El catálogo de “buenas prácticas” para hombres que quieren apoyar la huelga feminista que circula por la red, debería resultar ofensivo por obvio, pero no. No lo es. Acaparamos el debate; nos situamos (otra vez) en primera línea; conseguimos que nos digan qué tenemos que hacer y, oye, que nos viene de pistón: ego alimentado, conciencia tranquila y hasta el año que viene.
El heteropatriarcado está grabado a fuego en nuestro ADN. Renegar a nivel teórico de él (con mucho aspaviento, eso sí) o participar en una movilización en la que, asumámoslo, ni nos necesitan ni nos quieren, no evitará que seamos lo que somos.
Asume los cuidados, ve a trabajar, no vayas, apoya la huelga, declárate a voz en grito feminista, haz lo que necesites para sentirte coherente y satisfecho contigo mismo, haz lo que quieras… Las mujeres no lo necesitan, tú y tu ego sí. Ellas llevan años pidiendo que empecemos a hablar. A hablar entre nosotros, a hablar de cómo nos sentimos, de qué significa ser hombre, de cómo el heteropatriarcado nos ha convertido en analfabetos emocionales incapaces de dar y de pedir lo que necesitamos y de reconocer que, ¡joder!, perder los privilegios, mostrarnos desnudos, con las defensas abajo y vulnerables da mucho miedo. Seguramente será duro, pero es la única manera de que realmente empecemos a ser parte de la solución.

