Cabeza de turco o chivo expiatorio, es una expresión que se usa para designar a aquella persona sobre la que se cargan todas las culpas de hechos no cometidos, para obtener la impunidad del verdadero culpable. Todo tipo de hechos, son susceptibles de que se use un chivo expiatorio que soporte culpas que no le corresponden. La crispación política es quizá quien más demanda de estas figuras de “despiste”. Uno de los chivos expiatorios de esta última década, puede que sea el lobo. Hoy el lobo carga con culpas con las que se descarga la mala política ganadera, cinegética e incluso política en general.
El lobo (Canis lupus), es el mayor de nuestros cánidos salvajes, un súper depredador generalista, con unos requerimientos ecológicos nada complejos, pues la plasticidad ecológica del carnívoro le permite subsistir con casi cualquier cosa, incluyendo en su dieta desde frutos e insectos, hasta grandes herbívoros y otros carnívoros de menor tamaño que el propio lobo, pasando por roedores, lagomorfos, carroña o incluso basura. Es considerado una especie clave en los ecosistemas holárticos, pues su presencia o ausencia afecta a numerosas especies de esos ecosistemas e incluso, indirectamente, a los factores físicos que intervienen en tales ecosistemas. La región holártica, o reino holártico, es una región florística situada al norte de los trópicos y que engloba Eurasia y Norteamérica. La península ibérica pertenece a esta región. La presencia del lobo ordena los ecosistemas y los hace maduros y estables, ricos en biodiversidad y con un funcionamiento saneado y protector.
El lobo, es una especie muy importante en la historia del establecimiento humano en dicho reino holártico. Fue objeto de adoración por diversas culturas, llegando a la categoría de deidad, como se demuestra en el numeroso patrimonio arqueológico. Con la aparición y la expansión del catolicismo, el lobo, como toda la cultura divina relacionada con la naturaleza, se demonizó y se persiguió. Lo celestial y puro, contra lo terrenal, impuro y demoníaco que acosa al ser humano impidiéndole llegar al cielo.
La ganadería, con el poderoso Concejo de la Mesta, también puso su parte en la persecución del lobo, pues el lobo, también atacaba a las ovejas si tenía ocasión. Es incluso probable que la pérdida de ganado por causa del lobo, fuese magnificada. Quién sabe si los pastores que debían asumir la responsabilidad de realizar aquellas largas trashumancias con ovejas que no eran suyas, no optaran por añadir algo de carne al puchero achacando la pérdida de la res al lobo. Aparecieron historias inventadas en cuentos infantiles, historias de terror literario y cinematográfico, que ocultaron cualquier otro aspecto del lobo.
Al final de la década de 1980 apareció la primera gran ley de conservación de la biodiversidad en el Estado español, la ley 4/1989, de conservación. En ella se incluían en sus anexos muchas especies amenazadas que antes habían sido perseguidas con encono. El oso pardo y el lince pasaron a ser especies “en peligro de extinción”, como el urogallo, el águila imperial o el buitre negro… pero el lobo no recibió ese beneficio, sino que siguió siendo el gran discriminado, a pesar de lo raquítico de su población y su seria amenaza de desaparición.
En Aragón, apenas contamos hoy con presencia de lobo. Fue erradicado hace unas décadas y hoy, que ha vuelto, algunos sectores de población no quieren que se establezca y prospere en nuestros ecosistemas. En algunos casos, debido a que también se perdieron los oficios de antaño. Los nuevos métodos de gestión del ganado, ya no contemplan el uso del monte público sino como el de una explotación privada. La ganadería en intensivo tiene mayor rendimiento económico, que no social, y algunos profesionales pretenden la mezcla de una y otra, el menor gasto de la extensiva con la productividad de la intensiva. Para ello, deben de prescindir de toda aquella molestia que pueda generarles el desempeño de sus actividades en el monte público. El oso, el turismo, o el lobo, son contemplados como antagónicos de una actividad productiva que se enfrenta a la competencia auspiciada por las grandes corporaciones alimentarias. Dichas corporaciones, impulsan a través de los políticos neoliberales, los tratados de libre comercio como va a ocurrir pronto con el tratado Mercosur. No fueron quienes hablan del lobo y su control quienes evitaron el TTIP, tratado de libre comercio con EEUU. No serán ellos tampoco quienes estén en contra de Mercosur.
