazas y edificios, no será perdidos en la nostalgia de un pasado que imaginamos a nuestro gusto …

Foto de Pilar Vaquero que ha escrito artículos sobre lo común, Cuba, el mercado, los escena y Zaragoza vientos flores reglas memoria

Una ciudad no es un anuncio, por hermosos y evocadores que los haya. Una ciudad no es un photocall, aunque nos afanemos en coleccionar imágenes en Instagram con las letras que se replican en cada lugar que visitamos, como si no fuese digna de visita sin cartel que proclame su nombre. Una ciudad no es un destino, aunque aprovechemos cada ocasión para salir de viaje de una a otra.

Una ciudad tampoco es su historia, aunque la haya marcado profundamente, dibujando sus calles, plazas y edificios, no será perdidos en la nostalgia de un pasado que imaginamos a nuestro gusto donde encontremos el futuro que necesitaremos.

Una ciudad es mucho más que un anuncio, un photocall, un destino o un pedazo de historia, porque fundamentalmente una ciudad es un espacio vivo que respira, se mueve, comercia, aprende, descansa, ríe, baila, canta, sueña, trabaja.

Y lo es, porque una ciudad es su gente, los vecinos y vecinas y su día a día. Cosas básicas como abrir un grifo y que salga agua limpia, usar el transporte público para desplazarse del trabajo al colegio, deshacerse de las basuras sin dañar el medioambiente, y pasear por las calles con luces que rompan las sombras.

Y otras más complejas como el acceso a alimentos saludables y de proximidad, a la educación que es más que asistir a clases regladas, a viviendas dignas a precios accesibles, a la cultura en sus muchas formas, a un desarrollo saludable con independencia de la edad, a un comercio que no se soporte en la explotación y el dolor de quienes subsisten muy lejos, al desplazamiento a otros barrios para obtener servicios o visitar amigos.

Una ciudad no es un proyecto, una inversión, una obra, ni siquiera un tranvía o un estadio, aunque cada uno de estos elementos también la conforma.

Una ciudad es una pasión que va más allá del bordado de un escudo, aun cuando también se apoye en él, es un recuerdo nebuloso de la infancia y el diseño dorado de una vejez con tiempo para disfrutarla, es la prisa de una juventud y la urgencia de la adolescencia, es ser y abrirse a recibir.

Y una ciudad no se hace, no se dirige, no se controla, como tampoco se vende, se alquila o se empeña, una ciudad se vive, se escucha, se empuja, se quiere, se odia, se combate, se protege, pero sobre todo una ciudad es un espacio que cuida a sus gentes.

Por eso para ser Zaragoza, para ser la Zaragoza de sus vecinas y vecinos no sirven recetas de fuera, moldes que a todos encasquetan, ni planes maestros, sin rivalidades absurdas, la Zaragoza que nos une, solo puede ser soñada y elaborada por tantas manos que olvidemos sus nombres, sus colores y sus arrugas.

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