El Valle de Cuelgamuros: una herida que no se cura con resignificaciones

El Gobierno español ha presentado su proyecto para la llamada “resignificación” del Valle de Cuelgamuros. El plan, titulado "La base y la cruz", mantiene en pie el gigantesco símbolo que preside el monumento. Se habla de reinterpretación, de diálogo, de memoria compartida. Pero cuesta creer en la “concordia” cuando, durante décadas, esa palabra significó silencio, miedo y humillación. Mi familia sabe muy bien lo que eso significa. En casa de mis abuelos, el 9 de agosto de 1936 asesinaron al primer hijo. Quince días más tarde, el segundo hijo fue llevado al campo de concentración español de San Gregorio, donde …

El Gobierno español ha presentado su proyecto para la llamada “resignificación” del Valle de Cuelgamuros. El plan, titulado "La base y la cruz", mantiene en pie el gigantesco símbolo que preside el monumento. Se habla de reinterpretación, de diálogo, de memoria compartida. Pero cuesta creer en la “concordia” cuando, durante décadas, esa palabra significó silencio, miedo y humillación.

Mi familia sabe muy bien lo que eso significa. En casa de mis abuelos, el 9 de agosto de 1936 asesinaron al primer hijo. Quince días más tarde, el segundo hijo fue llevado al campo de concentración español de San Gregorio, donde permaneció cinco años y medio. La tercera hija estaba casada, y su marido tuvo que huir a Francia; dos años después, ella y su hijo cruzaron la frontera desde Andorra para reunirse con él. A finales de agosto de 1936, asesinaron también al hermano de mi abuela y a uno de sus hijos. El hijo que pude rescatar del Valle de Cuelgamuros es precisamente ese, trasladado en 1959 junto a otros dieciséis vecinos para rellenar criptas, sin respeto por su memoria ni por el dolor de la familia. Mi madre tenía 11 años cuando vivió todo esto.

Esta historia no es un dato más, es la realidad detrás de muchos de los cuerpos que descansan allí: vidas truncadas, familias rotas, memoria profanada. Esa es la historia que el proyecto de “resignificación” pretende, de manera limitada, maquillar con recorridos y centros de interpretación.

Una falsa resignificación

El Valle no nació como un lugar de reconciliación. Fue concebido como un monumento a la victoria de los vencedores, construido con el sufrimiento de los vencidos, incluso con el trabajo forzado de presos políticos. Pretender ahora que ese espacio sirva para homenajear a las víctimas, manteniendo intactos sus símbolos de imposición, es una contradicción que duele.

¿De verdad se puede rendir homenaje a las víctimas poniéndolas junto a sus verdugos? Sería tan absurdo como levantar un memorial conjunto entre las víctimas de ETA y sus asesinos. Nadie lo aceptaría. Porque la memoria no se construye mezclando la verdad con el olvido, ni el dolor con la equidistancia.

La cruz del poder, no de la fe

El Gobierno habla de reinterpretar el monumento, pero mantener la cruz en pie es mantener la victoria tallada en piedra. Esa cruz no representa la fe ni la paz; representa la imposición. No fue levantada para invitar al recogimiento espiritual, sino para proyectar la grandeza de una dictadura que utilizó la religión como herramienta de legitimación.

Su escala desmesurada —visible desde kilómetros a la redonda— no busca consolar, sino dominar. No es una cruz del Evangelio, sino del poder. Es el símbolo de un cristianismo convertido en ideología de Estado, de una fe traicionada para justificar el silencio y el sometimiento.

Quienes creen en los valores cristianos del perdón y la justicia no pueden reconocer en esa cruz el mensaje de Cristo. Fue construida no desde la compasión, sino desde la victoria. Y mientras permanezca en pie sin un cambio profundo en su significado, seguirá recordando no la redención, sino la humillación.

La memoria no se impone desde arriba

El proyecto de resignificación habla de nuevos recorridos, centros de interpretación y de una mirada más plural. Pero la memoria no se construye con arquitectura ni con maquetas. La memoria se construye con verdad, justicia y reparación. Y ninguna de esas tres cosas puede coexistir con la impunidad.

Mientras las víctimas sigan reposando junto a quienes las condenaron, mientras sus nombres sigan ausentes o mal escritos, mientras los símbolos del poder franquista sigan dominando el horizonte, el Valle de Cuelgamuros no será un espacio de memoria. Será el mismo altar de una dictadura, maquillado con un nuevo discurso.

Los benedictinos: guardianes del silencio

La presencia de los monjes benedictinos tampoco es neutra. Durante décadas, fueron custodios del relato oficial del franquismo, y nunca han mostrado una voluntad real de reparación ni de empatía hacia las víctimas. Su permanencia solo perpetúa la idea de que ese lugar sigue siendo sagrado, cuando en realidad fue una imposición política y religiosa.

Si de verdad se pretende crear un espacio de memoria democrática, el primer paso debe ser que los benedictinos abandonen el recinto. Solo así podrá comenzar un proceso auténtico de reconstrucción del significado de ese lugar.

Una herida que aún sangra

No se puede resignificar lo que nunca ha sido reparado. No se puede hablar de concordia sin justicia, ni de memoria sin verdad. El Valle de Cuelgamuros seguirá siendo una herida abierta mientras las víctimas estén junto a sus verdugos, mientras la cruz impuesta siga en pie y mientras el silencio religioso siga cubriendo la voz de los que sufrieron.

Convertir ese espacio en un verdadero lugar de memoria exigiría un gesto de valentía: desmontar los símbolos de la imposición, reconocer el dolor sin maquillajes y devolver la dignidad a quienes la historia oficial negó.

Solo entonces, quizá, esa cruz podría caer, no por venganza, sino por justicia. Porque la reconciliación no nace del silencio, sino del reconocimiento. Y porque hay heridas que no se cierran con resignificaciones: se cierran con verdad.

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