En el Día Mundial de la lucha contra la depresión, Félix "el Duende" reflexiona acerca de su experiencia con la enfermedad.
Me gusta escribir. El plasmar mis sentimientos en una hoja de papel o como hago en este preciso instante en un ordenador es terapéutico para mí. Lanzo palabras, escupo frases, leo el resultado final y rompo o borro el documento. Profesionales de la salud mental recomiendan realizar lo que llaman "escritura terapéutica". En mi caso tal ejercicio siempre funciona, proporcionándome durante horas, días o semanas un poco de paz interior. Y es que, si me preguntaran qué es lo que más deseo tener, lo que más necesito, diría "calma". Busco calma.
Me gusta la música. En realidad me quedo corto si digo que me gusta, yo amo la música. Me habría encantado y me encantaría saber tocar algún instrumento pero nunca intenté aprender por el miedo a fracasar. Odio ese verbo, "fracasar", y sin embargo lo uso prácticamente a diario cuando miro al pasado o pretendo adivinar mi futuro. Por algún motivo sí me atreví hace mucho tiempo a compartir canciones a través de la radio, poniéndome delante de un micrófono, o trabajando como pinchadiscos. No se me da mal y soy feliz con ello, casi siempre. Hay temporadas en las que guardo mi maleta de discos y silencio mi voz, encerrándome en casa.
Me gusta comer. Siendo niño, al atravesar la puerta principal del colegio, otros compañeros me llamaban "gordo" antes de haber entrado a clase, especialmente si vestía con chándal. Lo recuerdo perfectamente: me veo caminando con la mirada en el suelo haciendo como si no hubiese escuchado nada. Crecí creyendo que esa experiencia no me había afectado pero sí que lo hizo, llegando a desarrollar un trastorno alimenticio que aún padezo. Me gusta comer pero mi relación con la comida es muy complicada. Y me afecta que me feliciten por verme delgado o, peor aún, que me toquen la tripa acompañando el gesto con comentarios del tipo "¡cómo te estás poniendo!".
Me gusta la gente. Disfruto conversando y compartiendo opiniones y anécdotas con amigos y amigas o personas desconocidas. Doy un "buenos días", "buenas tardes" o "buenas noches" acompañando mi saludo con una sonrisa sincera. Creo que caigo bien y muy pocas personas me caen mal. Y, sin embargo, los dos últimos años apenas he socializado porque estoy triste y esa tristeza me lleva a encerrarme en casa y no salir, y el no salir me provoca más pena y me lleva a ingerir "comida basura", y el alimentarme mal me provoca vergüenza y que continúe escondiéndome por temor a que me llamen, sutilmente o no, "gordo", como en mi infancia... Un círculo vicioso y unas cadenas de las que estoy poco a poco liberándome gracias a la ayuda psicológica que recibo.
Me gusta vivir. Mi vida ha estado y sigue estando llena de amor, amor a rebosar. Amor que me han dado y me dan, amor que ofrecí y que ofrezco. Son innumerables los momentos maravillosos que puedo recordar ahora mismo. Sí, una vida estupenda que como todas las vidas también está compuesta de dolor, decepciones, enfermedades, malas decisiones. Si alguien pudiera comparar en una balanza mis diferentes experiencias, las buenas y las malas, me diría que pesan más las buenas, por cantidad y, lo más importante, por calidad. Pero si yo manejara esa balanza imaginaria probablemente el resultado sería totalmente distinto porque mi mente suele otorgar más peso a aquello me resultó traumático. Me gusta vivir pero vivir me resulta en ocasiones algo terriblemente difícil y doloroso, tan doloroso como para haber pensado en tirar la toalla en tres ocasiones.
"No te rindas" es la frase que probablemente te dirán si te encuentras en una situación como en la que me he encontrado yo y de la que aún no me he recuperado totalmente. Si esa frase la completan con un "estoy contigo, a tu lado" ganará en significado e importancia para ti. El comunicar a quien está sufriendo emocionalmente que no está solo/sola es necesario. Al padecer una depresión no esperas que te comprendan, de hecho te convences de que no te comprenden y que no se hacen una idea del infierno que estás atravesando y del que no sabes cómo salir. En esa situación, el recibir apoyo de quienes quieren puede llevarte a otro pensamiento, aunque éste aparezca fugazmente: "no me comprenden pero creen que no estoy bien y no me van a abandonar". Soy muy consciente de que cada proceso personal es único pero, si yo sigo decidido a superar esta enfermedad, y todavía hay ratos en los que me cuesta, creo que tú o tu amiga o tu hermano o tu pareja lograréis superarla también. Agárrate a ese pensamiento: "me van a acompañar". Acompaña a quien te necesita, más que nunca. Busca ayuda psicológica o que te ayuden a buscarla. "Te voy a acompañar", "me van a acompañar". Puedes superar este bache, lo superaremos juntos.
Me gusta escribir. Este texto tal vez no lleve a ninguna conclusión clara pero, una vez más, me ha hecho bien. Tal vez te haga bien a ti, ojalá. Por si acaso decido no eliminarlo esta vez y lo comparto contigo.





