En las urnas prevalecen los Estados Unidos de quienes odian a las mujeres y de quienes aceptan ser sometidas, prevalece el racismo y la xenofobia, prevalece la lógica de la violencia y de la asesinabilidad, prevalece la protesta sorda de los pobres de bolsillo y de espíritu, prevalece el interés de los ricos que defienden sus propios privilegios.
Por tanto, en las urnas gana Trump, el multimillonario reaccionario que es un Berlusconi peor y con más poder. Esto es un voto que tiene consecuencias a escala mundial, es decir, para cada uno de nosotros. Conviene pensar en esto sin olvidarlo y yendo más allá de la consternación.
La política actual demuestra por enésima vez que frente a dos alternativas pésimas tiende a vencer la peor. Esta es la única democracia que conocemos, la única posible. Las protestas, las rebeliones, las oposiciones por sí mismas no tienen ninguna posibilidad de cambiar cualitativamente las cosas. Porque se mueven dentro del marco existente. Porque se unen en torno a la negación de algo sin proponer una alternativa de conjunto positiva y clara. Porque se refieren a las reivindicaciones materiales más urgentes e ignoran las necesidades más profundas.
En cambio, es más que nunca necesario y posible volver a partir de las exigencias esenciales y de las características humanas mejores. Podemos reconocernos como personas y dejar de alienarnos como súbditos, podemos cambiar las relaciones interindividuales saliendo de la jaula de las relaciones coactivas, podemos afirmar una nueva idea y práctica de comunión basada en valores morales sustrayéndonos de los contravalores estatales dominantes.
Podemos reflexionar y luchar preparando la manifestación del 25 de noviembre para decir sí a la libertad de las mujeres, que es la libertad de todos, y hacer frente a la violencia que las golpea y empeora la vida de todos.





