Kurdistán: Un pueblo en la sombra

Chiíes, suníes y kurdos fueron forzados a convivir en Iraq tras el reparto de Oriente Medio por parte de Francia e Inglaterra. Desde entonces estas tres fuerzas se disputan el poder de un país fragmentado y devastado, pero rico en petróleo. Reportaje | Hiwa Musa tiene 32 años. Estudió Ciencias Políticas y vive en Suleimaniya, la capital cultural del Kurdistán iraquí y sede de la primera universidad de la región. Aparentemente lleva una vida normal. Es profesor de idiomas y poeta, pero sobre su espalda pesan cuatro intentos fallidos de fuga. La primera vez que lo deportaron fue en 2005, …

40 millones de kurdos viven repartidos entre Siria, Turquía, Iraq e Irán y una pequeña parte de Armenia. Son el mayor pueblo sin Estado del mundo. Foto: Marta Gimeno

[caption id="attachment_47940" align="alignright" width="300"]40 millones de kurdos viven repartidos entre Siria, Turquía, Iraq e Irán y una pequeña parte de Armenia. Son el mayor pueblo sin Estado del mundo. Foto: Marta Gimeno 40 millones de kurdos viven repartidos entre Siria, Turquía, Iraq e Irán y una pequeña parte de Armenia. Son el mayor pueblo sin Estado del mundo. Foto: Marta Gimeno [Galería fotográfica de Marta Gimeno y Jorge Rodríguez][/caption]Chiíes, suníes y kurdos fueron forzados a convivir en Iraq tras el reparto de Oriente Medio por parte de Francia e Inglaterra. Desde entonces estas tres fuerzas se disputan el poder de un país fragmentado y devastado, pero rico en petróleo.

Reportaje | Hiwa Musa tiene 32 años. Estudió Ciencias Políticas y vive en Suleimaniya, la capital cultural del Kurdistán iraquí y sede de la primera universidad de la región. Aparentemente lleva una vida normal. Es profesor de idiomas y poeta, pero sobre su espalda pesan cuatro intentos fallidos de fuga. La primera vez que lo deportaron fue en 2005, cuando trataba de llegar a Budapest; luego en Italia, en 2006, y seis meses después en Estambul.

Hiwa quería escapar de Iraq a toda costa y al poco tiempo viajó hasta Duhok (una de las tres regiones que conforman el Kurdistán iraquí y que separa el norte de Iraq de Turquía) para intentarlo de nuevo. “Nuestra idea era cruzar la frontera a pie. Nos alojamos en un pequeño hotel y teníamos que ponernos en marcha a las cuatro de la mañana, pero el dueño del hotel debió de sospechar algo y llamó a la policía. Llegaron y nos detuvieron”, recuerda con frustración.

Fue justo en ese periodo, 2005-2006, cuando Iraq registró el mayor pico de mortalidad de los ocho años que duró la ocupación estadounidense. En esa etapa, según el estudio Mortality in Iraq Associated with the 2003-2011 War and Occupation realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Washington, morían 766 personas a la semana por culpa del conflicto (el 72,6% a causa directa de la violencia).

Hiwa no fue el único que trató de cruzar así la frontera, miles de iraquíes lo intentaron ya durante la  guerra Iraq-Irán (1980-1988) y durante la del Golfo (1990-1991). En esta ocasión el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó la invasión de Iraq tras la anexión de Kuwait por parte del régimen de Sadam Husein. Detrás de todo volvía a estar el petróleo. Las severas sanciones impuestas al país y el embargo económico se dejaron notar durante más de una década.

Bamo, otro kurdo-iraquí de treinta y tres años, tuvo la misma suerte. Le cazó la policía en Grecia y le deportó a Iraq. Desde hace algo más de un año trabaja como diseñador en la Dirección de Cultura y Artes de Darbandikhan, organismo dependiente del Ministerio de Cultura del Kurdistán.

Bamo es un tipo raro, siempre ausente. Su rostro, envejecido y abatido, es un fiel reflejo del conflicto que ha sufrido y sufre el pueblo kurdo, siempre en la sombra. Su inglés es bueno, así que en 2011 consiguió un puesto como intérprete en un programa de desminado que respaldaba la ONU. Su labor se centraba en recibir las órdenes en inglés y traducirlas al kurdo y al árabe. Indicaba a los trabajadores cómo maniobrar y por dónde moverse durante las tareas de desminado.

