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El rechazo al progre o cómo la izquierda no conecta con la clase popular

| 11 noviembre, 2019 17.11
El rechazo al progre o cómo la izquierda no conecta con la clase popular
Sánchez e Iglesias en su quinta reunión tras el 28A. Foto: Podemos

En las últimas semanas, uno de los términos más utilizados por la extrema derecha ha sido el término “progre”: políticos progres, dictadura progre, consenso progre, etc. ¿A qué se refieren? ¿Quiénes son los progres? ¿Qué entiende la gente por progre? Si atendemos a una definición estándar, progresista es aquel con ideas y actitudes avanzadas. Un vanguardista, alguien que va por delante del resto. Si concebimos el conocimiento como un proceso ascendente y acumulativo, se podría considerar como aquel que está adelantado a su época.

VOX no va tan lejos. Para ellos, progre es todo aquel ligado a la izquierda: el progre destila un tufo de infantilismo, un idealismo poco realista. A partir de esta representación, pretende reconectar con las clases populares. Unas clases populares decepcionadas con unos políticos que no dan soluciones a sus problemas cotidianos. Que ven cómo día a día tienen que hacer más peripecias para llegar a fin de mes. Que no encuentran un trabajo estable, que gastan más de la mitad de su salario en el alquiler y que pasan frío para que no se le dispare la factura.

Llegados a este punto, uno se puede preguntar, ¿y qué solución ofrece el discurso de VOX a todos estos problemas? ¿Qué tiene que ver Don Pelayo, el fin de las autonomías y los MENAS con todo esto? Le ofrece claridad en la mentira. Una mentira que no es simplemente la negación de la verdad, sino una mentira creadora de una forma de ver la vida. Desde ahí VOX construye un discurso básico, masticable, que permite a la gente de los barrios hacer conexiones sencillas entre sus problemas y unas presuntas soluciones. Entre las tareas laborales, de cuidados y el trago en el bar, a muchas personas les preocupa poco comprender las causas de la migración y si realmente ésta perjudica su calidad de vida. La gente quiere culpables. Chivos expiatorios identificables. Si ayer era ETA, hoy son los sediciosos catalanes. Si hace cien años eran los franceses, hoy son los moros. Respuestas claras y sencillas para una vida precaria y escéptica.

¿Y mientras los progres qué? Enfrascados en sus peleas internas permanentes, desgastándose en reuniones infinitas o teorizando en sus búnkers de cristal, ya sea el partido o la universidad. Esto ha hecho que se pierda la capacidad para comunicarse con la calle. Desde cierta superioridad moral, se condena al pueblo por su ignorancia. Sin embargo, el despotismo ilustrado que proyectan les aleja cada vez más de esa clase que suponen representar. Entran en el juego de lo políticamente correcto, sin darse cuenta que acaban degenerando en lo popularmente incorrecto. En el distanciamiento con la gente. Al final, acaban siendo percibidos como una élite más.

¿Por qué tanto miedo a pegar una patada al tablero? ¿Por qué no admitir que si todo el mundo quiere casas accesibles, se tendrán que expropiar cientos de propiedades destinadas a la especulación? ¿Se está dispuesto? ¿A quién demonios estamos interpelando? ¿A una clase media cada vez más borrosa? ¿O realmente se quiere llegar a los excluidos de la globalización? Porque la extrema derecha sí que está sabiendo cómo hacerlo.

La élite progre que va a un plató de televisión a hablar del IBEX 35, valiente, calla ante el racismo que escupe Abascal. Porque es más importante hablar de la “desaceleración” y estar atentos al minuto de oro que aprovechar los minutos para confrontar al fascismo en la cara. “Si ya sabemos que todo lo que dicen son mentiras…”, piensan los ilustrados progres. Entonces se devela lo alejados que están de la calle: ellos pueden ignorar las mentiras del  franquito Abascal, pero los Menores Extranjeros No Acompañados no pueden ignorar los palos, las golpizas y el desprecio diario en la calle. En los barrios, esas mentiras que algunos pueden darse el lujo de ignorar, se vuelven verdades como puños.

Oscar Wilde decía que «en el hombre resulta más fácil suscitar emociones que inteligencia». Eso parece que lo sabe bien la ultra derecha. En nombre del no-pensar y el prejuicio, se ha dedicado a despertar el odio del franquismo, todavía latente en la sociedad. “¡Muera la inteligencia, viva la muerte!”, gritaba el fundador de la legión Millán-Astray. Ante este panorama, pareciera que la izquierda está perdiendo la capacidad de ilusionar. Que los “hombres de partido” no suscitan ni emoción ni inteligencia. Y que, desconectados de los barrios, del pobre que ha convertido en su enemigo natural a otro pobre, esperan, inútilmente, que las urnas detenga al fascismo.

11 noviembre, 2019

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