Divagaciones de viernes noche acerca del modelo de ocio bajo el capitalismo desde la filosofía político-social.
Un viernes cualquiera de tardes, mientras apuro las últimas gotas del segundo tercio, sentado en mi taburete fijo indefinido de la barra del Pottoka, entre el cañero y las tapas veganas, veo un vídeo que acaba de enviarme un amigo en el que José Miguel Villarroya dice: «pues si se va a la cantina hace bien, ya está, puñeta. La gente tiene derecho a divertirse porque el ocio es revolucionario». Son ya las nueve de la noche, me habré gastado alrededor de cinco euros en un par de cervezas. Marcho a casa temprano con la intención de madrugar y hacer algo "productivo" el sábado de mañanas. A la tarde, si no lo hubiesen desalojado, seguramente habría ido con unos amigos a la "kafeta" del CSO Loira para apoyar el espacio. Lo más probable es que acabemos yendo a un espectáculo de monólogos a taquilla inversa en El Refugio del Crápula. De cualquier modo, es de suponer que volveré a gastarme cinco euros o un poco más, quizá, con algo de suerte, en el mismo taburete del Pottoka que el viernes.
De camino a casa, mientras escucho la canción Defiance de Chicharrica en los auriculares, recuerdo una de las últimas clases sobre conceptos políticos del Máster; estudiamos el paso del liberalismo al neoliberalismo y sus diferencias. Probablemente lo más icónico sea el paso de un capitalismo de producción a uno de consumo, en el que la clase obrera deja de ser meramente productora para entrar en la dinámica de las relaciones de producción también como consumidora de aquello que previamente ha producido.
Si adoptamos una perspectiva de análisis marxiana, no todas las profesiones y ocupaciones son productivas ni generan plusvalor como tal. No obstante, esto no significa que se queden fuera de las relaciones de producción y no desempeñen un papel importante en el desarrollo económico de la sociedad. En este sentido el ocio se torna esencial.
Entendemos por ocio –otium– el tiempo que escapa de las obligaciones sociales y económicas en contraposición al negocio –nec-otium–, vinculado a la actividad económica. Como en tantos otros casos la etimología latina resulta infalible. Antes bien, uno de los mayores logros que trae consigo el neoliberalismo, entendido como evolución capitalista del liberalismo, es la disolución total de esta barrera tan evidentemente delimitada durante siglos.
Prácticamente todo nuestro ocio en la actualidad, de una forma u otra, en mayor o menor medida, está intrínsecamente ligado al consumo, lo que permite ser partícipes de la actividad económica a aquellas personas cuyos trabajos no repercuten directamente en ella, integrándolas plenamente de este modo en las relaciones de producción capitalistas.
En ambientes militantes ha sido habitual cometer el error de pensar que un concierto de un grupo afín que toca gratis "por la causa" y una barra con bebida a precios populares para financiar una organización era un modelo de ocio alternativo. Pero nada más lejos de la realidad... Al fin y al cabo esta práctica común simplemente genera una suerte de microcosmos socialista en el que se replica punto por punto el ocio normativo al que nos ha condenado el capitalismo. Así pues, sería algo más parecido a un "consumo consciente" que te permite hacer una reflexión previa y decidir dónde y para qué va a ir destinado tu dinero, aunque perpetuando unas dinámicas de socialización que también merecen ser analizadas.
Y es que actualmente el ocio, hasta en el espacio más concienciado y comprometido, en tanto que reproduce el modelo capitalista, requiere el mantenimiento de una socialización tóxica –bañada en alcohol– que empuja al consumo de drogas, se regodea en los roles de género, promueve conductas machistas con cierta LGBTIfobia, sostiene los cánones normativos de belleza, dificulta la accesibilidad a personas con diferentes tipos de discapacidad, margina a aquellos que tienen mayor dificultad en las habilidades sociales... lo que conlleva, especialmente para los más jóvenes, hacerse a la idea de una socialización errónea y, sobre todo, perjudicial que se mantendrá en el tiempo, en la que, como en tantos otros ámbitos de la sociedad, hay personas de primera y de segunda.
Si nos desplazamos al mundo de la cultura, esta realidad es menos evidente, aunque sí podemos observar con claridad la vinculación directa del consumo cultural con el consumo, como su propio nombre indica. Volvemos entonces a la disolución de la frontera entre ocio y negocio y el consumo consciente que, por supuesto, siempre deja a alguien atrás. Surge en este sentido para las instituciones del Estado burgués la noción de "rentabilidad cultural" que maneja y manipula la cultura como un bien económico en lugar de una necesidad social. Es maravilloso que algunos artistas comprometidos ofrezcan su trabajo de manera gratuita; yo mismo lo he hecho en múltiples ocasiones con mis espectáculos de magia en aragonés. Pero mientras no superemos el capitalismo, no va a poder establecerse como norma; no por una cuestión de rentabilidad, en absoluto, sino por mera sostenibilidad. Determinados sectores han visto una solución viable para esta problemática a través de la subvención pública, pero si esto fuese realmente así, debemos tener presente que es algo transitorio, pues es preciso romper con cualquier tipo de dependencia de las herramientas del capital para generar un modelo propio.
Resulta sumamente complejo arrojar alternativas posibles sometidos por la ideología social del neoliberalismo sin una ruptura epistemológica previa. Como buen graduado en filosofía, tengo muchas preguntas y pocas respuestas, pero sí una certeza: debemos llevar a cabo una profunda reflexión organizada con metodología de crítica y autocrítica desde todos nuestros espacios acerca del ocio y el consumo cultural que mantenemos, en clave propositiva, para avanzar hacia un nuevo modelo radicalmente anticapitalista, popular, más humano y sostenible al que pueda acceder de cada cual según su capacidad a cada cual según su necesidad.