“Un día -recuerda- estaba dándole órdenes a uno de los operarios cuando escuché una explosión. Después sólo hubo silencio. Intenté comunicarme con él, pero no hubo forma; cuando llegamos al lugar estaba muerto”.

A raíz de la muerte de Osama Bin Laden, en mayo de 2011, la situación volvió a empeorar en Iraq. El brazo iraquí de Al Qaeda anunciaba una campaña de cien atentados para vengar su muerte.

“Los programas de desminado de la ONU estaban funcionando. Se limpiaron muchas zonas, pero ese año, todos desaparecieron. Decían que era peligroso trabajar aquí, hubo una serie de atentados y se marcharon. Nos dejaron solos”, explica.

La guerra terminó pero las minas siguen destrozando familias. Causan heridas de por vida, impiden cultivar y acceder a las tierras de labranza, socavan la libertad de movimiento y obstaculizan la puesta en marcha de cualquier programa de desarrollo.

Cruzarse con niños y adultos mutilados es el pan de cada día en Iraq, que según datos de UNICEF y PNUD, es uno de los países del mundo con mayor número de concentración de minas antipersona y otros explosivos remanentes de guerra. Organizaciones como UNICEF, PNUD o la ONG Human Rights Watch, calculan que hay millones de ellas diseminadas a lo largo y ancho del país. Porque el minado viene de lejos, son también el legado de otras guerras.

La Misión de Asistencia de Naciones Unidas en Iraq (UNAMI) presta su apoyo y financia buena parte de los proyectos para la Reducción de Minas. Este año se han comprometido algo más de 13 millones de dólares para programas de educación, prevención y acción integral contra minas, según consta en el programa Mine Action de la ONU.

Son muchos los países que han dado financiación, pero el trabajo a pie de campo lo siguen realizando ellos, los afectados, junto a compañías privadas, miembros del ejército y organizaciones no gubernamentales.

Buena parte de los iraquíes siguen culpando a los kurdos de haber colaborado con Estados Unidos durante los años de la ocupación, aunque lo cierto es que también fue algo traumático para ellos.

Son las grandes potencias mundiales, con Estados Unidos a la cabeza, las que han creado ese clima de constante confrontación que se respira en Iraq. No hay que olvidar que fueron ellos y países europeos, como Alemania, quienes proporcionaron al régimen de Sadam Husein las armas químicas con las que se bombardeó la ciudad kurda de Halabja en 1988. En dichos ataques 5.000 kurdos-iraquíes perdieron la vida y más de 8.000, la mayoría civiles, resultaron heridos.

“Los kurdos no somos musulmanes, somos yazidistas; pero los islámicos nos ocuparon y cambiaron nuestra religión y nuestro modo de vida”, explica Karwan Ali Shamar, un joven kurdo de 25 años hijo de guerrillero. Su padre, profesor, dejó las aulas para sumarse a la guerrilla que combatía al régimen de Sadam. “La situación de mis padres no fue fácil. Primero tuvieron que lidiar con el régimen, no se podía ni hablar kurdo, y después con la guerra civil. Pero gracias a ellos he podido terminar mis estudios e ir a la Universidad”.

Karwan estudió Sociología y, como era uno de los mejores de su promoción, consiguió una beca para  hacer un máster en España, en Granada. “El gobierno kurdo da becas a los mejores estudiantes. Cada uno es libre de elegir el país. Todo el mundo elige Londres, pero yo preferí ir a España porque me interesaba su historia”, comenta.

Recibía 1200 euros al mes y además, el gobierno le pagaba dos billetes de avión al año. Eso sí, a la vuelta debía devolver el favor trabajando durante tres años para el Estado.

En su tesis fin de máster abordaba la situación de las mujeres iraquíes. “Con Sadam todo, excepto una cosa, iba peor. Había dictadura sí, pero las mujeres vivían mejor. La ley les protegía. Ni se les podía golpear, ni se les imponía ninguna vestimenta, no tenían que ir tapadas por obligación y ejercían la profesión que habían estudiado. Ahora -asegura- eso no pasa y la culpa es de los gobiernos islamistas que ostentan el poder desde 2005”.

