De izquierdas, exilios y orfandades

Marta lleva en la ciudad solo un mes, poco tiempo para acostumbrarse al frio del cierzo, al acento desconocido que parece una bronca constante, a la comida con ese sabor característico de la oliva, no sabe aun si le gusta o no, pero como dicen acá -es lo que hay-. Salió de casa deprisa, con lo justo, con miedo, con incertidumbre y un dolor en todo el cuerpo que no sabe, ni como pudo seguir de pie. Ese dolor comenzó cuando vinieron las niñas llorando a despedirla, las deja con su mamá, que es pobre, que es buena, sabe que …

Marta lleva en la ciudad solo un mes, poco tiempo para acostumbrarse al frio del cierzo, al acento desconocido que parece una bronca constante, a la comida con ese sabor característico de la oliva, no sabe aun si le gusta o no, pero como dicen acá -es lo que hay-.

Salió de casa deprisa, con lo justo, con miedo, con incertidumbre y un dolor en todo el cuerpo que no sabe, ni como pudo seguir de pie. Ese dolor comenzó cuando vinieron las niñas llorando a despedirla, las deja con su mamá, que es pobre, que es buena, sabe que los cuidará como hizo con ella, sabe que aunque la regañe por andar en las revueltas la entiende, la apoya, sí, pero a veces un halo de reproche le cruza los ojos. Si fuera mejor madre, mejor mujer, si no fuera tan rebelde…

¿Pero cómo no va a entenderla en el fondo?, si cuando empezó a salir lodo de la llave del agua no sabían cómo rayos iban a hacer para seguir con la vida. La opción era comprar agua a unos que llegaron hace poco a la capital, con sus botellas de plástico muy relucientes… ¿pero cómo vamos a comprar agua?, agua para lavar, agua para bañarse, agua para todo.

Entonces vinieron a decir los compadres del pueblo de al lado que había asamblea. Todos se juntaron, estaban también los niños, las abuelas, toditos llegaron y se decidió que sí, que había que ver quién andaba dejando a esos pinches güeros de Canadá hacer hoyos gigantes para sacar el mineral de al lado de su pueblo. Esos pinches güeros, que cogen el agua sin permiso de los dueños legítimos, que para llevarse el mineral destripan la tierra y ensucian el río. Ese río grande, generoso, amable y a la vez bronco que tanto les ha dado: agua, salud, juegos, comidas de familia, diversión, la verdad hasta uno que otro ligue, para que nos entendamos, vida.

Fue bello, comenzó la organización, complicidad, esperanza, fuerza, pero también se fue poniendo fea la cosa, un día amenazas, otros matones pagados por la empresa, marchas, más amenazas, hasta que llegó el cómplice de los güeros: el ejército; gases, disparos, miedo, desaparecidos, palizas.

A ella se le veía mucho, es que grita tanto, piensa tanto, parece como si no tuviera miedo. Más amenazas, ahora sí vienen por ella, por todas las que se notan más, dicen las compas que se vaya que se la van a tronar, que se vaya lejos y ayude a denunciar desde fuera, no queda otra, hay que irse.

En esas está pensando cuando se acuerda de lo que oyó de la boca de los “rojos” de acá cuando escucharon la charla testimonial de su lucha, que dicen que no, que el gobierno que le vende/regala la tierra a los canadienses es muy bueno, que se entere que es de izquierdas, que se vaya a leer, que no tiene un análisis materialista de la realidad (como si no supiera pensar, como si fuera una pendeja). En resumen: que no tiene ni idea, que se calle, que seguro que ha de ser una agente de la CIA intentando un complot contra la verdadera izquierda; y le duele el cuerpo otra vez ¿A quién le platica pues? ¿Quién le dará ese abrazo compañero que tanta falta le hace? ¿La abuela a la que cuida por un sueldo de miseria y se ríe de su hablar? Hace frío en el norte, mucho frío.

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