'La Isla Mínima' se alza con diez Goyas de los 17 a los que aspiraba pese a no ser una cinta redonda

Hay que reconocer que este año la ceremonia del cine español estuvo marcada por el acento andaluz y, justamente, la película del sevillano Alberto Rodríguez discurre en una localización que es una suerte de personaje más -un rodaje de ocho semanas que transitó en Isla mayor, Las Cabezas de San Juan y las marismas del Guadalquivir-.

Fotograma de La Isla Mínima.
Fotograma de La Isla Mínima.
Fotograma de La Isla Mínima.

Hay que reconocer que este año la ceremonia del cine español estuvo marcada por el acento andaluz y, justamente, la película del sevillano Alberto Rodríguez discurre en una localización que es una suerte de personaje más -un rodaje de ocho semanas que transitó en Isla mayor, Las Cabezas de San Juan y las marismas del Guadalquivir-.

Que el título de la cinta sea ese lugar ya nos transporta a la importancia del mismo. Pero esta fiebre del gentilicio que se sucedió en las salas en el pasado 2014 solo parece tomar el relevo de aquello de lo que siempre parece hablar el celuloide de este país, la memoria histórica.

Supongo que Alberto Rodríguez y Rafael Cobos (firmando por cuarta vez un trabajo en sociedad), gestaron este guión pensando en evolucionar de aquella fórmula de la guerra civil tan vista y se trasladaron a la Transición. La idea, de partida, es buena. Dos Españas representadas en dos personajes antagónicos, la España negra y la nueva, destapada y progresista. Pero cada una tiene sus complejidades y se hacen visibles en lo enrevesado de estos personajes, que de opuestos que son, terminan por parecerse.

Sí, la idea es buena, y, además, cuenta un thriller trepidante con una destacable narrativa, tanto de guión como técnica (planos cenitales imposibles, y una fotografía maravillosa). Pero hay un pero, y como toda historia, si no tienes un buen desenlace, pierdes el todo. Para que una historia sea redonda, debe haber un tercer acto que cierre todas esas tramas y subtramasabiertas en los dos primeros, y es algo que Alberto Rodríguez, pese a tener su Goya en casa a mejor director, no supo resolver. Mete más piezas de las que encaja. ¿De qué sirve plantear una historia a lo True Detectivesi no vas a justificar las acciones de los “malos”? Y en eso flaquea La isla mínima, en dejarte frío, en tener un recorrido muy íntimo, pero un final gélido.

Algún secundario que abre tramas sin cerrarlas resulta ridículo: una suerte de pitonisa que no sabes si es o no genuina, exagerando un paletismo forzado que aparece para aportar una resolución que al final no es nada. Y finalmente, ese clímax sin explicaciones ni motivaciones, apresurando la entrada al tercer acto con un epílogo ambiguo. Sí, la ambigüedad se palpa durante toda la cinta y no es deleznable, pero a veces el espectador necesita cierres, que haya un sentido a todo el camino que hemos recorrido junto a Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, que efectúan un trabajo cautivador -el primero consigue una sutileza que supera el trabajo de Arévalo-.

Y esas preguntas abiertas que no consiguen ser cerradas, pese a que su director sostenga que fue intencional, a mí me parece una suerte un intento de McGuffin que no termina de quedar claro.

Y pese a todo, parece que las críticas negativas han sido más mínimas que la Isla donde se desarrolla. El boom mediático, tan de la mano con una productora multinacional americana denota ese “hasta en la sopa” del que estamos acostumbrados, pero hay que reconocer que quizás solo haya algo peor a que las piezas no encajen y es Jesús Castro, el nuevo “niño” Mario Casas que, en esta cinta, solo tiene una mirada magnética y cero aptitudes interpretativas.

Marcada por esos galardones a la tercera película con más Goyas de la historia, la ceremonia también destacó por la denuncia. Las protestas de los afectados por la hepatitis C, RTVE y Coca-Cola, y manifestaciones de colectivos de figurinistas y los de la limpieza de Madrid Río, además de la reivindicación del presidente de la Academia de Cine respecto al “maldito IVA” y la necesidad de reducirse para no acabar con la cultura.

Diez es un número que no puede pasarse por alto, y quizás yo esté pecando de ser una purista del séptimo arte en donde espero que algo que aparente realismo tenga todo el sentido del que hace gala. Pero esto es una crítica y, por tanto, una opinión.

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