Nadie nace siendo una isla. Antes de construir una identidad propia aprendemos a existir a través de los demás. Somos porque alguien nos cuida, nos alimenta, nos protege y nos enseña a habitar el mundo. Nuestra primera experiencia vital no es la competencia, sino la interdependencia.
A medida que crecemos desarrollamos conciencia de nuestra individualidad y construimos una identidad propia, pero nunca dejamos de formar parte de algo más grande que nos sostiene. La autonomía personal, tan reivindicada en nuestras sociedades contemporáneas, no deja de ser una conquista apoyada sobre una red inmensa de vínculos, cuidados, trabajos y relaciones humanas sin las cuales ninguna vida podría sostenerse. Quizá por eso existe un sentido común profundo, anterior a cualquier ideología, que nos recuerda que dependemos unos de otros y que la cooperación y el apoyo mutuo son tan naturales para nuestra supervivencia como el conflicto o la competencia.
Las tensiones, los conflictos, las relaciones desiguales de poder y las violencias que de ellas se derivan también son naturales y comunes. La madurez social de un colectivo se podría medir en función de cómo se abordan esas tensiones: si desde el interés de cada individuo o bien desde el compromiso, libremente elegido, de dotarse de principios consensuados y herramientas colectivas que aseguren el bienestar de todas las personas que lo integran y de su entorno.
Hemos transitado mucha historia, mucho dolor y alguna luz. En la más reciente, una vez neutralizado el mayor riesgo del capitalismo con el frágil consenso de un estado del bienestar que hemos cargado a las espaldas de numerosos patios traseros, el neoliberalismo ha ido horadando todo lo que hemos podido construir desde los valores humanistas, universales y de clase. A día de hoy, todo lo luchado y construido desde lo organizado y lo colectivo está más cuestionado que nunca.
Conquistadas las conciencias individuales para desmontar la colectiva, la ultraderecha es la enésima herramienta de este sistema para huir hacia adelante en un contexto de imposibilidad de crecimiento económico ilimitado y de crisis ecológica y climática galopante.
Con el terreno abonado y fértil, la ultraderecha es el ariete que instala, a golpe de legitimación institucional y mediática, el discurso del miedo y pervierte el sentido común convenciendo de que la individualidad, la desigualdad, los privilegios y la sumisión al más fuerte son el nuevo fin de la historia.
El resultado es una sociedad cada vez más fragmentada, donde la necesidad humana de pertenencia busca refugio en identidades cada vez más pequeñas y particulares. En ausencia de proyectos compartidos capaces de explicar el mundo y ofrecer horizontes colectivos, cualquier identidad propia puede convertirse en un espacio de reconocimiento y seguridad.
En este estado de las cosas, todo lo que resuene a identidad propia —territorial, cultural, racial, religiosa, virtual o de cualquier otra naturaleza— y a darle prioridad frente a la identidad universal, colectiva y de clase, es garantía de éxito tanto en la batalla cultural como en la electoral. Tanto a la derecha como a la izquierda. No porque esas identidades no existan o no sean legítimas, sino porque el sistema ha aprendido a gestionar mejor la fragmentación que la construcción de comunidades amplias capaces de cuestionar las relaciones de poder existentes.
Tiempos difíciles para el humanismo, el internacionalismo, el feminismo, el ecologismo y la lucha de clases. Sin embargo, como siempre, ahí radica el camino más potente y esperanzador para diluir la ola fascista internacional y remontar la construcción de esa gran vida común que acoja la dignidad, los derechos y toda la riqueza y potencial de diversidad que cabe en cada identidad individual y colectiva.
El reto nunca ha sido eliminar las diferencias, sino ser capaces de reconocernos en aquello que compartimos. Recuperar la conciencia de comunidad, reconstruir los vínculos colectivos y volver a situar la cooperación, la solidaridad y la justicia en el centro de nuestra vida política sigue siendo la mejor herramienta para enfrentar un tiempo que nos quiere aisladas, enfrentadas y solas.




