La ciudad como escenario, Zaragoza como negocio

El gobierno de PP y Ciudadanos en el Ayuntamiento de Zaragoza concibe la ciudad como un escenario. Detrás de los tulipanes, las “ideas” sobre la Lonja, el diseño de supermanzanas en zonas no prioritarias, la rehabilitación solo de las plazas que se encuentran en el centro de la ciudad, las enormes y caras figuras de la Virgen del Pilar a modo de photocall florido, las residencias para pijos y los proyectos de sanidad privada abren paso a un modelo de negocio que apuesta por el turismo como solución disfrazada de oportunidad, como si estuviésemos a mediados de los 60 y …

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Photocall en Zaragoza. Foto: Pilar Vaquero.

El gobierno de PP y Ciudadanos en el Ayuntamiento de Zaragoza concibe la ciudad como un escenario. Detrás de los tulipanes, las “ideas” sobre la Lonja, el diseño de supermanzanas en zonas no prioritarias, la rehabilitación solo de las plazas que se encuentran en el centro de la ciudad, las enormes y caras figuras de la Virgen del Pilar a modo de photocall florido, las residencias para pijos y los proyectos de sanidad privada abren paso a un modelo de negocio que apuesta por el turismo como solución disfrazada de oportunidad, como si estuviésemos a mediados de los 60 y no hubiéramos aprendido nada.

El turismo moderno fue visto, en sus orígenes, como una herramienta capaz de generar economía y empleo, pero el tiempo ha puesto sobre la mesa que la turistificación tiene importantes impactos sociales, culturales y medioambientales y ni siquiera sus beneficios pueden ser defendidos sin más, porque ¿cuánta riqueza genera el turismo, a quién le llega y qué empleo genera?

Esa riqueza ni se queda ni se reinvierte a las zonas de donde se obtiene. Es otro sector extractivo que obvia los costes que acarrea y que, de la mano de la acumulación, filtra sus beneficios a través de complicadas ingenierías financieras. Un modelo de negocio en el que el empleo que se crea es precario y externalizado, valga como ejemplo el sector de las Kellys.

En ciudades tradicionalmente turísticas como Barcelona o Palma, el turismo es ya una de las principales preocupaciones de los vecinos y vecinas, porque cuando las viviendas, los servicios, las instalaciones y los comercios pasan a orientarse y concebirse pensando más en el turista que en los residentes, éste genera un gran impacto sobre la economía y la vida de quienes habitan estos espacios. Se produce una competencia voraz entre vecinas y turistas, que compiten por el espacio urbano, en una batalla en la que todas sabemos quién tiene las de perder.

El crecimiento de la oferta de vivienda turística, demasiadas veces, opaca, incide profundamente sobre los precios del alquiler, ya altos en una ciudad universitaria como la nuestra. Una consecuencia directa es la sustitución del comercio tradicional de productos frescos, de ropa, menaje de hogar, libros…, por ese otro comercio orientado al visitante: comida elaborada, alcohol, ropa de diseño, souvernirs, etc,. Un comercio que, en su mayoría, está en manos de cadenas internacionales que ni producen ni cotizan aquí.

Ese tipo de turismo, del que muchas ciudades del norte llevan ya años huyendo, provoca la salida de los vecinos de los barrios tradicionales para crear espacios de negocio al estilo de un parque temático. Generan escenarios donde la riqueza se concentra de forma desproporcionada, el dinero público se destina ahí de forma prioritaria (pongamos la ciudad bonita para los turistas mientras los barrios obreros no reciben ni un solo euro), destruye las comunidades humanas, arquitectónicas, urbanas, y convierte a los que deberían ser los verdaderos protagonistas, en figurantes de ese escenario.

Las ciudades como negocio. Las ciudades valoradas en función de su rentabilidad hacia el inversor. Zaragoza camina, empujada por su gobierno municipal y sus políticas de derechas, hacia ese escenario.

Claro que me gustan las flores, y reconozco haberme hecho la foto sujetando la torre de Pisa o frente a las letras de Gijón, incluso antes de Instagram, pero quiero vivir en mi ciudad, quiero mis calles vivas, mis barrios diferentes, las tiendas de siempre, las plazas con niños y niñas, los parques para descansar de tanto encierro, la Lonja para aprender y disfrutar del arte en la mejor sala pública de la capital. También quiero vivir, encontrarme, disfrutar de cosas grandes y pequeñas y dar la bienvenida a quienes vengan a visitarnos siempre que eso no suponga que mis hijos no puedan pagar un alquiler, que ya nadie viva en el Casco Viejo, que todas las camisetas vengan de muy lejos, que los tornillos haya que comprarlos de mil en mil o que no queden más madejas que las que se sirvan en bandeja de plástico con dibujos de cachirulos e instrucciones en japonés.

Sólo una ciudad que pone a sus vecinos y vecinas en el centro será una ciudad de vida y futuro, lo otro es un simple oropel, una batalla tan estéril como la competición por las luces de Navidad.

Apostemos por un proyecto de ciudad que no sea la ciudad como negocio que están dibujando las derechas del Ayuntamiento de Zaragoza. Una capital que permita la creación de riqueza social, soporte imprescindible para el desarrollo de cada proyecto de vida real, una ciudad que invite al paseo, a visitar sus mercados, disfrutar de los barrios, en la que moverse de forma sostenible, en la que empaparse de cultura, que presuma de su calidad educativa y de su sistema sanitario, del respeto al entorno y a la diversidad. Y, así, quien venga a visitarnos también quedará con esa sensación placentera, porque no será un escenario preparado, será real.

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