Es cierto que las mujeres kurdas no están obligadas a llevar velo, pero en la mayoría de los casos son las familias las que eligen a sus maridos. Las chicas no pueden beber, ni fumar, ni salir a pasear de la mano con sus novios; ni siquiera un hermano puede besar a su hermana en la calle, tiene que hacerlo en casa. No se las ve en los cafés, ni en los restaurantes, sólo en los mercados y en los velatorios. Es como si no existiesen.

El Kurdistán iraquí es una región autónoma, un territorio más o menos independiente reconocido tanto por el gobierno de Iraq como por la ONU. Tiene su propio ejército, patrullas fronterizas, un sistema educativo diferente y una relativa paz que se ha traducido en mayor desarrollo económico que en el resto del país. Tiene las más bajas tasas de pobreza y el más alto nivel de vida de Iraq.

En ciudades como Suleimaniya o Erbil, la capital, hay modernos aeropuertos, hoteles, museos e incluso rascacielos; pero a vistas de un occidental todo parece devastado. La región entera está por construir.

El Kurdistán es un territorio rico en petróleo y la relativa seguridad de la que presume, le ha permitido cerrar importantes contratos con empresas y gobiernos extranjeros. Es el caso de Estados Unidos que canjea armamento, tecnología, coches y helicópteros por crudo y una posición geoestratégica inmejorable. El gobierno obtiene enormes sumas de dinero por el petróleo, pero eso no se ve reflejado en las infraestructuras, en los servicios o en las prestaciones que reciben los ciudadanos. “Nadie sabe a dónde va ese dinero”, denuncia Shuan Mohammed Abid Ali.

Desde que el Kurdistán obtuvo la semi-independencia en 1991 dos partidos se han disputado el poder, el Partido Democrático del Kurdistán (PDK) liderado por Massoud Barzani y la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK) de Jalal Talabani. La disputa entre ambos se zanjó tras una guerra civil y la adopción de un acuerdo entre ambas formaciones que les ha permitido repartirse el poder hasta la fecha. Pero las cosas están cambiando y la indignación del pueblo kurdo se ha dejado notar en los últimos comicios celebrados el pasado mes de septiembre. Volvió a ganar el PDK (38 escaños), pero un nuevo partido, con apenas cuatro años de vida, el Movimiento Gorran (24 escaños), logró desplazar a la UPK (18 escaños) a la tercera posición.

“Votamos a la oposición porque estamos hartos del gobierno y de la corrupción”, explica Shuan.

Hace seis meses Shuan intentó entrar a trabajar como traductor en una importante compañía petrolera en la región. “Me dijeron que si quería trabajar para ellos, debía afiliarme al PDK y apoyar al presidente en las elecciones”. Según cuenta, todo aquel que quiere trabajar en sectores que dependen del gobierno, como hospitales, escuelas o empresas públicas, ha de darle su apoyo manifiesto.

“El presidente Massoud Barzani y su familia controlan la mayoría de los negocios del Kurdistán: petroleras, eléctricas, compañías de telefonía y de Internet. Por eso no quieren ceder el poder ni escuchar las protestas del pueblo, porque se les acabaría el chollo”, añade enfurecido.

En 2011, a raíz de la Primavera Árabe, miles de manifestantes kurdos tomaron las calles para exigir un profundo cambio político en la región. “Nos agolpamos en la sede del PDK, la policía nos decía que no tendría ni piedad, ni vergüenza. En Suleimaniya disparaban sin miramientos y en mi ciudad hasta las mujeres y los imanes de algunas mezquitas se unieron a nosotros”. Las protestas continuaron durante meses, hubo violentos enfrentamientos y muertos.

Mientras siguen reclamando la independencia, los kurdos han de hacer frente a las constantes peleas entre chiíes y suníes, y a las amenazas y ataques de grupos vinculados a Al- Qaeda.

En septiembre 6 personas murieron y otras 42 resultaron heridas tras la explosión de un coche bomba cerca de una de las sedes de los Asayish, los servicios secretos kurdo-iraquís en Erbil.

El ataque fue en respuesta al ofrecimiento del presidente kurdo, Massoud Barzani, de apoyar al gobierno de Bagdad para protegerlo de los muyahidines (guerreros santos); pero también como castigo por la ayuda prestada a guerrilleros  kurdos que combaten a las milicias yihadistas del Frente Al Nusra en Siria.

40 millones de kurdos viven repartidos entre Siria, Turquía, Iraq e Irán y una pequeña parte de Armenia. Son el mayor pueblo sin Estado del mundo.

Marta Gimeno | Para AraInfo

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