Son momentos inciertos. Los mapas políticos y mentales que hemos usado para situarnos se mueven. Europa se rearma bajo las exigencias de un emperador estridente de piel naranja. Se da por concluida la etapa de “la globalización” por economistas de la academia. Nadie hace caso a las instituciones internacionales. Nuestro país está al mando de un Gobierno que se dice progresista y plantea el mayor aumento de gasto militar desde nuestra guerra. Los salarios no dan para vivienda, y apenas para sobrevivir y todo parece sostenerse en un delicadísimo equilibrio. Faltan nuevas cartas de navegación, herramienta marinera de orientación que trazaba rumbos y rutas fijándose en las estrellas, que como sus predecesoras puedan ayudar a construir nuevos mapas.
Cualquier persona con un mínimo de interés por lo que pasa en nuestro planeta reconocerá que el nudo en estos tiempos de incertidumbre es el auge de China. Estamos viviendo los inicios de un terremoto económico, cultural y político difícil de medir. No solo es un giro en la política y la economía mundial basadas en el orden mundial emanado de la Segunda Guerra Mundial, es un cambio de siglos. Por primera vez en 500 años, siglo arriba siglo abajo, el viejo continente y sus hijos legítimos no ostentan el liderazgo en la producción de bienes materiales y el desarrollo científico. Desarrollo de las fuerzas productivas lo llamaba el genio de Tréveris. China, Zhōngguó (中国) en chino significa el estado del centro.
Empezamos a ver cada vez con más asiduidad coches chinos y sus marcas de telefonía ya dominan entre las clases populares. Ciudadanos chinos mantienen el concepto de bar tradicional en nuestros barrios. Al “100 pesetas” -denominación noventera del bazar- se le ha pasado a llamar “el chino”. Sánchez corre a reunirse con el Presidente Xi para hacer frente a los aranceles de EEUU. Cada vez está más presente China en nuestro día a día. Siempre lo ha estado de alguna u otra forma, pues es imposible obviar al gigante aunque esté al otro extremo del continente euroasiático. 1400 millones de habitantes, 38 veces España. 9 millones y medio de kilómetros cuadrados de superficie, 19 veces España.
“Desarrollo y crecimiento no es lo mismo” apuntaba siempre un profesor de jardinería que tuve. “Cuando observéis una planta no os fijéis únicamente en el tamaño. Fijaos si tiene flores, en la presencia o ausencia de plagas, en el brillo del verdor de las hojas, en el grosor y rigidez de los tallos.” El desarrollo de la República Popular China habla por sí mismo. Hace escasos 50 años lograron acabar con las brutales hambrunas que les han asolado periódicamente durante miles de años. Hoy lanzan sin tecnología occidental Inteligencias Artificiales que hacen temblar a los grandes tecno-oligarcas -momento Sputnik lo han bautizado algunos periodistas-. Si la pobreza extrema se ha reducido en el mundo durante el último medio siglo es principalmente por su desarrollo y crecimiento. Se cuentan en cientos de millones de seres humanos los que hoy pueden tener una vida digna gracias a ello. El abuelo o la abuela hervían raíces y cortezas de árboles para alimentarse y el nieto programa misiones a la cara oculta de la Luna. La famosa serie estrenada hace unos meses, y la trilogía de novelas en la que está basada, “El problema de los tres cuerpos” refleja bien este momento de desarrollo.
Los medios occidentales que se rieron y ridiculizaron en documentales la construcción de ciudades “fantasma” en previsión del proceso de urbanización callan hoy ante la más que palpable realidad de los dos mundos. Hoy las metrópolis chinas generan una imagen de orden, limpieza y modernidad que contrasta con la de Los Ángeles, Baltimore o Filadelfia; ejemplos innegables de la decadencia y miseria de la sociedad capitalista. En 2008 durante las Olimpiadas de Pekín la propaganda occidental atacó sin piedad a la sociedad y el gobierno chinos por los elevados niveles de contaminación en sus ciudades. Hoy China es pionera en vehículos eléctricos y principal productor del mundo de molinos y placas solares. La mitad de los proyectos de energía renovable del mundo están planificados en el país. Según sus planes en 2060 tendrán una economía completamente “descarbonizada”.
Y algún día nos tocará reflexionar como sociedad sobre la eficacia y eficiencia en el control de la pandemia de COVID en Wuhan por parte del sistema chino en comparación con nuestras idealizadas democracias liberales.
Mientras en occidente la sensación general es la de fin de época, de fin los buenos tiempos, de fin de los valores que regían nuestras sociedades; de miedo y de incertidumbre. En China los esfuerzos de desarrollo y planificación bajo otros criterios comienzan a dar sus frutos.
Algunos que añoramos una gran potencia socialista para que al menos los imperialistas se lo piensen dos veces antes de sembrar la guerra, el hambre y la pobreza por el mundo; tenemos que reconocer que China no es exactamente eso. La República Popular China no es la Unión Soviética. El socialismo de características chinas concibe de una manera diferente el universalismo del marxismo y del comunismo europeos. No fundará hoy el Partido Comunista de China una nueva Internacional. Aun así, es el enemigo sistémico en palabras de la OTAN. En su concepción siguen siendo un país en vías de desarrollo, del Sur Global y como tal se comportan internacionalmente. La Nueva Ruta de la Seda es otra forma de entender las relaciones internacionales, basadas según ellos en el win-win -ganar-ganar-, que aspira al desarrollo del conjunto del globo a través de relaciones económicas entre iguales. Sin que las formas de gobierno o la cultura entren en el libro de cuentas. Con todas las críticas que se pueden hacer al respecto hay que reconocer que al menos su política no es la del sheriff americano. China no bombardea población civil, no defiende a genocidas, no siembra guerras por petróleo y no tiene cientos de bases militares por el mundo para asegurar los beneficios de sus empresas. No disparan antes de preguntar, negocian.
En este contexto de retroceso de derechos, de pérdida de nivel adquisitivo para la clase trabajadora, de debacle moral de occidente, de auge del pensamiento mágico y retroceso también del método científico, de auge de las conspiraciones e integrismos religiosos; China propone un modelo de progreso. Ese concepto tan socialista aniquilado por posmodernos y reaccionarios. Por primera vez desde la caída del Bloque Socialista hay otro relato. Hay otra forma de comprender las relaciones internacionales, la economía y la sociedad -el mérito, la capacidad y las necesidades- que disputa seriamente la hegemonía a la civilización capitalista occidental. De momento este combate global lo está dando China por la vía del ejemplo: sin intervenciones militares, ni financiación de oposiciones internas, sin un Hollywood, sin ofensiva cultural.
Vendrán debates sobre si China es socialista o no en la izquierda europea y sobre el acercamiento a la potencia asiática, debates sobre su sociedad. Yo no sé si China es socialista, tampoco creo que seamos los occidentales quien lo tengamos que definir. Yo lo que deduzco de estos momentos inciertos es que el Partido Comunista Chino tiene un plan para domesticar la bestia capitalista.
Europa no es el centro del mundo y el sol, nuestra estrella, parece que siempre sale por el este.





