¿Filósofos aventureros o filósofos exiliados? El reto de hacer filosofía en Aragón

¿Qué hacemos con todos esos filósofos que, como yo, terminan el Grado y quieren continuar estudiando? ¿Y qué hacemos con los que quieren continuar filosofando, sin estar vinculados a la Universidad? ¿Y con los que, de hecho, ya están haciendo filosofía sin haber pasado por una clase de filosofía?

Decía Nietzsche que la filosofía se hace con las tripas. Estoy convencida de que es así como el hambre de una misma encuentra eco en el hambre de muchas, cuando un problema personal deja de serlo, para afectar y comprometer en él a toda una colectividad. En mi caso, mi gula se dirige hacia un deseo cada vez mayor por aprender, por seguir estudiando y por hacer filosofía, como pasión y fin en sí misma, pero también como un conjunto de aprendizajes con los que sostener materialmente mi vida.

Desde hace cuatro años, cuando empecé el Grado de Filosofía en la Universidad de Zaragoza – y sospecho que desde antes –, la filosofía me ha acompañado como me acompaña mi piel, a ratos incómoda e invivible; a ratos, la mayoría, necesaria, vital e insustituible. Ahora me encuentro en un momento de cambio: cambio de ciudad, de tierra, de hogar y de afectos, cuya instigadora ha sido, precisamente, la filosofía. He venido a Barcelona porque en Zaragoza no hay posibilidad de estudiar un Máster en Filosofía. Y todos sabemos que hoy, con Grado y sin Máster, los estudios realizados a penas tienen validez, ya ni hablemos de realizar un Doctorado. Con el aumento de las tasas de matrícula, en el Máster ya impagables para muchos, las universidades comienzan a especializarse en disciplinas, y aquéllas que no alcanzan ciertos niveles de matriculación o de calidad científica investigadora (cuantificada con baremos sospechosos para las Humanidades), son castigadas. La Universidad de Zaragoza hace ya dos años que no tiene Máster de Filosofía, y a los que allí hemos estudiado no nos queda otra solución más que plantearnos qué posibilidades nos quedan, o se nos ofrecen, a partir de entonces. Muchos y muchas de mis compañeras están realizando el Máster de Profesorado, otros han dejado de estudiar para buscar trabajo, y otros, como yo, hemos buscado universidad de acogida en Madrid, Barcelona, Salamanca o en ese extraño lugar que es la UNED.

Sin embargo, en un primer momento, todo esto no me lo planteaba y sólo sentía el deseo de aventura: ¿cómo vivirá la ciudad? ¿qué nuevos profesores tendré? ¿qué presencia tendrá la filosofía en Barcelona (ya os digo que mucha)? ¿a qué se dedicarán mis compañeros de clase? Y así podría continuar, resumiendo la intriga de los meses anteriores a la mudanza. Ahora que ya llevo un mes y medio aquí, y que toda esa ilusión se ha ido materializando, tomando consistencia en intereses y personas concretas, una pregunta impactante me taladra la cabeza, y no puedo dejar de darle vueltas: ¿cuáles son las causas reales por las que viniste a Barcelona?

Estas semanas, y aunque mi máster plantea los retos actuales de la filosofía contemporánea, he decidido enfrentarme de una vez por todas a un texto que me sonrojaba no haber leído todavía, y al que miraba con cierto pudor, la Ética de Spinoza. Spinoza, que se me presenta en esta primera lectura como un defensor infatigable del deseo de aprender y un pateador de la ignorancia, dice lo siguiente: "una cosa se llama 'contingente' sólo con respecto a una deficiencia de nuestro conocimiento […] porque se nos oculta el orden de las causas"[1] y unas proposiciones más adelante añade: "los hombres se imaginan ser libres […] y ni soñando piensan en las causas que les disponen a apetecer y a querer, porque las ignoran"[2]. Estas aseveraciones, como seguro ya se habrá comprendido, son, sin más, una patada en la tripa. A mí al menos me obligaron a tomar con sinceridad aquello que andaba barruntado desde hacía unas semanas: que no me había venido a Barcelona porque a mi libre voluntad le apeteciera, sino que había toda una serie de causas que me había apetecido esconder, disimular o emborronar, para mayor comodidad mía. Esas causas ya las he dicho nada más empezar, la ausencia de un Máster de Filosofía en mi ciudad. Mi libertad, en este sentido, era paradójica y ambigua, pues ¿habría tenido las mismas ansias por irme si las condiciones para hacer filosofía en mi ciudad, Zaragoza, y en mi tierra, Aragón, fueran distintas? ¿El tiempo que se abría era el de la aventura o el del exilio? Un poco de ambas, supongo.

