La opinión pública a favor de Palestina y un genocidio en marcha

Falta apenas un mes para que se cumplan dos años del inicio de la nueva etapa en el exterminio del Pueblo palestino que perpetra el estado terrorista de Israel. Varias han sido las fases por las que ha pasado la opinión pública occidental. Desde la condena a la resistencia por la acción del 7 de octubre, pasando por la equidistancia y la doble responsabilidad -acuérdense del Hospital Al-Ahli que supuestamente bombardeó la Yihad Islámica Palestina- y parece que nos encontramos por fin en la de una condena casi unánime. Decenas de miles de muertos, bombardeos sistemáticos contra escuelas, disparos a …

Víctor Benedico Güell

Falta apenas un mes para que se cumplan dos años del inicio de la nueva etapa en el exterminio del Pueblo palestino que perpetra el estado terrorista de Israel. Varias han sido las fases por las que ha pasado la opinión pública occidental. Desde la condena a la resistencia por la acción del 7 de octubre, pasando por la equidistancia y la doble responsabilidad -acuérdense del Hospital Al-Ahli que supuestamente bombardeó la Yihad Islámica Palestina- y parece que nos encontramos por fin en la de una condena casi unánime.

Decenas de miles de muertos, bombardeos sistemáticos contra escuelas, disparos a quemarropa contra periodistas, miembros de organizaciones pertenecientes a la ONU asesinados y la hambruna generalizada como el último y desgarrador argumento que ha hecho que cambie la percepción pública del conflicto. La realidad siempre se impone y más cuando es así de cruda. La guerra de propaganda, su “hasbará”, la han perdido. ¿Pero es este cambio en la opinión pública suficiente para parar la barbarie?

Hoy, ahora mismo, casi dos millones de personas, niños, enfermos, heridos y personas mayores incluidas, están muriendo de hambre entre explosiones y las orugas de los Merkava que pasan por encima de los escombros de lo que un día fue su hogar. Hoy la pregunta que se hace nuestra sociedad no es si se condena a Hamas. La duda es si el sionismo ha llegado al nivel de terror de los nazis.

Y yo me atrevo a afirmar que sí. La industrialización de la muerte en los campos de concentración, empleando la máxima expresión del desarrollo tecnológico de los años 40 como fue la cadena de montaje, es comparable a la aplicación sistemática de la IA para seleccionar objetivos, al uso de drones para controlar a la población civil y en general la aplicación de los mayores avances científico-técnicos del siglo XXI para la aniquilación. Es más, la enajenación de la sociedad israelí -si a ese monstruo se le puede llamar sociedad- de cualquier mínimo rastro de humanidad y la ostentación y publicidad de la barbarie los hace no igual sí no peores a los fascistas. Los nazis ocultaron la solución final, los sionistas exhiben en redes sociales su putrefacción moral.

Sin embargo, estancarse en esta pregunta no tiene en sí mucha aplicación práctica más allá de elegir el nivel de indignación; que puede conducir al sentimiento individual de culpa tan inútil políticamente. Hay que responder a la pregunta y avanzar, formular la siguiente. Y si respondemos que son igual que los nazis, ¿no está legitimada toda acción para parar la barbarie? ¿No deberíamos pasar de luchar por un relato que ya tenemos ganado a exigir otras medidas? Desde embargos de armas, a la financiación de la resistencia palestina, pedir a nuestros Gobiernos el aislamiento absoluto diplomático del estado genocida o el bloqueo total de su economía e incluso una intervención militar de una coalición internacional.

La derrota de la narrativa imperialista y sionista no para el genocidio. La indignación moral tampoco, aunque ayude a potenciar el apoyo popular a estrategias que sí hagan daño como la campaña de Boikot, Desinversiones y Sanciones. La victoria de la idea solo es el primer paso. Ahora la lucha debe viajar a otro terreno. A los túneles y las ollas con explosivos, a los puertos y a los estrechos por donde pasa el comercio que alimenta la máquina de la muerte. A la economía y a lo militar. A lo tangible, a la cruda realidad que queda una vez se evapora el frágil velo de los relatos.

La capacidad para hacer lo que se quiere, sea ganar una huelga o exterminar a un pueblo, se llama poder. Siempre es uno y se demuestra ejerciéndolo. Y nace de la boca del fusil dijo Mao. Hay que conocer al señor que tiene un retrato en la entrada de la Ciudad Prohibida de Pekín, donde por cierto hace unos días se dio un paso importante en la conformación de una nueva comunidad internacional. El poder no se derrumba de repente cuando tiene en contra la opinión pública. El concepto de hegemonía mal concebida -cuanto daño han hecho las revisiones posmodernas de Gramsci- plantea que este solo es persuasión y una vez esta es derrotada, este cae. Intelectuales y académicos, con pocas y honrosas excepciones, llevan décadas planteando que el poder es básicamente discurso, palabrería, letras vacías. La historia y el genocidio en Palestina demuestran que la hegemonía no solo trata de mantenerlo con persuasión, si no tener también la capacidad de sostenerlo por la fuerza. Cuando la propaganda mediática pierde credibilidad todavía quedan los F-16 y los misiles guiados. El golpe a Allende, nuestra Guerra o tantos otros ejemplos ilustran clara y dolorosamente este hecho.

Cuantísimo se ha acusado al Socialismo de su falta de humanidad. Cuantas mentiras y tergiversaciones elaboradas meticulosamente para construir la idea de que el capitalismo y la democracia liberal era el mejor sistema posible y el más humano. Mucho, muchísimo ha insistido el capitalismo en que el socialismo no puede tener rostro humano. Pero ha llegado el momento de devolver esa pregunta. Con las pruebas innegables de la barbarie sionista en la mano hay que preguntar a la redacción de El País, al progresismo liberal, a la socialdemocracia -si es que en 2025 aun existe eso-: ¿Puede el capitalismo en su fase imperialista tener rostro humano? ¿Puede la UE, o EEUU o pueden Francia, Alemania, Gran Bretaña, en definitiva, puede el mundo occidental siquiera atreverse a responder a esa pregunta? ¿Pueden afrontar con su legislación o su moral los actos de su brazo armado en Oriente Próximo?

El imperialismo está en una grave crisis. Quizá esté en su fase terminal. Sus herramientas se desafilan y el trampantojo del mundo basado en reglas ya no es creíble. Ya no hay zanahoria, es la hora de los palos. La hora del mantenimiento del dominio imperial por la vía militar, de la fuerza, de la extorsión económica. La hora de recordar las enseñanzas sobre fusiles y el poder del revolucionario chino.

Hemos ganado el relato, la primera victoria es nuestra. Continuemos potenciando su crisis. Hagamos que caiga. Parar el genocidio por cualquier medio que sea necesario es el objetivo. El primer empujón para que el capitalismo y su expresión concreta en nuestros tiempos, el imperialismo genocida, se precipite como peso muerto de la historia. Por Palestina y por la humanidad.

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