Es muy difícil abrazarse a uno mismo

Salvo que estés (o te percibas) muy alto en la cadena evolutiva, un mundo regido por la ley de la selva es peligroso. Del mismo modo, entender la libertad como independencia y autosuficiencia y apostar por ello es hacerlo por un sálvese quien pueda que prima el egoísmo sobre el interés colectivo y la libertad individual sobre las necesidades comunes. Durante lo más oscuro de la pandemia, nos calentamos el corazón y protegimos la esperanza bajo el mantra de “nadie se salva solo” y, desde ese sentimiento de comunidad, aplaudimos a quienes personificaban el esfuerzo colectivo en la lucha contra …

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Salvo que estés (o te percibas) muy alto en la cadena evolutiva, un mundo regido por la ley de la selva es peligroso. Del mismo modo, entender la libertad como independencia y autosuficiencia y apostar por ello es hacerlo por un sálvese quien pueda que prima el egoísmo sobre el interés colectivo y la libertad individual sobre las necesidades comunes.

Durante lo más oscuro de la pandemia, nos calentamos el corazón y protegimos la esperanza bajo el mantra de “nadie se salva solo” y, desde ese sentimiento de comunidad, aplaudimos a quienes personificaban el esfuerzo colectivo en la lucha contra el virus y a quienes, a pesar de todo, mantuvieron nuestras vidas en funcionamiento. Pero, sin la pandemia controlada, ya estamos cambiando de página.

¿Qué ha pasado? Quizás la constatación de que lo público no ha sido capaz de dar respuesta a las necesidades individuales, el hartazgo en la espera de los escudos sociales y su insuficiencia. La pérdida de confianza ha empujado a muchas personas a pensar que sólo su propia fuerza puede proporcionarles un presente, porque lo del futuro se ve cada día más negro.

Las cifras de fallecidos han dejado de helarnos la sangre. Son otros los que mueren, nosotros aún estamos vivos y dispuestos a entregarnos al carpe diem, al estilo de los funerales irlandeses en los que se celebra con urgencia y desenfreno la vida, porque ¿quién quiere levantar el velo del mañana o del pasado mañana? Empeñamos las fuerzas que nos quedan en un “recuperar la vida”, la de antes de la pandemia, como si fuese posible ignorar que, mientras nos cubren las mascarillas, los bancos (los rescatados) hacen limpieza en sus plantillas, las fábricas se paran por falta de microchips (hoy la razón es el exceso de demanda y los parones de producción, mañana será la falta de materias primas), las tiendas cierran, los alquileres siguen subiendo, las rentas bajan y bajan, los servicios públicos se deterioran…

Nos aferramos a soluciones mágicas siempre rodeadas de brillo y grandes números anunciadas por los heraldos pagados a bombo y platillo como las nuevas granjas de cerdos, los macromataderos, la plantación intensiva de aerogeneradores o placas solares, la implantación de Amazon, la venta de terrenos para construcción de cientos de viviendas nuevas, libres, enormes, carísimas… sin tiempo para hacer seguimiento a las menguantes promesas de empleo y riqueza e ignorando las eternas cargas sobre el suelo, el paisaje, el espacio público.., peaje que no solo pagaremos nosotros, pero ¿quién quiere pensar en mañana?

Para pensar en Común, para salir de ese escuálido concepto de libertad individual, para avanzar como grupo, como sociedad, como colectivo hacen falta algunos ingredientes. Antes de nada pararse y pensar, no ya en mañana, sino en el largo y medio plazo; después agregar una buena dosis de confianza en el próximo, en la vecina, en la tendera del mercado, en la profesora del colegio público de tu barrio, en la médica del centro de salud cuando por teléfono te dice que no es necesario que acudas a la consulta porque tiene datos suficientes para evaluar lo que te pasa y proponer una solución, en los jóvenes que ocupan los bancos del parque, en quienes asumen tareas de representación en organizaciones, asociaciones, colectivos, plataformas…; no cabe olvidar incorporar, al menos, doble ración de empatía, capacidad de ponerse en los zapatos del otro o la otra, de preguntarse cómo echar una mano antes de un prejuicio; y mucha ambición, una ambición sin límites, el deseo profundo y latiente de un mundo en el que la vida pueda darse, en el que valga la risa y la alegría vivir, crecer, aprender, respirar, y con todos los ingredientes incorporados comienza la cocción a fuego lento, al calor del abrazo que solo el otro puede darte.

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