Atendiendo al problema con gafas ampliadas, y en comparación con lo que se hace en otros lugares, la dificultad es de hondo calado. No es sólo que no haya Máster de Filosofía en Zaragoza, es que las carreras humanísticas en todo Aragón están desapareciendo. En Huesca, hace unos años, desapareció también el Grado de Humanidades, planteado desde la transversalidad de la historia del arte, del pensamiento y de la ciencia. Centrándonos en la capital, Zaragoza, que nos guste más o menos es el imán que centraliza la cultura filosófica en Aragón, es deprimente comprobar la ausencia de espacios para la filosofía, además de en un Departamento cada vez más acosado por la comunidad universitaria y sus parámetros cientificistas del conocimiento “aplicado”. Un Departamento que, por otra parte, es diverso, sus profesores provienen de múltiples universidades del Estado, y muestran intereses variados en la investigación y en la docencia. Además, los alumnos todavía van a clase con chispitas en los ojos, y hay un interés por conocer y aprender que hace que en esa facultad, a veces, pasen cosas. Y, con todo y con eso, la filosofía no parece conseguir calar en otros espacios de la ciudad. Recuerdo las palabras del librero, quien decía que cada vez dedicaba más y más espacio a la filosofía en sus estanterías, porque parecía que sólo los filósofos estábamos todavía interesados en comprar libros. Libros que, al parecer, son la punta de lanza de la resistencia a la mercantilización del saber.

Ante esta situación, ¿qué hacemos con todos esos filósofos que, como yo, terminan el Grado y quieren continuar estudiando? ¿Y qué hacemos con los que quieren continuar filosofando, sin estar vinculados a la Universidad? ¿Y con los que, de hecho, ya están haciendo filosofía sin haber pasado por una clase de filosofía? Nuestra dificultad ahora es pensar cómo articular la riqueza que ya hay en la ciudad y en el territorio con aquellos que pueden darle consistencia: los académicos, los profesores, los estudiantes de filosofía. Digo que hay que articular esa riqueza que ya existe porque, en efecto, tengo la certeza de que hay mucha gente, salida de lugares imprevisibles, interesada en hablar de filosofía. Pondré un ejemplo concreto. Unas semanas antes de irme, colgué en el portal del Cipaj (el órgano del Ayuntamiento de Zaragoza dedicado a la juventud) un anuncio de intercambio, en el que el trueque consistía en recibir conversación de alemán, a cambio de conversación en francés, castellano o una charla de filosofía. Pues bien, a las pocas horas ya me habían escrito dos personas, que no más se manejaban en alemán, muy interesadas en las conversaciones de filosofía. Dicho esto, ¿cómo afrontar la ausencia total de grupos de lectura, talleres específicos o quedadas en cafés para pasar una tarde en compañía filosófica? ¡Está claro que hay un interés enorme que no se está encauzando! ¿Es que no nos atrevemos a pensar de otra manera? Para que se produzca el encuentro necesario, que pudiera hacer aflorar el magma filosófico que bulle en el ambiente, tal vez habría que hacer un pequeño parón en nuestros circuitos académicos, entre los tramos de investigación, los papers y los exámenes, para pensar cómo queremos pensar, y qué sentido tiene nuestro pensamiento en el lugar que habitamos y al que estamos adscritos. El parón necesario para relanzarnos y relanzar la filosofía.

En definitiva, darle continuidad a la filosofía en Zaragoza no tendría que pasar sólo por atrincherar el Grado en el marco normativo impuesto por la ANECA, sino también en tratar de darle una continuidad extramuros de la universidad, buscando esas complicidades que, con toda su curiosidad y su potencia, están deseando aprender algo. El papel del filósofo formado es, para ello, fundamental.

Por otra parte, en un momento en el que la docencia y la educación en general son repudiadas, tanto por la sociedad como por los propios profesores – que ahora ya sólo quieren investigar y quitarse carga docente -, hay que pensar cómo podemos articular nuevas comunidades productoras de conocimiento. En la Universitat Autònoma de Barcelona, donde estudio actualmente, ya hay muchos servicios externalizados en empresas privadas. Entre los cuales, uno es el de la contratación de personal investigador docente: ¡ETT’s de profesorado! El camino al que se dirigen nuestras universidades parece claro. Yo, también, desde que llegué aquí, veo claras ciertas alternativas que ya se están poniendo en marcha. Por nombrar, para terminar, algunas: cooperativas de educadores, cooperativas de investigación, proyectos de enseñanza interdisciplinar, colectivos que forman revistas, festivales, encuentros… grupos que, tendiendo puentes entre la institución y su afuera, comiencen a cubrir esos servicios que la universidad está descuidando, y que los hagan valer por sí mismos y no por su valor en el mercado.

Volviendo a pensar con Spinoza, no creamos entonces que la falta de espacios para la filosofía es una contingencia, algo casual. Investiguemos las causas, qué está sucediendo en nuestra ciudad, para que haya tanto interés tan mal organizado. Después, tirando de imaginación y de capacidad colectiva de invención, veamos qué podemos hacer juntas y juntos. Desde este exilio mío, con la ilusión de alguien que querría hacer algo en el lugar del que viene, digo con Nietzsche… "Y ya que no podéis ser santos varones del conocimiento, sed al menos, sus guerreros"[3].

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Notas:

[1] Baruch SPINOZA, Ética [trad.: Vidal Peña], Madrid: Alianza, 2011 [reimpresión 2015], p. 102

[2] Íbid., p. 110

[3] Friedrich NIETZSCHE, “De la guerra y los guerreros” en Así habló Zaratustra: http://www.unesco.org.uy/shs/fileadmin/templates/shs/archivos/TrabajosLibres-Bioetica/31.%20De%20la%20guerra%20y%20los%20guerreros.pdf (última consulta el 12 de noviembre de 2015).

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