Hambre en Guatemala: "Un golpe directo al corazón"

17 marzo, 2014. 08:00
Foto: Emilio Mateo
Foto: Emilio Mateo

Guatemala es el primer país de América Latina en tasas de mortandad infantil y el tercero del mundo. Durante el otoño de 2012 acompañé a un paramedico del cuerpo de bomberos de Zaragoza y a un enfermero, pertenecientes a la ONG aragonesa, Aduya Guatemala -Aduya significa Ayuda en aragonés-, en sus labores de búsqueda activa de niños y niñas desnutridas en la zona de Corredor Seco, la más afectada por las hambrunas. Guatemala fue un punto de inflexión en mi vida, un golpe directo al corazón y la conciencia. Este es uno de los trabajos que realicé allí.

REPORTAJE | En Europa, un niño de once años pesa 35 kilos. En Guatemala, 20. En este país, el más pobre de Latinoamérica, la desnutrición infantil golpea con fuerza. Viajo a la capital del hambre en Guatemala. La aldea de Chanrayo, distrito de El Progreso, es uno de los lugares donde la desnutrición crónica golpea más fuertemente a los niños y niñas. Se nota. Lo palpas. No hace falta ni siquiera bajarse de la pickup en la que viajo.

Acompaño a dos enfermeros zaragozanos en un proyecto de búsqueda activa de niños desnutridos.

Aparcamos en la puerta de un cobertizo. Su tejado es de uralita. Los de palma desaparecieron del paisaje de los que pueden permitírselo por las plagas de chagas. Las paredes son de cemento. Agolpadas en la puerta nos esperan más de cien personas. En silencio. Pocas te miran. Tienen la vista clavada en el suelo. Todos en silencio. Acabamos de llegar y nadie nos mira. Parecen muertos. Muertos que miran al suelo.

Según UNICEF, en Guatemala cuatro de cada diez niños menores de cinco años sufren desnutrición crónica, la cifra se dispara de manera escandalosa si hablamos de niños indígenas, ocho de cada diez la sufren. Son datos públicos, al alcance de cualquiera, pero lo que me encuentro en Chanrayo no son cifras. La desnutrición infantil provoca graves efectos sobre estos niños y niñas que durarán de por vida: retraso en el crecimiento, menor coeficiente intelectual, retraso escolar, caída del cabello, neumonías... son niños que no juegan, que no ríen. Cuando compartes tu tiempo con niños desnutridos lo que más impresiona es comprobar su pérdida del tono afectivo. Como si no pudieran derrochar sus escasas energías en sonreír.

Comienza la jornada médica, son las ocho de la mañana, todos nosotros hemos llegado en dos pick up por un camino plagado de baches que asciende por la selva, esta selva huele como todas las que conozco a leña mojada y lluvia, pensar eso me reconforta. Una agente de salud toma los datos de los niños y niñas, después son pesados y tallados para, posteriormente, pasar consulta con tres médicos voluntarios guatemaltecos. Al finalizar la consulta recogen los medicamentos prescritos -muestras sobrantes donadas por una ONG italiana-.

La dieta de uno de estos niños consiste en un plato de frijoles y tortillas de maíz, rara vez carne, no hay proteínas, si la familia cría un cerdo lo vende, si cría una gallina, la madre bajará al mercado con ella.

Han pasado tres horas y el silencio sigue siendo sobrecogedor... Cuento más de 80 niños y niñas. Por una vez echo de menos el bullicio que montan los niños en el mundo desarrollado del que vengo. Faltan gritos. Sobra tristeza, llantos. Sobra piel pegada a unos huesos todavía por crecer que se quedarán detenidos por el hambre.

Hay tres perros entre la gente con la piel ulcerada y abierta por la sarna, a uno le falta una oreja. Un hombre con una niña en brazos se acerca a mí y con un tono de voz casi inaudible me agradece la ayuda que les estamos prestando. La pequeña tiene un severo retraso. Babea. Su cabeza cae, se balancea cómo un péndulo, también está desnutrida.

Mi rabia es enorme. Días atrás los dos enfermeros y yo visitamos el hospital de la cabecera del distrito, Guastatoya. Posee un área destinada a desnutrición infantil que se encuentra vacía. Hace una semana ocho campesinos fueron asesinados en Totonicapan por el ejército, mientras realizaban un corte de carreteras, protestando por la subida del precio de la electricidad. Pienso en todo eso mientras contemplo al padre con su niña. El gobierno dice que el ejercito sólo portaba armas antidisturbios. Tres días después reconoce la masacre. Pienso en un Estado que sólo centra sus esfuerzos en proteger a las multinacionales y a las grandes fortunas.

Mi rabia crece.

Quiero decirle a ese hombre con la niña en brazos que no, que todo está perdido, que no hay nada ya que hacer, que la historia la escriben los poderosos con su sangre y el hambre de sus hijos, que vivimos en un mundo en el que abundancia y miseria conviven al mismo tiempo, pero cada uno en su lugar y que, desde el mundo en el que los niños no pasan hambre, no eres asesinado por denunciar una injusticia, así se espera que permanezca.

Hambre y abundancia cada uno en su lugar del planeta.

Tres días más tarde visitamos un centro de desnutrición gestionado por una religiosa, hermana Edna, ella junto a otras cuatro mujeres se encargan de alimentar y cuidar a 35 niños y niñas con la ayuda económica de dos benefactores.

El contraste con el hospital oficial es enorme. Aquí no hay salas vacías, ni colchones para niños con manchas de sangre seca. La pulcritud del centro llega incluso a los peluches. Todo reluce. Cunas, suelo, colchones. La hermana... se multiplica. A pesar de las dificultades, de los recortes en las ayudas, lleva a los niños al hospital cuando enferman, los cuida, busca dinero, juega, los limpia y sobre todo les ofrece una alimentación equilibrada.

Dejamos el centro de desnutrición. Son las diez y el sol cae sobre los campos de maíz y frijoles. Base de la dieta de los campesinos de estas comunidades. Cuando el clima, de normal severo, les niega el agua las hambrunas se recrudecen y son los niños los más afectados. Pienso en esto mientras volvemos a nuestro hotel. Pienso en ese gobierno que mira a otro lado o construye áreas de desnutrición que no dota de materiales, ni de personal. Pienso en las ONG, en la hermana Edna y en los 35 niños y niñas que tienen la fortuna de estar bajo su cuidado.

Sigo en Guatemala con una sensación extraña en el estómago. Guatemala se levanta y acuesta con violencia. Algo que solo sorprende ya al extranjero que viene por primera vez al país. Los hombres armados forman parte del paisaje, los abusos sexuales a las niñas son una lacra silenciosa y cruel, los indígenas y los campesinos siguen sumando muertos en la lucha contra las desigualdades. Me vienen a la cabeza los versos del poeta costarricense Jorge Debravo: "Un millón de niñitos se nos muere de hambre y un silencio se duerme contemplándolos". Pero yo no consigo dormir.

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[Emilio Mateo es fotógrafo y redactor gráfico / http://www.emiliomateo.es/]

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