Con todo este currículum de maldades, es el lobo, el mejor cabeza de turco para culpabilizarlo de los desatinos de gestión. Al estar poco extendido en el país, se ha tenido que echar mano de otros animales, pero el papel del lobo aumentará como su población, si hay suerte. El meloncillo, un carnívoro de pequeño tamaño, de unos dos kilos de peso, carga con la culpa de matar incluso terneros en el suroeste de la península. Al no haber meloncillos en Aragón, durante años se culpabilizaba de la muerte de ovejas al buitre. Detrás de todo esto está la inspiración neoliberal de nuestra sociedad. Utilizar lo público para indemnizar las pérdidas de lo privado. Es la extensión de los planes “renove” industriales a las actividades ganaderas. Si la sobreproducción industrial de unos, que no es otra cosa que mala praxis comercial, es subvencionada por el estado, porqué no se va a subvencionar la mala praxis ganadera de abandono de la cabaña para realizar otras actividades.
La prensa, tomó partido entonces en el relato de los buitres comedores de ganado, dando cobertura a quien distribuía relatos falsos sin recabar la opinión de la ciencia, que siempre se opuso a esta posibilidad. La presencia de lobo en Aragón, fue diagnosticada precisamente, en el estudio forense de un ataque al ganado que se estaba atribuyendo a buitre por el ganadero. A raíz de aquella diagnosis, se colocaron cámaras y se constató la presencia del carnívoro. Desde aquella noticia, toda oveja que aparece muerta en el campo, es atribuida a la actividad del lobo si se ha constatado la presencia en el lugar y se desata la indignación si los técnicos indican que fueron perros. No todos los ganaderos denuncian ataques, y es que tampoco hay tantos. Algunos de los ganaderos, sabiendo que no fue el lobo, o sabiendo que no habían adoptado medidas, no intentan colarlo para que lo paguemos entre todas.
Pero todo esto, sería sólo un intento de timar a la administración si no fuera porque entra de lleno el oportunismo político. Asociaciones patronales que se autodenominan sindicatos apoyan un discurso catastrofista arrimándose a profesionales de dudoso desempeño y los políticos hacen de su causa un asunto de interés general. Avivan el fuego de las falsedades e incluso magnifican aún más las consecuencias. Hacen dejación del interés general, realizando nulo seguimiento del dinero público invertido en defender la actividad ganadera, arropando la impunidad de quien pretende responsabilizar al carnívoro de ataques que se producen por no implementar los elementos de prevención que la propia administración les proporciona y subvenciona.
Así pues, hemos oído y leído a personas del PAR, como Alberto Izquierdo, clamar por el “control cinegético” de la especie. Intentan atraer al conflicto de ese “mundo de las tradiciones” a más colectivos que intentarán liderar con ranciedad. Pretenden arrimar al sector cinegético con cantos de sirena pretendiendo que es una actividad ecosistémica y no deportiva, sumándolo al sector ganadero. Es conocido que la derecha política tiene más predicamento en la sociedad rural usando el “baturrismo” en sus discursos. Un movimiento de acercamiento hacia el mundo rural basado en una falsa empatía. Pero el límite se sobrepasa ya, cuando se clama por “el control cinegético de la especie, no por su exterminación”, cuando se habla de un lugar como Aragón, en el que no es posible nada que no sea la exterminación al tratarse de cuatro individuos aislados. Y con cuatro, decimos cuatro, no siendo un símil de pocos.
Nos pongamos como nos pongamos, el baturrismo, de pocos atolladeros sacará al mundo rural, porque en un mundo de economía global, no hay ya un mundo urbanita y un mundo rural, siendo ambos mundos ya urbanos y ambos están igual de alejados del campo que relatan quienes esgrimen el término urbanita. Del mismo modo que el enemigo del albañil profesional fue aquel que con los nuevos materiales dejó de hacer útil su profesionalidad, el del fontanero fueron los nuevos materiales que pusieron la instalación al alcance de cualquiera o el del carpintero lo fueran los muebles montables, el enemigo del profesional de la ganadería extensiva es el ganadero que suelta los bichos en el monte, se dedica a otra cosa y cuando vuelve a dar vuelta se encuentra con tres bichos muertos, decide culpar a otro de su dejadez.
Con los tratados de libre comercio, la producción de alimentos va a tomar una nueva dimensión, arruinando al sector y dejando el campo libre a la especulación eólica. Todo ello, impulsado desde aquellos mismos políticos que salen ofreciendo la solución del sector matando cuatro lobos. Tanto tiempo llevan los ganaderos creyendo en cuentos de lobos, que cuando un político neoliberal usa la palabra aragonés en sus siglas, no ven que es el modo de poner sus pies blancos de harina, para así parecer que es la mamá cabra quien habla a través de la puerta tras la que se ocultan los siete cabritillos. En las siguientes elecciones, el lobo volverá a comerse a los cabritillos, que lo elegirán hasta desaparecer sin haber llegado nunca a identificar al culpable de las verdaderas lobadas. Y la lobada más grande es la del neoliberalismo económico y globalizado. Porque esa, se llevará al ganadero, al pastor, al agricultor y al hostelero por delante. Igual que se llevó la industria del calzado, la del juguete y otras muchas antes que estas.




