Hemos asistido durante la pandemia a la celebración de múltiples reuniones de coordinación entre Estado central y las Comunidades Autónomas, competentes en materia de sanidad. Y esto me trae una reflexión sobre lo que algunos venían hablando, tras más de cuarenta años de ensayo de Estado autonómico, de que España es o se comporta casi como un estado federal.
El PSOE vuelve a hablar de Federalismo y, de nuevo, saca del cajón su Declaración de Granada del 2013 y la celebración de los aniversarios de la Constitución de la II República y de la Constitución del 78, que vuelven a poner de relieve que la obra iniciada en 1931 y continuada en 1978 requiere de un serio, razonado y efectivo empujón.
Comienzo a adentrarme con más profundidad en el tema este pasado 26 de febrero, cuando acudo a un diálogo en la Fundación Giménez Abad sobre ‘Federalismo y Estado autonómico’, en la que se dan cita dos grandes catedráticos, expertos en el asunto: Juan José Solozábal y Roberto Blanco.
El secretario de la fundación, mi colega José Tudela, con el que me une la misma vocación por el derecho, me obsequió con el libro del primero de los expertos citados, ‘Pensamiento Federal Español y otros estudios autonómicos’. El gusanillo de su lectura me llevó a otro libro del siguiente ponente, ‘Los rostros del federalismo’ que, a su vez, me hizo recuperar los textos que tenía en casa del pensador desde el marxismo, Fernández Buey; también de Pi y Margall y su ‘Federalismo y República’, y de Manuel Azaña, en particular el discurso en el Parlamento el 6 de mayo de 1932, con ocasión de la aprobación del Estatuto de Cataluña.
De las lecturas más recientes, me ha gustado especialmente la de Xavier Domenech. Su reciente libro ‘Un haz de naciones: El Estado y la plurinacionalidad en España (1830-2017)’ nos conecta con los acontecimientos apasionantes del S.XIX. Sintiéndome como me siento, radicalmente municipalista, me gustó constatar cómo deja bien patente la importancia que tuvieron las ciudades en todos los procesos de transformación y cambio habidos en ese periodo en nuestro país. También de ambiciones democráticas, de deseos de participación de la ciudadanía de a pie, del pueblo llano.
No sé si por deformación jurídica-profesional, por mi pasión por la teoría política y el constitucionalismo o por tantas lecturas sobre el tema, cayó en mis manos otro libro gratamente recomendable: ‘Nacionalismo y Federalismo. Una aproximación desde la teoría política’, de Ramón Máiz. Un completo estudio sobre la cuestión del que entresaqué una serie de ideas que vertí en mi discurso durante un acto que se celebró el pasado día 9 de diciembre en Zaragoza con ocasión del aniversario de la Constitución de la II República; convocado por la 'Plataforma por un Proceso Constituyente', de reciente creación, que quiere difundir la importancia de caminar en esta dirección en nuestro país. Lo que viene a continuación es la lectura que realicé de un pequeño texto preparado al efecto.
De Federalismo ya habla la primera propuesta de Constitución republicana del año 1832, en la que están presentes las ideas de la revolución americana de libertad frente al poder, de libertad frente al dominio de unos sobre otros. El que fuera presidente de nuestra I República, Pi y Margall, lo ve como un modo de sumar o unir voluntades dispuestas a cooperar. Sostiene que la forma federal busca la unidad en la variedad, no en la uniformidad; de ahí su capacidad para tratar institucionalmente las tensiones identitarias, subrayando sus superiores cualidades democráticas.
La cultura federal es una cultura de la transacción, del acomodo y de la discusión. En ese sentido, John Styart Mill defendía, en 1861, el federalismo como refuerzo participativo y deliberativo de la democracia, muy superior a los estados centralizados.
La política federal se apoya en determinadas precondiciones compartidas, valores, creencias e intereses que, en su conjunto, presuponen políticas de reconocimiento, de cooperación, de compromiso.
Si la cultura política consiste en un conjunto no solo cognitivo de valores y conocimientos, sino afectivo y emocional, el federalismo proporciona: disposición favorable, lealtad y vinculación afectiva. La aportación de éste resulta en una apuesta por el cultivo institucional, cultural, de las emociones, de la empatía y la solidaridad, frente, por ejemplo, al resentimiento, el desprecio o el odio hacia el otro. De ahí que un estado multinacional posea una ventaja fundamental: facilita una gran fuente y centro de sentimientos políticos. Y eso se corresponde con una visión de la democracia basada en la voluntad de acuerdo, desde la idea de poder compartido y de confianza recíproca.
La cultura federal no nace como mero reflejo automático de las instituciones federales, debe ser cultivada y promocionada. Para eso estamos aquí, y pienso que el Municipalismo al que represento, entendida la Ciudad como espacio por excelencia para la participación política de la ciudadanía, siempre se ha sentido, por tanto, federalista.




